domingo, 30 de abril de 2017

CHIPRE, PENDIENTE DE LA MEJORA DE RELACIONES ENTRE GRECIA Y TURQUÍA

Por HERMANN TERTSCH
Enviado Especial a Ankara
El País  Viernes, 24.09.99

El primer ministro turco, Bulent Ecevit, buscará esta semana en Washington, donde se entrevistará con Bill Clinton, una solución al largo conflicto greco-chipriota

"No hay precedentes de una constelación política tan positiva como la actual. Pronto puede haber pasos importantes, si todos son realmente conscientes de la oportunidad que se abre". Esta idea, expresada así por Korkmaz Haktamir, secretario de Estado de Exteriores turco, en referencia a las relaciones greco-turcas y al conflicto de Chipre, domina hoy todas las conversaciones políticas en Ankara. Las expectativas se han disparado en las últimas semanas. Toda la atención se centra ahora en la visita oficial que mañana inicia el primer ministro, Bulent Ecevit, a Estados Unidos donde tratará con el presidente, Bill Clinton, sobre las nuevas negociaciones bilaterales entre Turquía y Grecia, el ambiente propicio a acuerdos emanado de la solidaridad entre estos dos países tras los terremotos y los renovados intentos de Washington de buscar una solución al largo conflicto chipriota. En Nueva York, mientras, al margen de la Asamblea General de la ONU, se mantiene una actividad diplomática frenética respecto a la cuestión chipriota.
La Administración norteamericana intenta impulsar unas negociaciones sobre la isla mediterránea, bloqueadas sin remedio desde que la Unión Europea, en una cumbre fatal para sus relaciones con Turquía celebrada en Luxemburgo hace dos años, rechazara incluir a este país como candidato a la integración y por el contrario aceptara como tal a Chipre con los grecochipriotas como único interlocutor. "Aquello fue un desastre que quitó toda motivación a los griegos de Chipre a buscar una solución dialogada con la minoría turca". Ésta vive en un estado no reconocido más que por Ankara en un territorio invadido por tropas turcas en 1974 en respuesta a los intentos de anexión de Chipre por parte de la entonces gobernante junta golpista griega. La aceptada candidatura de Nicosia al ingreso en la UE hace que el tiempo apremie. "Porque el ingreso de la parte griega de Chipre en la UE sin previo acuerdo entre las dos comunidades de la isla haría definitiva e irreversible la división de la isla", señala el ministro de la presidencia turco, Sükrü Sina Günel, en su despacho en Ankara.
La espectacular mejoría en las relaciones entre Turquía y Grecia ha hecho dispararse las expectativas sobre avances en este conflicto ya endémico entre los dos países vecinos y aliados en la Alianza Atlántica. Ankara confía en que la cumbre de la UE en Helsinki en diciembre subsane "la mucha vajilla rota en Luxemburgo", acepte la candidatura de Turquía e inste a negociaciones de Nicosia con la comunidad turco-chipriota. Las autoridades turcas se muestran conciliadoras ante la negativa de las Naciones Unidas a reconocer como Estado el territorio ocupado por sus tropas. Todos los interlocutores insisten en que hablar de Estados o comunidades o entidades es cuestión semántica. Como lo es hablar de federación, confederación u otras soluciones. Pero insisten en que EEUU o la UE, o ambos, deben ser la parte que garantice unas negociaciones entre las dos comunidades para lograr unos acuerdos de reordenamiento jurídico que posibiliten una superación del conflicto y la división forzosa. Según Ankara, antes de cualquier fórmula constitucional para toda la isla deben acometerse negociaciones sobre tres cuestiones básicas. Una es la propiedad y la posible permuta y compensaciones para aquellos griegos y turcos chipriotas que tuvieron que abandonar sus casas y bienes con la división. La segunda es la seguridad que llevaría a la retirada de tropas turcas y griegas. "Tendría que garantizar, por supuesto, que no se repite el acoso a la minoría turca habido antes de 1974". La tercera sería la delimitación de los territorios que habrían de tener una muy amplia autonomía entre sí, tener viabilidad económica y profundidad suficiente para garantizar su seguridad. "Un acuerdo de este tipo es, sin duda, más fácil si el paraguas que protege esos acuerdos es Bruselas y no Nicosia", señala Günel.
Con la aceptación de la candidatura turca, la UE volverá a tener instrumentos para pedir flexibilidad a Ankara y las fuerzas europeístas turcas contarán con más argumentos para presionar a favor de las reformas políticas, económicas y legales para la protección de los derechos humanos en el interior del país. También facilitará el papel de convencer al Ejército turco de que una solución de la división actual de Chipre no supone que la mayoría greco-chipriota se haga con todo el poder en una isla de gran importancia estratégica en el Mediterráneo oriental.

El clima general es de optimismo inusitado, pese a las muchas decepciones que la clase política y la población turca han sufrido con la UE. La máxima prioridad de Grecia actualmente es el ingreso en el euro y esto lleva a Atenas a tender menos al enfrentamiento que en pasados lustros. Por eso se espera también que Grecia levante el veto al protocolo de ayuda financiera a Turquía, una contrapartida prometida a Ankara como compensación a la Unión Aduanera y que la UE, por la causa referida, aún no cumple. Y, sin embargo, como en todos los momentos de grandes expectativas, existe el peligro de que, de verse éstas defraudadas, traigan consigo una frustración definitiva. "El peor escenario posible sería que la UE acepte la ficción de que Nicosia representa a todo Chipre y le dé el visto bueno para la integración y que se niegue la candidatura a Turquía", advierte Günel. La catástrofe política sería enorme y dinamitaría durante décadas, si no definitivamente, las relaciones entre Ankara y Bruselas. De ser así, Chipre pasaría definitivamente a tener una frontera en conflicto partiendo la isla en dos.

“EL SEÍSMO HA DEMOLIDO EL CHOVINISMO TURCO”

Por HERMANN TERTSCH
El País,  Adapasari, 23.09.99

El terremoto del 17 de agosto ha terminado con el recelo hacia el exterior

 "Gracias, hermanos griegos, por vuestra generosa ayuda". Este lema ha surgido en pancartas en campos de fútbol, ha adornado casas en muchas ciudades turcas y, más extraño aún, abierto las ediciones de los periódicos de Estambul y Ankara después del terrible terremoto del pasado 17 de agosto. Si en Grecia se ha notado un profundo cambio en la opinión pública respecto de las relaciones con su vecino, tradicional enemigo, y sin embargo aliado en la OTAN, en Turquía la emoción despertada por la rápida ayuda griega a los damnificados del seísmo ha sido espectacular. Antes de que reaccionaran las propias instituciones, equipos de salvamento griegos estaban volcados en ayudar a la desesperada población turca afectada, a liberar a supervivientes de su cautiverio bajo toneladas de escombro. Fueron 45 segundos de un violento seísmo de entre 7,4 y 7,8 grados en la escala de Richter que pasarán a la historia como una de las mayores catástrofes sufridas por Turquía en el siglo, la peor si se excluyen las guerras. Pero también es probable que se recuerde como un inmenso paso de la sociedad para emanciparse de la tutela permanente y obsesiva del omnipresente Estado fundado hace 76 años por Mustafá Kemal, Atatürk, cuyo sobrenombre quiere decir, no por casualidad, "padre de los turcos".
El gran estadista que fue Atatürk, fiel a su tiempo, el del estatalismo autoritario de los años veinte, ferozmente modernizador y enemigo de toda influencia religiosa en la vida pública, nunca hubiera podido imaginar que, 60 años después de su muerte, su imagen fuera un ídolo cuasirreligioso que distintos sectores del Estado cultivan como argumento en contra de la modernización y en defensa de sus privilegios.
Pero el padre Estado, que durante tanto tiempo se ha erigido en heredero de su fundador, el "padre de los turcos", ha resultado ser muy descuidado, como ha podido comprobar la ciudadanía después de la catástrofe. Ejército, burocracia y aparato en general venían diciendo a los turcos que nadie fuera les quiere, "que los turcos sólo tienen a los turcos por amigos", como dice Mehmet Alí Kislali, un veterano periodista de Ankara con muchos contactos entre las fuerzas militares y los servicios de información.
Como muy tarde el 18 de agosto, los turcos se han dado cuenta de que ni el padre Estado es tan protector ni el mundo exterior tan hostil. El Estado no ha sabido aplicar las leyes de construcción en un país sobre una gran falla y por ello más susceptible a sufrir terremotos que casi cualquier otro país del mundo. Ha permitido el abuso y la corrupción sistemática, que ahora, como pocas veces, tiene un reflejo en cifras de víctimas mortales, heridos y damnificados. Y el supuesto enemigo externo ha ayudado como nadie esperaba. "El terremoto ha demolido también el chovinismo turco", dice el exembajador Cem Duna. "El país ha llegado a lo que podíamos llamar la masa crítica. La sociedad va muy por delante del aparato. El Estado ya no puede seguir con la retórica huera de tantos años. Ha de tomar decisiones y pronto. No sé si serán buenas o malas, pero sí que tendrá que tomarlas".
Todos coinciden en que el punto de inflexión no está en el terremoto, sino en la detención del líder del grupo terrorista kurdo Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK) Abdalá Ocalan a principios de año. Ahora, los terremotos han creado un ambiente general favorable a una política que ya había comenzado a funcionar. El alivio que supuso para Turquía aquella detención, que desde entonces ha creado una situación de mínima conflictividad en el sureste turco, y la muy difícil situación que supuso para Grecia por su más que obvia colaboración con el líder del PKK, redujeron recelos en Ankara y forzaron un cambio en un Gobierno griego cuya máxima prioridad es la entrada en el euro. Para ello tiene que ahorrar, en dinero y en conflictos.
En Turquía, mientras, los cuatro meses de Gobierno de Bulent Ecevit han sorprendido por su ingente labor legislativa de reformas económicas y ha cambiado algunas de las leyes más absurdas que suponían una inmensa carga para el Estado. Así, ha quedado derogada la ley de pensiones que permitía jubilarse a los trabajadores con 20 años de trabajo. Multitudes de pensionistas de poco más de cuarenta años, que, por supuesto, seguían trabajando sin cotizar y cobrando su pensión, habían creado una situación insostenible.

Han sido pasos con coraje político por parte del Gobierno de coalición. Ahora le toca el turno, dicen diplomáticos y empresarios, como el presidente de la patronal Tusiad, Erkut Yükaoglu, a las asignaturas pendientes en la política interior como exterior.

UNA GRAN LABOR EN UN PAISAJE DESOLADO

Por HERMANN TERTSCH
El País,  Adapasari, 22.09.99

La española Macarena Aguilar, coordinadora del Comité Internacional de la Cruz Roja, considera que la labor realizada es muy meritoria; que tanto la Media Luna Roja como las organizaciones humanitarias han efectuado una gran labor en muy poco tiempo. "Claro que ha habido descoordinación, especialmente por la enorme superficie de la región afectada. Pero los campos mejoran. Ahora la urgencia es instalar las tiendas de campaña de invierno", insiste. Cierto que se habla de que los políticos turcos están acaparando los contratos de reconstrucción, con esa clásica procacidad de la corrupción; que estamentos e instituciones se echan la culpa los unos a los otros cuando lo más verosímil es que la tengan todos. Pero el pueblo turco ha reaccionado ejemplarmente y ha agradecido emocionado la ayuda exterior. Algún día exigirá cuentas a quienes deban presentarlas.

Y sin embargo, frente a la legítima ira está el dolor por otros daños: los niños que no hablan y los que no dejan de llorar, las mujeres con la mirada perdida y los cada vez más enfermos por ansiedad. Éstos habrán de ser tratados hasta mucho después de que desaparezca la última ruina de este desolador paisaje.

TRISTEZA EN UN MAR DE ESCOMBROS

Por HERMANN TERTSCH
Enviado Especial a Adapasari
El País  Miércoles, 22.09.99

Un mes después del terremoto, Turquía lucha contra sus efectos en las ruinas y las almas de los supervivientes

"Algunos se niegan a abandonar sus tiendas. No salen a por comida ni a por agua. Sucede especialmente entre los viejos; es como si quisieran dejarse morir. Ha habido también algún intento de suicidio". Una de las decenas de estudiantes de Estambul -que se presentaron voluntarias para ayudar en los campos de damnificados del terremoto que devastó la región al sureste de Estambul, en la costa del mar de Mármara-, explicaba así algunos de los efectos que sufren ahora, cuatro semanas después, muchos de las decenas de miles de turcos que perdieron todo en aquellos eternos segundos en los que rugió la tierra en la madrugada del 17 de agosto.
Mucho se ha hecho desde entonces: las carreteras y las calles principales de las dos ciudades más afectadas, Golcuk y Adapasari, están limpias; expeditas para que transiten por ellas centenares de inmensos camiones de minería y obras públicas que llevan invariablemente la carga que más abunda en aquel desolador paisaje: escombros de hormigón y hierros retorcidos.
La policía y fuerzas especiales del Ejército, protegidos con mascarillas, dirigen el tráfico de este triste cargamento por las carreteras junto a la costa en la que tantos habitantes de Estambul suelen pasar el verano.
O solían. Porque miles de los que allí perdieron a sus familiares han asegurado que nunca volverán, y muchos de los habitantes de estas ciudades y pueblos devastados han optado por emigrar. No dejan nada atrás, ni siquiera unas tumbas, ya que no han encontrado a sus familiares desaparecidos.
Los cadáveres probablemente viajen en esos grandes camiones hacia alguna escombrera lejana, con los cuerpos descompuestos por el peso del hormigón, el calor y la humedad del viento del mar.
En Adapasari, como en Golcuk, la población lleva casi un mes, desde que se abandonó toda esperanza de encontrar supervivientes, observando cómo las excavadoras derriban restos de viviendas y cargan sin cesar escombros en los camiones. El domingo eran muchos los que observaban en los pueblos esta terrible rutina que se ha instalado en la región y que se prolongará con seguridad meses, a la vista de los daños. Tampoco tienen otra cosa que hacer todos estos hombres que vagan por la ciudad ni las mujeres que pasan el día sentadas ante las tiendas de campaña, que son su nuevo hogar, nadie sabe por cuánto tiempo.
Miles están en los campos instalados por la Media Luna Roja, la Cruz Roja, las ONG y otras organizaciones humanitarias y equipos de ayuda internacional.
Otros muchos miles de turcos han improvisado tiendas de campaña para permanecer y dormir junto a sus casas por miedo a que la tierra se vuelva a mover y sus maltrechas paredes y techos se les derrumben encima.
El miedo está omnipresente. El lunes de la semana pasada se produjo un nuevo seísmo. La mayor parte de los pacientes que tiene el Ejército español en el hospital de campaña que ha instalado entre Yalova y Golcuk son personas de todas las edades que se lanzaron desde sus ventanas al sentir el nuevo movimiento.
Muchos jamás podrán volver a pisar sus antiguas casas, aunque ahora, en aquel mar de ruinas, parezcan los más afortunados supervivientes.
Tanto en la ciudad de Adapasari como en Golcuk, los daños estructurales de las casas todavía en pie son tan graves que una gran parte, barrios enteros, acabará también convertida en escombros en los próximos meses.
La Cruz Roja Española ha instalado los centros médicos en el mayor campo de Adapasari, un campamento que, bajo la constante vigilancia del Ejército turco, funciona con un orden y una limpieza como muy pocos lo han hecho tras catástrofes humanitarias semejantes.
La principal tarea ahora es acondicionar los campos ante la llegada del invierno. La mayoría de las organizaciones humanitarias se inclinan por hacerlo con tiendas de campaña impermeables y con calefacción, ya que temen que la creación de campos de casas prefabricadas acaben, como ha sucedido en tantos casos, siendo consideradas por las autoridades como viviendas definitivas de los damnificados.

Mejor un invierno en tiendas que el resto de la vida en contenedores, se dicen.

EL MALO TIENE RAZÓN

Por HERMANN TERTSCH
El País  Sábado, 18.09.99

TRIBUNA

Gerhard Schröder, primer canciller socialdemócrata alemán en más de tres lustros, ha anunciado resistencia numantina contra los adversarios a su plan de austeridad. Hace bien, aunque todo parezca irle mal en los últimos meses y más de un compañero quiera hacerse desaparecer de las fotos de viajes comunes. Es terrible tener que someterse a un calvario electoral como el suyo. Pero no es inútil. Es, además, imprescindible, y lo saben muchos de los que cómodamente arropados le han tachado de malo de esta película. Por supuesto seguirá perdiendo elecciones una tras otra. De momento. Pero no tiene otra opción. La alternativa es tirar por la borda la gran victoria del pasado año y la posibilidad de sacar a Alemania de su autoengaño patológico. De momento nadie parece quererle. Ni su partido, ni el electorado, ni los medios a los que tanto quiso él, ni la política. No le defiende ni la economía, todos esforzados en no hacerse enemigos.Y es, sin embargo, Schröder el primer líder político alemán desde Willy Brandt y antes Konrad Adenauer que quiere reformar sustancialmente, de forma radical y valiente, la forma de vida de una sociedad que, bajo el manto de los derechos supuestamente adquiridos, no sabe en qué mundo vive y es alérgico a las reformas. Alemania vive en el ayer. Helmut Kohl, con todos sus méritos, no hizo en el terreno de las reformas fiscales y el déficit público sino convencer a los alemanes de que podrían seguir en el pretérito indefinido. Schröder tiene ahora la ardua tarea de desmentirle. Y no puede ni debe fracasar porque lo haría Europa entera. Despotriquen todos sobre sus siempre lamentables fracasos de comunicación, sobre sus arrogancias personales, sus frivolidades más o menos manifiestas y su prepotencia pretérita.
Pero lo cierto es que el malo tiene razón. A Schröder, después de un año de perenne sonrisa, le han salido las arrugas y el rictus serio del poder lúcido. Y que hoy apuesta menos por ser querido que por acometer la gran tarea que es poner a una potencia como Alemania en marcha y romper la maraña legal, administrativa y de obligaciones paternalistas que la tienen cautiva, paralítica y cuasi insolvente. Los odios los tiene garantizados, y lo sabe. Entró en la política por vanidad. Schröder nunca lo ocultó. Como otros líderes en el pasado, ha cambiado de prioridades en su largo caminar hacia esas metas que justificaban ante sí mismo los ingentes esfuerzos invertidos en la apuesta. Schröder es, de alguna forma, el ambicioso necesario para que ese gran país se observe por fin con clarividencia, en sus debilidades y posibilidades. Éstas son más que aquéllas, siempre que se observen los alemanes con sinceridad y la generosidad para renunciar a algo de lo mucho que tienen como privilegio y creen derecho.
Hay una certeza general en Alemania. La tienen asumida partidos, instituciones, sindicatos e incluso esos gremios que torpedean todo menos lo que directamente les conviene o, al menos, no les perjudica: Alemania no puede financiarse como lo ha hecho hasta ahora. Su déficit se ha duplicado desde 1994. En un lustro, los alemanes han doblado su servicio a la deuda. Hasta aquí hemos llegado, y quien diga que con parches lo arregla, miente o yerra. Schröder seguirá perdiendo popularidad y votos hasta que el malhumor de los alemanes, angustiosamente remisos a todo recorte de protecciones insólitas, quiera dar paso a la serena lucidez de que la ciudadanía alemana no se ve abocada a la miseria por unos recortes y una disciplina presupuestaria acorde con los tiempos y que todos los demás europeos han tenido que asumir partiendo de peores situaciones. Calificar la política de austeridad de Schröder y su ministro Hans Eichel de "thatcherismo" es, sencillamente, una majadería. Alemania no puede hacer de avestruz europea, porque, si así fuera, los demás quedarían condenados a ser murciélagos.

Schröder sabe que han quedado atrás los tiempos en los que podía quedar bien con todos. Se le ha agriado la sonrisa. Pero a ciertos cargos se accede porque se quiere y hay que llegar bien llorado. Al final tendrá el apoyo de unos cristianodemócratas de la CDU a los que les sobra lucidez y responsabilidad para saber que tienen que ayudar al actual canciller a imponer unas reformas que ellos mismos consideran imprescindibles. Schröder debe aguantar, derrota tras derrota, hasta la victoria final, hasta imponer y convencer a los alemanes de la necesidad de una modernidad que éstos se obstinan en rechazar. Los alemanes son diligentes, pero tienden al miedo existencial ante cualquier cambio. Schröder intenta que lo superen. Esto no le garantiza el éxito. Pero sí le hace merecedor de mucho más respeto que el que se le está otorgando.

UN TERREMOTO DE ARMONÍA ENTRE TURQUÍA Y GRECIA

Por HERMANN TERTSCH
El País,  Atenas, 17.09.99

La solidaridad por las catástrofes en ambos países crea un clima insólito entre dos enemigos históricos

"Nuestro terremoto, señor, fue el 17 de agosto", dice muy segura una ateniense. Al recordarle que aquel día el seísmo se produjo en Turquía y el habido en Atenas fue posterior, respondía ayer: "Tiene usted razón, aquí fue el 7 de septiembre, pero aquél también fue nuestro terremoto". No hace uno en Atenas sino encontrarse en estos días con muestras similares de solidaridad hacia quien ha sido durante generaciones el enemigo natural de su patria. Hasta el arzobispo Christodoulos, que hace apenas unos meses hablaba de los turcos como "la barbarie asiática", reza ahora por "la amistad entre dos pueblos que se quieren". No había ocurrido nunca desde que Grecia arrebató a Turquía su independencia en 1823. Entre los griegos, los terremotos que en las pasadas semanas han sacudido a ambos países, con millares de víctimas mortales en Turquía y decenas en la región de Atenas, han levantado una inmensa e insólita oleada de solidaridad hacia los vecinos orientales que los políticos ya no pueden ignorar. Y por primera vez en décadas, se percibe en Atenas la esperanza de que puede estar a punto de entrar en vías de solución el largo y complejo conflicto que enfrenta a estos dos países, paradójicamente aliados en la OTAN y a punto de entrar en guerra varias veces, la última hace tan sólo tres años.
Ayer volvió a Atenas de Ankara una delegación griega que ha negociado con sus interlocutores turcos diversos aspectos de colaboración regional, entre ellos la cooperación policial y antiterrorista. Parece un paso pequeño pero no lo es si se recuerda que hasta hace unos meses estos dos países se acusaban mutuamente de alimentar el terrorismo. El jueves pasado se había producido una reunión similar en Atenas, en la que se estudió la cooperación en materia medioambiental, cultural y de turismo. Y poco antes Atenas había anunciado que dejarían de bloquear en la Unión Europea la aceptación de la candidatura de ingreso de Turquía, así como las ayudas y créditos suaves para afrontar las terribles consecuencias del terremoto del 17 de agosto.
Pero hay mucho más, según insisten los interlocutores en Atenas. Por primera vez existe una constelación política y un clima que no impiden e incluso propician cambios cualitativos en las relaciones de estos dos países que podrían adquirir una importancia histórica para la cohesión y seguridad en Europa, el Mediterráneo oriental y Oriente Próximo. Es por ello extremadamente urgente que los socios de ambos, la Unión Europea y Estados Unidos, hagan todo lo posible por aprovechar este impulso. El primer ministro turco, Bulent Ecevit, viajará próximamente a Washington, donde le serán recordadas sin duda todas las posibilidades que se le abren a Turquía si acomete unas reformas que el propio pueblo turco está exigiendo con renovada fuerza desde el terremoto. Los turcos han visto claramente ahora que su gran problema no son los supuestos o reales enemigos exteriores, sino un Estado autoritario, esclerótico, corrupto e ineficaz. Un Estado al que además, tras el arresto del líder kurdo Abdulá Ocalan y la consiguiente caída de intensidad del conflicto kurdo se le está agotando el pretexto del conflicto del sureste para mantener un virtual Estado de excepción que impide las reformas hacia un Estado de derecho real.

Durante su estancia en Nueva York en la Asamblea Anual de Naciones Unidas, Ecevit se entrevistará con el primer ministro griego, Costas Simitis. En Grecia, el cambio de clima viene cristalizando desde meses antes de los terremotos. El cambio de ministro de Asuntos Exteriores con el relevo de Theodor Pangalos por Giorgio Papandreu es un cambio de talante y estilo, pero también una adecuación considerable a los intentos de Costas Simitis de lograr llegar al punto de inflexión en las relaciones greco-turcas. Un cambio de Ankara en su política inmovilista en Chipre abriría muchas puertas en diversos frentes a Turquía. Despejaría las dificultades para el ingreso de la isla en la UE al tiempo que neutralizaría los argumentos de los principales adversarios de dar a Ankara el estatuto de candidato al ingreso que, aunque el plazo de admisión quedara inevitablemente indefinido, supondría un impulso serio a la integración europea.

AQUEL VERANO MILAGROSO

Por HERMANN TERTSCH
El País  Jueves, 26.08.99

TRIBUNA

No suelen ser los veranos en la política internacional tan apacibles como sugieren tantos torsos desnudos, bermudas y pareos oficiales en nuestras playas nacionales. Y no por óperas bufas como las que sufrimos ahora en nuestras ciudades africanas. Muchas guerras y conflictos, más o menos serios, muchas conmociones en este siglo, han sido, algunas no casualmente, estivales. Ahora se cumplen diez años de un verano milagroso que decidió la suerte de Europa y en el que se gestó el terremoto político más intenso del siglo. Sólo otro verano, el que se abrió con un aciago 28 de junio de 1914, triste día de San Vito, puede compararse al de 1989 en las consecuencias que habría de tener para la vida de los Estados y las gentes del Viejo Continente. Entonces, hace ya 85 años, el asesinato del archiduque Francisco Ferdinando a manos de un airado joven nacionalista serbobosnio, Gavrilo Princip, lanzaba a toda Europa, y después al mundo, a la Gran Guerra. Junto a millones de jóvenes murió en ella el orden internacional posnapoleónico vigente desde el Congreso de Viena y con ella fue sepultada la civilización europea del siglo XIX. En el verano de 1989, la revolución democrática en el este de Europa dinamitó los últimos vestigios de aquella inmensa tragedia que fue aquella primera contienda mundial, que dio comienzo al largo vía crucis europeo por fascismo, nazismo, comunismo, Segunda Guerra Mundial, Holocausto, Yalta y el secuestro de pueblos enteros. El XX ha sido inmensamente trágico y sangriento en Europa. Y eso que ha sido un siglo corto, de 75 años, de verano a verano, 1914-1989.
Mucho tardaron los políticos, los analistas y la ciudadanía europea en percibir el tremendo calado y las entonces casi inconcebibles consecuencias de los acontecimientos del caluroso verano de 1989. Para la inmensa mayoría de los observadores, los centenares y después miles de jóvenes alemanes orientales que habían aprovechado sus vacaciones en países hermanos socialistas -los únicos a los que podían viajar- para intentar forzar su huida a Occidente no eran sino el reflejo de una crisis más de las muchas que habían sacudido a los regímenes comunistas a lo largo de su historia.
Todo comenzó en Budapest. A primeros de julio, ya estaba claro que una multitud de alemanes orientales había decidido no regresar a su país una vez finalizadas sus vacaciones de verano y caducado su permiso de viaje a Hungría. Era una situación más que insólita. Miles de jóvenes prusianos y sajones habían resuelto desobedecer a su Estado, levantarse abiertamente contra las normas, no reincorporarse a sus trabajos.
Los motivos eran muchos. Las cada vez más rápidas reformas democratizadoras en Polonia y Hungría habían sido tajantemente condenadas por el régimen de Erich Honecker. Mientras en dichos países el partido comunista dialogaba ya abiertamente con las fuerzas de la oposición para implantar una democracia multipartidista, Berlín Este había advertido con sorda arrogancia que era mucho más partidaria de una solución china "a lo Tiananmen" que de cualquier concesión al pluralismo. Hacía sólo dos meses que el Ejército chino había aplastado a sangre y fuego al movimiento estudiantil en Pekín. Y el 13 de agosto, aniversario de la construcción del muro de Berlín, máximo símbolo de la represión de las libertades en el Este, Honecker había asegurado que el muro seguiría existiendo cien años después. Pronto se demostraría lo mucho que se había equivocado también en esto aquel mediocre anciano.
En Praga subsistía un régimen dirigido por otros mediocres aparatchiks como Gustav Husak y Milos Jakes. Era por entonces ya el único país que Berlín Oriental consideraba fiable, por lo que permitía que sus ciudadanos viajaran allí sin permiso especial ni visado. Como un reguero de pólvora se extendieron por Alemania Oriental las noticias de que muchos compatriotas estaban en Hungría ante la Embajada de la República Federal de Alemania a la espera de emigrar a Occidente y que el Gobierno húngaro había anunciado que no adoptaría medidas represivas contra ellos. La cohesión política y la cooperación en la represión entre los aún miembros del Pacto de Varsovia había muerto. Miles de alemanes orientales decidieron que había llegado el momento de dar la espalda a la resignación. Hicieron un ligero equipaje y pusieron rumbo a Checoslovaquia en sus coches, en trenes y autobuses. Las calles de Praga comenzaron a inundarse de alemanes orientales que no eran simples turistas. Habían salido de la RDA para no volver. La mayoría quería llegar a Hungría. El régimen checoslovaco podía entregarlos a la policía de su país. El húngaro ya había prometido no hacerlo. Pero el viaje era difícil y peligroso. Algunos murieron ahogados intentando cruzar las poderosas corrientes del Danubio, frontera natural entre Eslovaquia y Hungría. Por eso, varios centenares decidieron buscar territorio occidental en el corazón de Praga y asaltaron la Embajada de la RFA, un bello palacio que fuera de la familia Lobkovitz en la Mala Strana, cerca del puente de Carlos.
La policía checoslovaca reaccionó después de la inicial sorpresa con un despliegue masivo en torno a la embajada. Allí me encontré a Kai, un joven de Turingia que rondaría la veintena. Estaba llorando y chillando a un policía para que le dejara entrar en "la embajada de su país". El agente estaba pidiendo refuerzos para detenerle. Lo cogí del brazo y me lo llevé a una cervecería cercana. Le convencí de que intentar entrar en la embajada era la mejor forma de ser entregado a la policía alemana oriental en la frontera. Durante una semana, Kai durmió en mi coche, aparcado detrás de mi hotel, el U Tri Pstrosu (las tres avestruces), en su día una de las tabernas favoritas del célebre soldado Swejk. Las últimas tres noches tuvo que compartir el coche con una pareja de las inmediaciones de Dresde. Escuchaban todos ellos entusiasmados cómo, apenas diez días antes, habían observado el manifiesto desinterés de los policías húngaros por capturar a alemanes orientales que, a plena luz del día, corrían por los campos de Sopron hacia la frontera austriaca. Los tres llegaron a Hungría y días después no tenían ya siquiera necesidad de correr. El Gobierno de Budapest, con Gyula Horn a la cabeza, decidía abrir la frontera con Austria.

