Por HERMANN TERTSCH
El País Miércoles,
26.01.2000
¿Para qué sirve el conocimiento de la historia, esos
acontecimientos, personalidades, contextos y fechas cuyos protagonistas han
muerto, al menos en su inmensa mayoría? Al margen de grandes consideraciones
culturales e intelectuales, sirve para algo tan impagable en la formación de
las nuevas generaciones de ciudadanos, algo tan grandioso como la formación de
nuestros jóvenes y niños en la cultura de la compasión y en la solidaridad con
todo ser humano que sufra, por distinto y lejano que parezca. El Gobierno sueco
ha convocado una conferencia para estudiar y fomentar el conocimiento de las
partes más oscuras de la historia del ser humano con objeto de que sirva
siempre, trasladado de generación en generación, en el instrumento más útil de
las democracias para evitar que surjan en su seno nuevos focos de desprecio que
hundan a las sociedades en simas de ignominia como aquella en la que sucumbió
gran parte de la sociedad alemana, y de otros países, durante el
nazismo. Estocolmo reúne a partir de hoy el mayor foro jamás organizado para el
estudio del holocausto, del exterminio de millones de judíos en los altares de
la ideología que mayor odio ha sido capaz de generar en el ser humano. Jefes de
Gobierno y de Estado y dignatarios de 52 países, supervivientes de los campos
de exterminio, historiadores y académicos estudiarán durante tres días un
sinfín de aspectos sobre génesis y métodos del mayor crimen de la historia y de
las ideas que lo alimentaron, organizaron, justificaron y después tuvieron la
obscena osadía de negarlo. Los reyes de Suecia presidirán el Foro Internacional
sobre el Holocausto, en el que se ensalzará sobre todo el papel de la memoria,
la responsabilidad en la transmisión de la "Historia viva".
Suecia ha demostrado de forma muy fehaciente tanto lo
peligroso que es ignorar la historia como lo útil y beneficioso para la calidad
política y ciudadana que es informar a los jóvenes sobre los peligros del
desprecio que comienzan en la chanza contra el inmigrante, el insulto al
homosexual, la discriminación contra el judío o el gitano y acaban en el crimen
-individual, masivo- contra seres supuestamente inferiores.
El Gobierno sueco se tomó en serio el problema. Su pasado
durante el nazismo tampoco fue todo lo impoluto que su neutralidad durante la
contienda podía hacer pensar. Cientos de suecos engrosaron las filas de las SS
y no fueron pocos los judíos que intentaron inútilmente lograr un visado para
sobrevivir en este país. Frente a estos suecos hubo otros como Raoul
Wallenberg, al que se dedicará un simposio esta semana, que, al igual que el
embajador español Ángel Sanz Briz, salvó la vida a miles de judíos otorgándoles
visados hacia la seguridad en el exterior. En una exposición sobre estos
hombres compasivos que se jugaron la vida, y en casos como el de Wallenberg la
perdieron, por salvar las de judíos perseguidos, participará hoy la presidenta
del Senado, Esperanza Aguirre, finalmente jefa de la delegación española ante
la imposibilidad del presidente José María Aznar de acudir a Estocolmo como
estaba previsto.
La memoria y la historia, la lucha franca contra el mito, la
manipulación y la mentira, como armas para combatir el crimen en nombre de una
ideología o una raza, son en Suecia, como en España, en Alemania, como en los
Balcanes, una asignatura obligatoria. El Gobierno sueco ha editado en los
últimos años un millón de ejemplares de un magnífico libro sobre el holocausto
llamado Y se lo contaréis a vuestros hijos. Ha sido distribuido gratis por todo
el país. Es una iniciativa que muchos gobiernos deberían imitar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario