Por HERMANN TERTSCH
El País, Madrid,
25.02.92
PRIVATIZACIÓN EN EL ESTE
Realismo y voluntad real de reforma son el mejor capital del
nuevo Gobierno de Sofía
Bulgaria tiene el mérito considerable de haber logrado la transición
más pacífica de los Estados balcánicos ex socialistas. No ha habido muertos ni
apenas violencia, pese a las enormes dificultades de este país tan maltratado
por el régimen comunista de Todor Yivkov. Tampoco hubo conflictos étnicos dignos
de mención entre la mayoría búlgara y la minoría turca, pese al odio fomentado
entre estas comunidades por el viejo régimen y la insistencia de los
comunistas -hoy en el partido socialista- en manipular los sentimientos
nacionalistas en interés propio.
Sin embargo, las dificultades para la privatización y la
creación de estructuras de mercado son tan grandes como en otros países del
entorno. El conservadurismo y la ignorancia en el campo, los intereses del
aparato ex comunista y su obstruccionismo, así como la paralización del
Parlamento en la pasada legislatura, han retrasado la aplicación de estas
medidas ineludibles. El nuevo gobierno de la Unión de Fuerzas Democráticas
tiene ahora prisa antes de que las mayores dificultades sociales que ya se
anuncian se conviertan en nuevos obstáculos al proceso. Cada tres horas, las
luces se apagan en distintos barrios de Sofía, según el plan de austeridad
energética decretado por el nuevo Gobierno del joven primer ministro Filip
Dimitrov. La sequía, la suspensión de aquellos baratos suministros de petróleo
de la ex Unión Soviética y el cierre de cuatro reactores de la central nuclear
de Kozludy, por su falta de seguridad, obligan a esta medida, que sume a la
capital en la oscuridad y evidencia la profundidad de la crisis.
La pequeña Bulgaria, dependiente del gran hermano soviético
como ningún otro Estado comunista europeo, se quedó sola de repente con la
descomposición del Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME) y la posterior
disolución de la URSS. El golpe fue muy fuerte y se vio acompañado de un
colapso en el suministro de alimentos, debido sin duda en gran parte al
sabotaje de la Administración comunista a la entonces incipiente transición
democrática. La guerra del Golfo y el consiguiente embargo contra Irak fue otro
golpe, al quitarle a Bulgaria su principal socio comercial fuera del espacio
económico socialista.
El obstáculo del 'aparato'
Como en otros países balcánicos, la reforma en Bulgaria
tuvo, y tiene, uno de sus principales obstáculos en la subsistencia del aparato comunista
en el medio agrario. La primavera democrática es fundamentalmente un
proceso urbano que no ha llegado aún a los pueblos y pequeñas ciudades que,
incluso tras las elecciones locales, siguen en manos del Partido Socialista.
En el campo no sólo siguen mandando los mismos que lo hacían
bajo Yivkov, sino que también persiste la tradicional sumisión al poder de
gentes a las que aún hoy llega muy escasa la información sobre sus nuevos derechos. La implacable lucha del régimen anterior contra la iniciativa privada o
individual ha marcado profundamente a la clase campesina, que hoy en su
mayoría teme cualquier aventura privada que suponga algún riesgo -y más
trabajo-.
Así, hasta ahora tan sólo el 10% de los antiguos
propietarios de tierras han solicitado que les sean devueltas, y los planes de
culminar la restitución de las propiedades rurales confiscadas tras la II
Guerra Mundial chocan con mucho escepticismo. La clase campesina arrastrada a
las ciudades en el proceso de industrialización estalinista no quiere ni sabe
cultivar el campo.
Aunque en Bulgaria se han producido también robos de la
propiedad estatalizada -disfrazados de privatización acelerada- durante los dos
años de confusión legal que siguieron a la caída del régimen de Yivkov, éstos
no parecen haber alcanzado el grado de procacidad generalizada habida en
Rumanía.
Otra ventaja de este pequeño país balcánico frente a su gran
vecino rumano es la ya citada falta de convulsiones sociales en los dos últimos
años. Aunque el peligro de que se produzcan no ha desaparecido, dada la penuria
que sufre la población y la existencia de otros potenciales conflictos como el
interétnico, los búlgaros han demostrado esa proverbial paciencia que impide o
palía la crispación tan habitual ahora en la región.
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