Aquel día de agosto, millones de europeos que habían crecido en la resignación de creer inmutable la división del continente comprendieron que, como había dicho nada más llegar a Roma el papa polaco Juan Pablo II, la historia no había acabado con el secuestro de sus países a manos de Stalin tras la Segunda Guerra Mundial. La historia se había vuelto a poner en marcha tras décadas congelada en la guerra fría. El proceso era ya imparable. El día 20 de agosto eran los checoslovacos los que salían a la calle, y no dejarían de hacerlo hasta acabar en una semana con el régimen y aclamar a Václav Havel como líder indiscutido. Días después, Jiri Dienstbier y el alemán Hans Dietrich Genscher cortaban juntos el alambre de espino en la frontera común. El orden de Yalta había fenecido. Los patéticos esfuerzos de los regímenes comunistas en Berlín Este, Bucarest y Sofía por ignorarlo no cambiaron en nada su suerte. Ya estaba echada. Uno tras otro fueron cayendo, después de aquel verano milagroso, en la basura de la historia.

RECONSTRUCCIÓN BALCÁNICA

Por HERMANN TERTSCH
El País  Sábado, 31.07.99

TRIBUNA

Va a ser difícil porque allí, en los Balcanes, y en Kosovo especialmente ahora, todos se acuerdan de todo y piensan que jamás podrán vivir sin definir sus conductas por lo que ha sucedido. Porque ha sido demasiado lo que ha pasado. Son muchos los que están identificando a sus seres queridos por los empastes molares y por algún objeto medianamente duro en cuerpos pestilentes sin signos de identidad. Quien ahora se aterrorice por las crueldades que albanokosovares están cometiendo, en gran parte delincuentes comunes, crímenes intolerables, debiera recordar lo que ha pasado en los últimos años. Los muertos de las últimas semanas son, sin duda, demasiados. Y los detenidos por estas atrocidades, muy pocos. Pero resulta procaz comparar la violencia de las últimas semanas desde que las fuerzas internacionales de la Kfor están en Kosovo con la violencia organizada, genocida y bestial de los meses anteriores. Los muertos en los Balcanes no son sólo los últimos, tan trágicos como los primeros. Los muertos, todos, incluidos los 14 serbios de Gracko, son el terrible testimonio del curso político en el que los Balcanes quedaron sumidos a partir del momento históricamente tremendo que fue la caída de los regímenes comunistas. Centroeuropa tuvo éxito.
Los Balcanes pueden tenerlo también. No hay ninguna perspectiva más nefasta y menos justa que la que condena a la región a la guerra y la tragedia indefinida. Ahora, en Sarajevo, símbolo de la resistencia y también de la perversión nacionalista agresiva, se han reunido los jefes de Estado de los países que vieron que la tragedia balcánica estaba muy cerca de comprometer todo el futuro europeo en el umbral del siglo XXI.

Críticas justificadas
Miserias, críticas perfectamente justificadas y ataques ideológicos aparte, está claro que Europa se ha jugado y juega su propia estabilidad y prosperidad en una zona tan ninguneada y pertinazmente incómoda como son los Balcanes.
Por eso precisamente, hasta los más desasistidos en su perspectiva histórica entre los dirigentes occidentales reunidos en Sarajevo saben que la intervención militar sólo fue un primer paso hacia la estabilidad de la región.
El futuro en la zona está más abierto que nunca. Podemos incorporar a la región a la bonita, aunque dura, aventura de integración europea. Podemos dejar también que los Balcanes se vuelvan a pudrir como los cadáveres que todos los días se encuentran entre los maizales de aquellos preciosos valles. Es lo que está en juego.

Sin un efecto muy rápido en el bienestar, los Balcanes volverían a estallar. Ni los albaneses ni sus vecinos han estudiado en Eton ni conocen a Isaiah Berlin ni a san Ignacio de Loyola. Si no hacemos nosotros que funcionen las cosas, ellos aplicarán su implacable lógica del menesteroso.

PUNTUALIZACIONES

Por HERMANN TERTSCH
El País,  Valdecaballeros, Badajoz, 26.07.99

CARTAS AL DIRECTOR

La columna de Eduardo Haro Tecglen publicada el viernes 23 de julio bajo el título de Michnik, Tertsch, en la que se alude a mí de forma poco amable, me obliga a ciertas puntualizaciones.
1. No odio a los eslavos del norte ni del sur. Tampoco a los esquimales, a los filatélicos, a los submarinistas ni a los viticultores. Ni siquiera a los intelectuales que viven de y para el resentimiento.
2. No me entusiasman los bombardeos; los lamento profundamente. Aunque sí creo que un puñetazo que impida a un violador consumar sus apetitos en una menor puede estar justificado. Pero soy incapaz de gozar con el dolor ajeno. Incluso del dolor de víctimas no inocentes. El dolor produce, la mayoría de las veces, amargura, y ésta, sin duda, hace peores a las personas.

3. Finalmente, sólo puedo agradecer el hecho de ser objeto de un ataque en tan magnífica compañía. Adam Michnik es un ejemplo de dignidad, honradez y coraje que refuerza la fe en el ser humano, tantas veces resquebrajada por otros caracteres, conductas y biografías, sean éstas noveladas o no.

LA MEMORIA DE MICHNIK

Por HERMANN TERTSCH
El País  Jueves, 22.07.99

TRIBUNA

Diez años hace ahora de aquella negociación insólita que fue la Mesa Redonda en Polonia. Por primera vez en su historia, un régimen comunista se sentaba con la oposición para discutir, ni más ni menos, la forma de abandonar el poder y proclamar oficialmente el triunfo de la siempre denostada democracia burguesa. Allí estaban los carceleros y los encarcelados, y juntos dictaminaron que Polonia necesitaba una salida a la esperanza, que la lógica carcelaria había fracasado definitivamente y que la revancha era una tragedia que aquel maltratado pueblo no podía permitirse. Dos de los máximos protagonistas de aquellas jornadas, dos personalidades muy distintas -el entonces presidente y general Wojciech Jaruzelski y el entonces disidente y preso político sistemáticamente reincidente llamado Adam Michnik-, han evocado desde entonces muchas veces la transición española como ejemplo que sirvió a ambos para dejar definitivamente de ser carcelero y encarcelado, respectivamente.
Ambos hicieron mucho por Polonia, por toda Centroeuropa y por el continente en general. Conscientes los dos del pasado y responsables ante el futuro, hoy nadie puede entender bien la fascinante historia de este fin de siglo sin estos dos grandes e implacables rivales que un día se vieron remando juntos. No sólo no hubo naufragio, sino que iniciaron una ejemplar travesía que ha llevado a Polonia por primera vez en siglos a lo que el gran escritor polaco Szypiorsky, llama "soberanía, paz con los vecinos y libertad para todos y cada uno de nosotros. ¿Qué más queríamos? ¿Qué más hemos podido desear tanto tiempo los polacos?".
Michnik ha vuelto ahora a España, a su ya tradicional estancia estival en San Sebastián, con motivo del encuentro centroeuropeo de la Asociación de Periodistas Europeos. Y ha hablado de la memoria. Con tanto intelectual desmemoriado como circula por nuestro país y tanta amnesia selectiva, los encuentros con Michnik son siempre un vendaval de frescura, lucidez y eso, capacidad de retención honesta del recuerdo. Cierto es que él tiene más facilidad para recordar, porque no tiene en el pasado vergüenzas que olvidar y ocultar, ni complicidades con dictaduras, favores delatores o loas impresas a caudillo alguno. Pero sobre todo tiene memoria para pensar en largos espacios y luchar contra la inevitable tendencia de los políticos de juzgar situaciones sobre la base del momento inmediato.
Este polaco, profundamente antiviolento y posiblemente el que más ha hecho en Polonia para evitar cazas de brujas anticomunistas, ha defendido con su claridad de siempre la trágica necesidad que hubo de intervenir militarmente en los Balcanes, y, como tantos otros de su generación y talante como Joschka Fischer o Daniel Cohn-Bendit, considera que más condescendencia hacia el brutal régimen de Milosevic habría supuesto un inmenso peligro para la seguridad de todo el continente. Michnik recuerda cuáles son las consecuencias de ceder ante la barbarie, y sabe, por memoria, lo que ésta se envalentona ante unas democracias débiles e indecisas.
Los Balcanes tendrán, tras la caída de Milosevic, la oportunidad de embarcarse en una singladura con las mismas esperanzas que hace diez años albergaban los centroeuropeos y que hoy, pese a todas las dificultades, es la historia de un éxito en Polonia, la República Checa, Hungría y ya felizmente también Eslovaquia.

Gran parte del esfuerzo habrán de asumirlo ellos, pero la comunidad internacional que finalmente ha ayudado a poner coto al crimen hasta ahora impune no puede permitirse ser ahora cicatera en la lucha por la paz y estabilidad definitiva en la región. Acallados los cañones y los pelotones de ejecución, Occidente corre de nuevo el peligro de olvidar la región. La amnesia puede serles oportuna a algunos individuos, pero los pueblos que la sufren pueden pagarla cara muy pronto.

MILLÓN Y MEDIO DE JÓVENES BAILAN EN BERLÍN

Por HERMANN TERTSCH
El País,  Berlín, 11.07.99

REPORTAJE

La Love Parade batió ayer su propia marca de participación en la gran fiesta del 'tecno'

La discoteca total alcanzó ayer su tope en Berlín. El mayor festival de música tecno en el mundo, la gran fiesta conocida como Love Parade (Desfile del Amor), logró reunir ayer en su décimo aniversario alrededor de un millón y medio de aficionados. Algo muy distinto a lo que ocurrió en su primera convocatoria, hace tan sólo 10 años, cuando la ciudad se encontraba aún dividida por el muro y sólo acudieron 150 amantes del tecno a la cita. Alemanes del este y del oeste, japoneses y valencianos, sicilianos y daneses, muchísimos jóvenes, y no tan jóvenes, parecían obedecer una consigna: prohibido enfadarse, a lo largo de la avenida del Diecisiete de Junio, donde más de cincuenta camiones servían de plataforma para la música. Había quienes presentaban claros síntomas de haber consumido las inevitables drogas de diseño vinculadas a este tipo de música, y había también organizaciones que repartían condones y unas pastillas de azúcar con el mensaje de "consume energía, no éxtasis".
"La mayor y mejor fiesta del mundo", "la discoteca total", "la gran orgía de los superlativos". Los organizadores y participantes de la Love Parade en Berlín no escatimaban calificativos ante el impresionante éxito que, de nuevo, en su décimo aniversario, fue ayer la convocatoria del mayor festival de música tecno del mundo. Según las primeras estimaciones, fueron entre 1.200.000 y 1.500.000 jóvenes y no tan jóvenes, llegados de toda Alemania y gran parte de Europa, los que se dieron cita ayer en la larga avenida del Diecisiete de Junio, eje principal del viejo y nuevo Berlín unido. El viernes ya habían comenzado a llegar a Berlín columnas de vehículos, trenes especiales y aviones repletos de ravers, entusiastas bailones discotequeros de la música que, según ellos, refleja como ninguna el espíritu del fin de milenio.
Pero fue ayer, a las dos de la tarde, con puntualidad alemana, cuando estalló la locura al ponerse en marcha, uno tras otro, desde los dos extremos de la avenida —la Puerta de Brandenburgo y la plaza de Ernst Reunter—, los más de cincuenta camiones convertidos en escenarios y en plataformas para decenas de miles de decibelios. Una inmensa masa apenas permitía avanzar a estas carrozas cargadas de altavoces y de centenares de ravers, con el pelo teñido en multicolor o la cabeza afeitada, desnudos o semivestidos, muchos con piercings en la lengua o en la cara, en el ombligo o los pezones, y adornados con boas de plumas fosforescentes o pinturas metálicas.

Prohibido enfadarse
Los invitados que bailaban desde las plataformas móviles —más privilegiados, que no más exhibicionistas que los que les acompañaban el ritmo desde el asfalto— eran, por lo general, los habituales de los grandes templos de la música tecno que participan organizadamente en la Love Parade. Algunos de Berlín, otros de diversas ciudades alemanas y también de ciudades europeas hasta hace pocos años tan lejanas como Praga o Varsovia. Los más resistentes se distribuyeron en más de sesenta grandes fiestas por toda la ciudad para seguir con el ritmo hasta la tarde del domingo.
Está claro que la Love Parade de Berlín ha logrado un éxito impresionante, y no sólo en cuanto al número de gente que logra convocar, sino con el mensaje de que está poco menos que prohibido estar enfadado. La convocatoria en nombre del amor y de la fiesta parecía haber desactivado ayer cualquier síntoma de agresividad en aquel inmenso mar de individuos, muchos de ellos nada serenos, por cierto. Esto es lo que ayer llevó a presentadores de las televisiones alemanas a hablar de un fenómeno de armonía. En todo caso, muchas de las televisiones privadas y públicas de Alemania retransmitieron en directo la totalidad de la fiesta, pese a la reconocida poca variación de la música tecno y las escasas incidencias que se pueden esperar del espectáculo de centenares de miles de jóvenes bailando lo mismo todo el rato.
Berlineses de todos los rincones, alemanes del Este y del Oeste, japoneses y valencianos, sicilianos y daneses, muchísimos jóvenes de todos los antiguos Estados comunistas del este de Europa, pobres y ricos, derechas e izquierdas, habían estado llegando durante toda la mañana en una interminable marea humana de color y de decibelios a la cita en aquella gran avenida que durante todo el siglo XX ha sido escenario de las grandes manifestaciones multitudinarias de la revolución proletaria de 1919 y del nazismo hasta 1945. La Love Parade (el desfile del amor) es ya un fenómeno social, según muchos de sus artífices, tanto o más que aquellas citas reivindicativas. A los partidos políticos no les ha pasado inadvertido, y hasta los jóvenes cristianodemócratas de la Junge Union y las Juventudes Liberales, los yuppies prototípicos de la sociedad alemana, estaban ayer en el desfile, con menos plumas, desnudos y alusiones gestuales a la fornicación que los grupos más coloristas del omnipresente movimiento gay.

Poca intervención policial
La policía de Berlín, que con la Love Parade tiene ya una fecha fija para su mayor despliegue anual, mantuvo durante todo el día una presencia masiva y evidente, aunque discreta, en el gran bosque urbano del Tiergarten, que se extiende a ambos lados de la avenida del Dieciesiete de Junio. Tan discreta como parecía ser el consumo de las inevitables drogas de diseño, vinculadas habitualmente a este tipo de música.
Algunas organizaciones repartían, además de condones y tapones para los oídos, unas pastillas de azúcar con el mensaje "Consume energía, no éxtasis". Algunos de los muchos que no parecían hacer caso a estos consejos y tenían ya al mediodía un aspecto más bien perjudicado se adornaban con unos cartelitos de "Drogas, no", al parecer, distribuidos por la Iglesia. Esta tampoco quiso estar ausente de una fiesta cuyo lema es el amor. Otro de los carteles colocados en las farolas a lo largo del recorrido rezaba: "Dios también es amor. Más información, en cualquier iglesia católica".

Centenares de médicos y enfermeros hacían guardia a lo largo del recorrido. Sus intervenciones a última hora se habían limitado a colapsos por calor y agotamiento, excesos en el consumo de drogas y alguna herida de poca importancia.

sábado, 29 de abril de 2017

HEDONISMO AL DESNUDO

Por HERMANN TERTSCH
El País,  Berlín, 11.07.99

REPORTAJE

"Desde hace meses, comunidades enteras de niñas hacen régimen para que les quede bien el corpiño transparente. Por fin. La juventud alemana vuelve a tener un objetivo: adelgazar para Berlín. En los últimos años se les ha grabado en la cabeza: ¡Desnúdate! Menos es más. Los cuerpos semidesnudos se funden en este desfile por la paz y el amor. La celulitis y la tripa cervecera no pintan allí nada. Hasta el pueblerino es consciente de su cuerpo. El voyeur berlinés no perdona defectos físicos. Aquí sólo celebramos gente guapa. Lo guapo es sexy. "¡Bienvenido a Berlín, tecnofanático!". Con tan solemne mensaje recibía ayer un suplemento especial de la Love Parade a los participantes. El tal Karsten Lutz que lo firma no es ni más ni menos sesudo que la mayoría del público al que se dirigía. "Ésta es la generación del final del milenio, decían una y otra vez los gurús de "este maravilloso y desenvuelto hedonismo" tecno, en cuanto les ponían un micrófono enfrente.
Parece increíble que un fenómeno que muchos consideran poco más que un daño colateral de los hábitos perniciosos de la juventud suburbial, de la desideologización y de la descomposición social y familiar tenga la fuerza de convocatoria demostrada ayer en Berlín. Y sin embargo, responde al parecer a los tiempos que corren por el viejo mundo esta respuesta de centenares de miles de jóvenes, llegados de toda Europa para disfrazarse, sentirse maravillosos en una maravillosa familia multitudinaria y bailar "a 149 breaks" por minuto, saltos o golpes de ritmo o sacudidas de los pies y dedos señalando al cielo, sin más variación que el desmayo de algún miembro cuyo sistema cardiovascular dimite antes de tiempo. Se acarician y miran a sí mismos mientras bailan. Encantados de haberse conocido.
El cuerpo es protagonista. Se cultiva y se decora. Se degusta y utiliza. Los cuerpos desnudos y sudorosos que ayer se agitaban por el Tiergarten están más cultivados que la articulación del lenguaje que demostraban los ravers (forofos del tecno) en sus conversaciones. Tampoco vaya nadie a creer que ayer se habló mucho en el centro de Berlín. No se podía uno oír ni a sí mismo por lo que nunca había nadie a quien contestar ni rodeado de un millón de amigos. En realidad, no hay nada de que hablar. Las cosas son como son. Y se repiten, como la música que se baila, como el ritmo y los gestos de la danza. Todo sencillez y placer y nada de líos. En todo caso alguna gamberrada, como mojar al prójimo con pistolas de agua o disfrutar de columpios gigantes, aunque sea haciendo cola ante los amigos ayer junto a la Puerta de Brandenburgo. Antes eso lo hacían los niños, pero ahora muchos adultos han llegado a la conclusión de que es lo más interesante que se les ofrece.
Nada de líos. Hay que desfilar por el amor, auspiciados por todas las grandes empresas que ayer cultivaban en Berlín a su clientela. Así la Deutsche Telecom ofrecía amor por teléfono móvil, las televisiones hacían de la masa espasmódica "inteligentes individuos que no temen disfrutar juntos" y Planetcom, la compañía que organiza la Love Parade convertía la alegría de vivir en suculentos ingresos. Berlín era ayer un Waterloo para las ideologías. Y no sólo para ellas. Tampoco salían tan bien parados los ideales de belleza extrema exenta de celulitis y de barrigas que el citado ideológo de la Love Parade predicaba en la bienvenida. Concentraciones de estas dimensiones no suelen ser idóneas para establecer niveles tan superlativos. Había mucha excentricidad forzada, feísmo por doquier y desnudos tan autocomplacientes como escasamente gratificantes. Y hasta los más guapos de los guapos, los más maquillados, decorados y entusiastas de sí mismos ofrecían un aspecto muy poco apetecible después de ocho o diez horas de baile incesante a casi 30 grados de temperatura en un día radiante de sol en Berlín.
Nadie vaya a creer que esto desanimó a los incondicionales. "Esto es algo supremo, algo magnífico que nunca entenderá nadie que haya leído a Adorno", decía ayer en la Avenida 17 de Junio de Berlín un entusiasta de la Love Parade, nada convencido al parecer con la herencia del pensador y padre de la Escuela de Francfort, Theodor W. Adorno. Era un converso a la música tecno, de los pocos que habría allí capaces de recordar el nombre de alguien más dedicado a las actividades cerebrales que a las espasmódico-rítmicas o voluptuoso-musculares.

Cerca, junto a la gran estatua de Bismarck en la Plaza de la Gran Estrella, un chico más joven, en un tanga de cuero negro y pelo teñido en cuatro colores, demostraba menos memoria. Intentaba quedar con un amigo en aquel enjambre de más de un millón de personas. "Estoy junto a la estatua de un tipo con cara de mala leche y vestido de militar. Debajo pone Bismarck". El canciller de hierro y muy cerca de él su general Moltke miraban altivos por encima de quienes bebían, bailaban y meaban cerca de sus pedestales. Ellos ganarían muchas batallas. Está claro que no saben quién ha ganado al final.

LA OPORTUNIDAD TURCA

Por HERMANN TERTSCH
El País  Viernes, 09.07.99

TRIBUNA

Nunca en sus 75 años de Historia ha tenido la Turquía moderna la oportunidad que ahora se le brinda de zanjar sus mayores cuitas históricas. Llega además en el momento en que más se necesita, en el que la parálisis en la creación de un Estado de derecho, acorde con la democracia parlamentaria existente, amenaza con forzar un conflicto de culturas que podría desestabilizar a este gran país y a Oriente Próximo, y poner en peligro la seguridad europea. La detención de Ocalan hace unos meses, de forma harto rocambolesca y con ayuda apenas disimulada de diversos servicios de información extranjeros, supone ni más ni menos que Ankara ha ganado la guerra contra la insurgencia kurda en el sureste de Anatolia. Seguirá habiendo muertos en la región. Porque los grupos armados kurdos sólo tenían a Ocalan como punto de referencia y pronto estarán enzarzados en luchas más o menos tribales. Y porque la guerra ha favorecido la creación en el seno del aparato del Estado turco de grupos político-mafioso-militares que saquean los presupuestos nacionales por medio del conflicto y han creado zonas sin otra ley que sus intereses en el tráfico de heroína, en la extorsión y el lavado de dinero de todo un sinfín de oscurísimos negocios.
Son muchos los políticos y funcionarios turcos que deben su procaz opulencia a esta guerra que tantos miles de muertos ha causado en los últimos años. Desde alguna exprimera ministra hasta jueces, oficiales e industriales.
Pero son muchos, y es de esperar que se impongan, aquellos que creen en que Ocalan en la cárcel puede imponerse la conversión real desde el terrorismo sanguinario que ha sido la divisa del Partido de los Trabajadores kurdo al político negociador que se convierta en un factor de moderación entre los kurdos. La guerra en el sureste ha sido en los últimos años el principal lastre económico del Estado, pero, más grave aún, se ha convertido en el mayor obstáculo para la evolución de Turquía hacia un Estado respetuoso con los derechos humanos y homologable con las democracias europeas.
Los enemigos de la sociedad abierta y las libertades han hecho de esta guerra de baja intensidad el principal pretexto para mantener leyes y prácticas del Estado absolutamente intolerables en un país con legítimas aspiraciones para adherirse a la Unión Europea. Por eso y pese a toda la agitación de un nacionalismo turco creciente, y fomentado involuntariamente por el desdén de Bruselas, parece razonable pensar que Ocalan, condenado a muerte, no será ejecutado y servirá a Ankara para buscar una solución mediada de la espantosa sangría del sureste.
El final del conflicto no será, por supuesto, inmediato. Pero si en aquella región se logran unas mínimas cotas de normalización y se liquida así el protagonismo del Ejército y de los grupos paramilitares o somatenes auspiciados y financiados por clanes mafiosos locales y de Ankara, las fuerzas democráticas, también las kurdas, tendrán mayores márgenes para impulsar la imprescindible democratización y limpieza de un Estado que ha quedado en su desarrollo ya muy por detrás de la sociedad turca.
La oportunidad es grande y la necesidad de aprovecharla aún más. Turquía no debe perderla. Hace ahora falta que sus líderes tengan la visión, la sabiduría y la destreza en llevarla a buen fin.

viernes, 28 de abril de 2017

GRASS NARRA EL SIGLO A TRAVÉS DE CIEN CUENTOS

Por HERMANN TERTSCH
El País,  Berlín, 05.07.99

'Mi siglo' se publica esta semana en Alemania, con grandes expectativas de calidad y polémica

Vuelve Günther Grass. Cierto que nunca se ha ido, que nunca ha dejado de ser noticia, por regañar a sus compatriotas por la reunificación alemana, por descalificar al Estado alemán por su política de inmigración, por defender la intervención militar en Kosovo o incluso por sus libros, los últimos tan criticados en su país, pero tan imprescindibles para conocer la literatura alemana de este siglo, como aquel Tambor de hojalata que lo hizo famoso hace 40 años. Ahora, el reciente premio Príncipe de Asturias vuelve con Mi siglo. Se publica esta semana y promete ser otro gran acontecimiento editorial.
La nueva obra de Grass tiene todos los ingredientes para convertirse en un fenómeno político y cultural, según han advertido ya intelectuales como Peter Glotz. Esta semana sale a la venta en Alemania y Austria su última obra, Mi siglo, que previsiblemente estará en las librerías españolas, editada por Alfaguara, en otoño, cuando Günther Grass reciba en Oviedo el Premio Príncipe de Asturias de las Letras como primer escritor de lengua no española. Mi siglo son cien textos, cada uno referido a un año de este terrible siglo que termina. Cien relatos, cien imágenes de cien años que trazan un bello, duro y reflexivo recorrido por la historia vista desde una perspectiva siempre distinta y particular.
Quienes han tenido la suerte de leer ya partes de este libro tienen la certeza de que ni los más feroces críticos vocacionales del Grass de las últimas dos décadas podrán evitar el gozo de la lectura de esta colección de viñetas que a través de situaciones inventadas, encuentros imposibles y anécdotas fabuladas explican poéticamente un pasado que a todos atañe.
Los relatos van tejiendo una red de acontecimientos ficticios, en gran parte marcadamente irrelevantes, que acaban formando un caleidoscopio lírico y ácido en el que se reflejan los grandes dramas, las evoluciones y revoluciones, las luchas, los sueños y las pesadillas del siglo XX.
Una cita de Ernst Jünger con Erich Maria Remarque en un hotel de Zúrich recuerda el terrorífico año 1916, en el que una generación de jóvenes europeos sucumbía en las trincheras de la gran guerra europea. El destituido kaiser Guillermo II se dedica en su exilio holandés a talar árboles y a reflexionar -por boca de un criado- sobre su destino. Un voluntario alemán habla de las ejecuciones durante la guerra de los Boers; una madre, sobre la radicalización política de su hijo con la llegada al poder de Hitler; un niño obrero rememora los discursos de Karl Liebknecht.
Las historias son todas verosímiles, la prosa escueta, las frases tersas y los localismos logrados, el vocabulario de los cien narradores ajustado a sus identidades: ese gran ejercicio de Grass de asumir cien identidades distintas supone una nueva demostración de su virtuosismo literario.

Giro estilístico
El libro supone además un gran giro estilístico, después de sus últimas largas novelas que tanta agria polémica le causaron con la crítica alemana y no pocos de sus lectores. Pero que no deduzca nadie por ello que Grass ha cambiado en nada lo esencial de su pensamiento. Todas las imágenes son reflejo de su mente implacablemente crítica, muchas veces hasta la injusticia, de su carácter irascible en ocasiones y muy ajeno a la ironía, pero ante todo profundamente libre. El pesimismo que Günther Grass se atribuye es, en su mayor parte, producto de las experiencias de este siglo tremendo que describe ahora, y por eso no es de extrañar que una gran mayoría de los relatos dejen en el lector un sabor amargo. Pero también es cierto que, como él mismo ha dicho ahora en la presentación del libro en el semanario Die Zeit, Grass es "un pesimista con alegría de vivir". Y con un profundo amor al ser humano, al que regaña continuamente.

Con sus 12 nietos puede aplicar ya la experiencia que ha acumulado haciendo de abuelo gruñón y tierno del ser humano en general y del alemán en particular. Igual que los abuelos, de vez en cuando Grass aparece con un regalo bajo el brazo. Su nuevo libro es sin duda un magnífico presente.

HETERODOXIAS ALEMANAS

Por HERMANN TERTSCH
El País  Sábado, 03.07.99

TRIBUNA

La bochornosa presentación del comisario alemán Martin Bangemann como asesor de Telefónica es, por supuesto, un flaquísimo favor a la credibilidad de la Comisión y una nueva prueba de que este antiguo dirigente del Partido Liberal alemán tiene un concepto muy poco prusiano de la ética del servicio público. Cualquier funcionario alemán de la vieja escuela se habría poco menos que cortado las venas ante la mera sospecha de haber cometido lo que Bangemann ha confirmado, orgulloso y ufano, haber hecho. Y por supuesto ello habría supuesto la muerte civil del involucrado. Ya no. El escaso rigor, la improvisación y, en ocasiones como la citada, la pura falta de vergüenza son ya también parte de la cultura política de la Alemania moderna. Ni más ni menos que en otros países europeos. También en este sentido los alemanes han cambiado y se alejan cada vez más de aquel cliché tradicional que los caricaturizaba a ojos de amigos y enemigos. También en esto se ha normalizado este país. Pero no sólo eso ha cambiado en Alemania. Afortunadamente.
El jueves, el Bundestag alemán se despidió definitivamente de Bonn, la aldea junto al Rin que durante medio siglo ha sido su capital. Tras las vacaciones estivales, la mayor potencia europea será gobernada ya desde Berlín. No sólo el escenario urbano será distinto. Tienen razón quienes dicen que existe una continuidad institucional y política entre la República de Bonn y la de Berlín y que la segunda no es sino la consecuencia del éxito de la primera. Pero no menos cierto es que mucho será muy distinto, porque ya había cambiado en estos años de transición desde la consecución de la unidad alemana y porque seguirá cambiando con mayor contundencia si cabe. Alemania seguirá su camino hacia la heterodoxia de la mano de esos dos heterodoxos que son Schröder y su ministro de exteriores, Joschka Fischer.
El poder llega a Berlín consciente de que el sistema social de economía de mercado, piedra angular de toda la política de la Alemania democrática de la posguerra, ha tocado techo y sólo puede salvar a largo plazo sus principales rasgos si cambia profundamente. No se trata de una conclusión nueva. Lo realmente nuevo es que, desde la llegada al poder del Gobierno de socialdemócratas y verdes existe un amplio consenso sobre tal necesidad y la urgencia de la misma. Los dos partidos hoy en el Gobierno no habían aceptado esta evidencia hasta que abandonaron la oposición. En este sentido, el final de la era del canciller Helmut Kohl era doblemente necesaria. Por un lado ponía fin a una coalición de democristianos y liberales, bajo la inmensa figura del ya histórico canciller, que había agotado claramente su ciclo y posibilidades. Por otra parte obligaba a socialdemócratas y verdes a ejercer en responsabilidad un poder que les exigía las reformas. La actual oposición no podrá sino apoyar en el fondo, por mucho que critique la forma, de estos cambios. Alemania arrastra un déficit de reformas que la han convertido en uno de los sistemas administrativos, fiscales y legales más anquilosados del continente. El paquete de reformas aprobado hace diez días es otro ejercicio contra la ortodoxia alemana. Rompe con la desesperante parálisis de décadas.

Schröder comenzó su mandato con más errores que aciertos y una descoordinación en su gabinete que causó alarma por doquier. Pero desde entonces mucho de lo sucedido ha hecho casi olvidar aquellos sobresaltos. La despedida de Bonn coincide con la clausura de un semestre de presidencia alemana de la UE que pasará a la historia como uno de los más intensos y probablemente decisivos de la construcción europea. También a la presidencia se puede aplicar el juicio que merece la legislatura, un comienzo dubitativo y un balance general inesperadamente positivo. La desaparición política de Oskar Lafontaine es, sin duda, una de las claves del comienzo de una fase de mayor coherencia. La prolongación de la pugna interna del liderazgo bicéfalo podía haber acabado con este Gobierno antes de conseguir ninguno de sus proyectos. También la guerra de Kosovo y la propia Agencia 2000 eran amenazas para el Gobierno Schröder como quizás para ningún otro en Europa. Y logró conjurarlas abandonando posturas maximalistas en la Agenda. Pieza capital en este éxito que tantos ponían en duda ha sido Joschka Fischer. Su tenacidad y valentía ante las reformas y la guerra han sido determinantes. Y afortunadamente Fischer representa mejor a la nueva Alemania que la patética figura de Bangemann.

NUEVA ASIGNATURA PARA BELGRADO

Por HERMANN TERTSCH
El País  Sábado, 26.06.99

TRIBUNA

La visita a Pristina del secretario general de la OTAN, Javier Solana, se convirtió el pasado jueves en un masivo acto de homenaje de la población kosovar a este hombre que tanta responsabilidad ha tenido que soportar durante los últimos meses y, visto desde España, en un acto de desagravio por las muchas mezquindades, cicaterías políticas e insolidaridades personales que ha sufrido en su propio país, Gobierno y compañeros de partido incluidos. Su presencia en las calles de la capital de Kosovo y su reunión con dirigentes de todas las fuerzas políticas y sociales, desde los líderes del Ejército de Liberación de Kosovo (ELK) hasta los obispos ortodoxos serbios, son una prueba del éxito del despliegue de la OTAN. Las represalias que se están produciendo, con algunos asesinatos y la quema de casas serbias, son una expresión mínima de violencia tras la orgía de sangre y fuego practicada por las fuerzas serbias. Ahora es imprescindible avanzar rápidamente en el establecimiento de una administración civil. En Serbia, sin embargo, la asignatura pendiente es otra, y no podrá ser impuesta, aunque sí facilitada desde fuera. El derrocamiento de Slobodan Milosevic sólo es parte de la misma. Tiene razón Vetton Surroi, muy probablemente el líder más prometedor del nuevo Kosovo, cuando, en una entrevista en este periódico, dice que, aunque no puede haber castigo colectivo, "sí hay una responsabilidad colectiva" y que "el fascismo sólo existe si tiene una base social". "Los serbios tienen que mirarse al espejo" y enfrentarse a la llamada "cuestión serbia". Porque es un hecho que estos diez años de nacionalismo institucional, adoración del mito pseudohistórico y el odio a todo lo no serbio han tenido efectos perversos sobre amplias capas de la sociedad serbia. El victimismo propio del nacionalismo ha llevado a la sociedad serbia a ser prácticamente inmune a cualquier sentimiento de culpa o de compasión hacia las víctimas asesinadas en su nombre.
Así, la mayoría de los serbios perfectamente decentes e incapaces de infligir mal a nadie han permanecido indiferentes a las tragedias que Milosevic ha desencadenado contra los pueblos vecinos. El único dolor que parece haber existido para ellos es el que, como resultado de las aventuras criminales de su régimen, ha acabado alcanzándolos. Salvo algunos minúsculos grupos como las Mujeres de Negro contra la Guerra, nadie, ni en la oposición ni en la Iglesia, ha levantado durante todos estos años su voz para condenar los crímenes de sus tropas y bandas armadas contra los pueblos vecinos.
Por eso los cambios en Serbia han de ir mucho más allá de la caída de la camarilla mafiosa que Milosevic ha elevado a la cúpula del Estado. Al igual que en el proceso de desnazificación de la población alemana tras 1945, los serbios, y especialmente las nuevas generaciones, habrán de verse forzados a enfrentarse a los hechos cometidos en nombre de su pueblo. Será un proceso largo al que se resistirán los muchísimos individuos implicados en los crímenes y los muchos más que comprendieron y toleraron o se beneficiaron de los mismos. Habrá que sustituir los libros que describen un mundo absurdo de la hegemonía de la sangre por otros que expliquen la historia, incluidos estos trágicos capítulos aún por concluir. Habrán de surgir nuevos líderes que crean y defiendan la sociedad abierta y sustituyan a los actuales, en el Gobierno y en la oposición, surgidos de la tradición oscurantista, nacionalista y oportunista de los aparatos comunistas balcánicos.

Será difícil, pero no es imposible. Países vecinos con más dificultades iniciales y menos sociedad formada e ilustrada como Rumanía o Bulgaria, o la propia Macedonia, lo han logrado. Para ello será imprescindible que Serbia vuelva a ser un país en el que merece la pena vivir para los centenares de miles de jóvenes académicos y estudiantes, de todos esos serbios educados y capaces que han huido en los últimos diez años del reino de la selección negativa impuesto por Milosevic. Lo primero es saber a Milosevic y a su banda ante el Tribunal Internacional o en una cárcel serbia. Después comienza la larga marcha hacia una Serbia libre, integrada, hacia una sociedad que se vea a sí misma como una más, en plena igualdad y reconciliada con su historia y sus vecinos.

HACIA UNA SOLUCIÓN BALCÁNICA GLOBAL

Por HERMANN TERTSCH
El País  Jueves, 17.06.99

TRIBUNA

La retirada de las tropas serbias se produce sin mayores contratiempos por el momento, y el despliegue de las fuerzas de la OTAN no se está topando con mayores dificultades que algún incidente aislado. Rusia llegará a un acuerdo con la Alianza para resolver la situación creada por la rocambolesca entrada de un pequeño grupo de soldados rusos en el aeropuerto de Pristina. Nadie quiere ignorar el amor propio de Moscú, negarle un consuelo ni recursos para desactivar la propaganda de los enemigos de la democracia en Rusia. Pero todos están de acuerdo en que una zona de control exclusivo ruso llevaría a la división de Kosovo. Los Balcanes, en tal caso, volverían a arder en Kosovo, Bosnia, Macedonia o Montenegro. Y todo parece indicar que europeos, americanos y rusos tienen la firme decisión de que esta guerra sea la última en la región. Están de acuerdo en que no se puede permitir allí otro conflicto armado. Los costes son excesivos y el riesgo inasumible. La construcción de la paz y la estabilidad en los Balcanes ha entrado ya en una nueva fase. La inevitable y muy comprensible huida de los serbios de Kosovo por miedo a represalias es una tragedia más por la que Slobodan Milosevic deberá responder.
La Iglesia ortodoxa, por desgracia tanto tiempo callada ante las atrocidades cometidas en nombre del pueblo serbio, se ha pronunciado ya contra Milosevic. Muy tarde, desde luego. Pero es un primer paso en el camino de la sociedad serbia para integrarse de nuevo en la comunidad internacional. En las próximas semanas y meses serán previsiblemente muchos más los pasos que se den en este sentido. Los funcionarios del aparato político, policial y mafioso de Belgrado comenzarán muy pronto a dudar si les compensa la defensa a ultranza de Milosevic y sus cómplices. Comienzan tiempos duros para los beneficiarios del aparato de extorsión, robo, pillaje e intoxicación que Milosevic ha alimentado durante estos 12 últimos años. Las turbulencias políticas van a ser violentas en Belgrado. Quizá sangrientas. Pero su único final posible es la desaparición del líder supremo y su camarilla.
Cuando esto suceda, la comunidad occidental tiene que tener ya bien definido el nuevo orden balcánico que, paradójicamente, vendrá a parecerse mucho al de la confederación balcánica que el líder comunista búlgaro Georgi Dimitrov propuso en su día a Stalin para neutralizar los conflictos étnicos en la región. La caída de Milosevic es la condición pendiente para poner en marcha un amplio plan para crear un espacio común, comercial primero, político después. Las fronteras que los pueblos yugoslavos erigieron para defenderse de Milosevic perderán vigencia cuando su amenaza desaparezca. Los países vecinos saben de los beneficios de esa apertura regional que les facilita el acceso a Europa occidental.
El primer paso en este proyecto es la imposición de un protectorado internacional en Kosovo, ya en marcha. Pero también Albania quedará en la práctica bajo control y protección internacional. Y, en buena medida, Macedonia. Ambos Estados necesitan una ayuda masiva que no van a poder administrar por sí mismos. Orden público, lucha contra las mafias y relanzamiento económico serán, en gran medida, responsabilidad de la Unión Europea y Estados Unidos.

Europa debe ser consciente de que si no asume el liderazgo en la construcción de esa base de bienestar y esperanza, no debiera llorar después si el sur de los Balcanes se convierte en una base permanente de Estados Unidos. El desmantelamiento paulatino de las fronteras en los Balcanes es la única forma de evitar que vuelvan a ser motivo de enfrentamiento. Costará mucho dinero y la permanente presencia occidental en la región durante generaciones, militar, policial, administrativa y económica. Pero que nadie dude de que toda alternativa es más cara.

LA CAPITULACIÓN

Por HERMANN TERTSCH
El País  Sábado, 05.06.99

TRIBUNA

Con escuchar el jueves en las diferentes emisoras de radio en España a un ejército de avisados contertulios valorando, por supuesto antes de conocerlos, los términos del acuerdo de paz impuesto a Slobodan Milosevic por la comunidad internacional, se podía uno explicar muy bien por qué este país ha tenido una de las opiniones públicas peor informadas, más histéricas y sectarias del mundo occidental durante una crisis que, afortunadamente, parece entrar en su recta final. Desde la derecha montaraz a la izquierda paleocomunista, estaban todos de acuerdo en que la OTAN ha fracasado, en que Milosevic ha "negociado" con éxito y la culpa de todo lo sucedido, cómo no, la tiene ese foco intrínseco de perversidad que es Washington. Hay días en que, realmente, nadie nos gana a simplezas. Unos por supina ignorancia y otros por simular desesperadamente cierta coherencia con la retahíla de afirmaciones gratuitas y augurios incumplidos que han formulado desde el 24 de marzo. Lamentablemente para ellos y para Milosevic, hay un hecho perfectamente claro, y es que el sátrapa balcánico ha capitulado ante la OTAN y de forma incondicional. Y que esta rendición que le impone unas condiciones mucho más severas que las que despreció en Rambouillet se la han hecho firmar un enviado de la UE, Martti Ahtisaari, y uno de Rusia, Víktor Chernomirdin, que apoyaban todos y cada uno de los puntos que la integran y que son casi textualmente las de la Alianza. Milosevic se ha tenido que tragar sus palabras y tendrá que pagar, más pronto que tarde, por sus actos. Hasta tal punto sabe el régimen de Belgrado el auténtico alcance del acuerdo de paz que no se ha atrevido aún a hacerlo público ante la sociedad serbia que le pasará factura por la tragedia de que es responsable.
Por supuesto que Milosevic y su aparato político, mafioso y militar van a intentar manipular una vez más los términos de esta capitulación. Pero su margen de actuación es ya mínimo. Y el duro invierno al que se enfrentan los serbios por obra y gracia de su líder anuncia convulsiones políticas y sociales cuya consecuencia previsible es el final del régimen de Slobo, la peor tragedia sufrida por la nación serbia desde su derrota ante el Ejército otomano hace más de seis siglos.
Los contactos para establecer los pasos de la retirada total de las fuerzas serbias de Kosovo han comenzado ya. Habrá que establecer otros para el regreso de los refugiados. Queda mucho que definir y sin duda habrá una y otra vez reveses y dificultades. No hay motivos para la euforia y sí para la máxima concentración y coordinación del ingente esfuerzo para que las principales víctimas de este conflicto, los albaneses kosovares, puedan volver a sus lugares de origen y construir un futuro en el que se sientan seguros ante cualquier hipotética amenaza del norte.
Pero el marco general está definido y no tiene vuelta atrás. Y supone -qué le vamos a hacer, queridos tertulianos- un éxito rotundo de la OTAN y de la comunidad internacional, pero también de todos aquellos dirigentes que en los momentos más difíciles han mantenido la cabeza clara y presentes los principios en que se basan las sociedades libres. Los que se alegraron de los problemas causados por accidentes en la intervención de la Alianza y se apresuraron a equipararlos con los crímenes sistemáticos del régimen de Milosevic tienen un motivo más para su indignación. Lejos de dividirse, la OTAN se ha mantenido unida y ha conseguido el apoyo de Rusia para poner fin a un genocidio y hacer reversible la repugnante política del racismo nacionalcomunista de Belgrado. Y Kosovo nunca volverá a depender del capricho de Belgrado. Cuando concluya el protectorado que habrá de instaurarse en la hasta ahora provincia serbia, este territorio puede ser una nueva república yugoslava dentro de Yugoslavia, como la propia Serbia o Montenegro. El futuro dirá.

Ahora comienza una nueva etapa. Concluya ésta cuando sea, en tres meses, seis o diez: es muy improbable que Milosevic pueda sobrevivirla. Políticamente al menos. Es posible que una condena de por vida en La Haya sea la única alternativa que acabe quedándole para evitar compartir la suerte de Ceausescu. Con la capitulación de Milosevic se abre una magnífica posibilidad de regeneración democrática en todos los Balcanes y más allá de la región. Y debería recordarse siempre como una lección de que el coste de no hacer frente al crimen aumenta sin cesar con el paso del tiempo. Las democracias han estado, al final, pese a sus titubeos, a la altura. La sociedad serbia lo estará cuando examine el fracaso de su aventura, castigue a los culpables y depure sus estructuras. Estamos en el principio de una difícil empresa. Pero estamos también presenciando la agonía de la perversión política europea más grave desde la caída de Berlín en 1945.