jueves, 11 de mayo de 2017

MARRUECOS CIERRA LOS OJOS A LA EMIGRACIÓN ILEGAL

Por HERMANN TERTSCH
El País,  Tánger, 05.12.01

LOS PROBLEMAS DE LOS INMIGRANTES

La corrupción de la policía favorece la actuación de las mafias que dirigen la salida de las pateras

Poco o nada ha cambiado con la llegada al poder del nuevo rey marroquí respecto al trasiego de inmigrantes ilegales. La industria de moda, junto al sempiterno tráfico de hachís, es la emigración. Y las autoridades no sólo no la impiden, sino que la auspician. Según algunos mafiosos, de las hasta 300.000 pesetas por persona que cobraban en Ksar es Seghir por cruzar en patera, cerca de 200.000 se les iban en pagar a las diferentes autoridades policiales o militares para que les dejaran trabajar en paz. Las pateras ya se construyen en pueblos del interior y son transportadas a las playas cuando van a ser usadas. Los jovencitos de Tánger se van, engañados por todos, hacia la patera que los lleva a la explotación o la muerte.
El miércoles pasado, el rey de Marruecos, Mohammed VI, visitaba Tánger, ciudad que a su padre no gustaba nada, ya que había sufrido allí uno de los muchos atentados que sobrevivió hasta su muerte natural hace poco más de un año. Las gentes de esta antigua ciudad rezumaban esta semana devoción por su nuevo rey que, según muchos esperan, traerá algo de prosperidad, democracia real y derechos civiles y humanos a su maltratada población. Pero el entusiasmo por la presencia del monarca alauí no era completo en la ciudad. Grupos de jóvenes marroquíes, cargados con bolsas de plástico, cruzaban las calles de la capital -repletas éstas de policía política y secreta, de paisano y uniformada-, con rumbo seguro hacia las playas cercanas o aguardaban expectantes junto a la vieja plaza de toros española, cerca de la plaza de la Universidad. Ninguno pensaba en el rey ni en sus promesas. Todos pensaban en España, algunos aún más allá, 'en Italia, donde tengo familia'. Todos estaban decididos a dar la espalda al reino alauí. 'Antes de quedarnos, preferimos que nos coman los peces'. Todos saben que alguna vez se ha ahogado alguno de los que los precedieron en la aventura de cruzar el Estrecho, desafiando a las corrientes marinas y a la vigilancia española. Pero todos están convencidos, a estas horas de la noche, de que ellos conseguirán superar todas las dificultades y de que muy pronto tendrán trabajo y 'papeles' y de que volverán a sus pueblos como triunfadores algún día, de visita en casa de sus padres y a pagar la deuda que han contraído para pagar la travesía, hoy algo más de 100.000 pesetas, menos que hace un año. Ninguno sabe -no lo sabe nadie, en realidad- cuántos se han ahogado, pero no pueden ni soñar que hayan sido tantos por lo cerca que, una vez llegados a las playas de cabo Espartel, cabo Malabata o Ksar es Seghir, ven las luces de Tarifa, allá en España. Ninguno duda, nadie tiene miedo, aún. Aunque quizás alguno intuya, ya que la mar está muy brava y teme que el patrón los vuelva a mandar a la pensión o a los garajes llenos de literas en espera de alguna noche con mejor tiempo para la travesía.

'¿Quiénes los engañan?'
Todos llegan del interior de Marruecos, pocos habían visto el mar hasta ahora, casi ninguno sabe nadar. 'La única agua que éstos han visto es la de algún manantial junto a un risco', dice Amil, un tangerino trilingüe que oye las noticias de España, conoce las aguas del Estrecho y sabe lo poco que saben estos chicos y lo muy engañados que van en esa formación que se antoja solemne y que promete cumplir sus mejores añoranzas. '¿Quiénes los engañan?'. Todos los engañan. Y los desesperan. Lo hacen las televisiones occidentales por satélite con sus mundos mentirosos, el zafio inmovilismo antidemocrático medieval del régimen marroquí, cuya modernización bajo el nuevo rey no ha pasado de algún retoque cosmético, los emigrantes que llegan en verano presumiendo de lo bien que viven en Europa.
Pero aparte de la miseria y el hastío de una juventud sin derechos ni oportunidades en Marruecos y más abajo, allá donde en el África subsahariana se unen a aquellas plagas la de las guerras, hay un gran responsable -y beneficiario- de esta situación que lleva a muchos jóvenes a la muerte. Se muestra perfectamente arrogante, ostentoso y seguro en las suntuosas casas en la costa entre Tánger y Ceuta, que son las de los jefes y cerebros de las mafias y también en sus subordinados, en los coches que conducen policías y oficiales del ejército y la Gendarmería Real, en la vida que llevan funcionarios que oficialmente cobran menos de lo que vale llenar un tanque de gasolina de su Mercedes.
Hamid tiene amigos policías que han pagado grandes sumas por ser trasladados al norte desde sus destinos anteriores en Fez o Casablanca. Las han amortizado. 'Aquí en el norte, policías, los armados (ejército) y gendarmería cobran por todo. Es como una mina de oro. Exigen dinero por dejar salir hachís y por dejar pasar personas. Viven como reyes'. La población sabe desde hace siglos lo que es la corrupción y cómo han de pagar en cuatro o cinco aduanas diferentes, creadas por la policía para aumentar su sueldo, peajes o aranceles por los productos que llevan a casa desde Ceuta u otros mercados. Los salteadores de caminos eran más considerados. Ahora la industria de moda, junto al sempiterno tráfico de hachís, es la de la inmigración. Y quienes pueden no dudan en exprimirlo. Hasta los mafiosos se quejan. Dicen que de las 300.000 pesetas por persona que cobraban en Ksar es Seghir por cruzar en patera, cerca de 200.000 se les iban en pagar a autoridades policiales o militares para que les dejaran trabajar en paz.
Algún gesto ha tenido Rabat para paliar la evidencia de que tiene a gran parte de su funcionariado viviendo de la delincuencia. Hace unos años detuvo a una docena de grandes traficantes de la costa tangerina entre ellos a Dib, El Lobo. Por supuesto entre los detenidos no hay ningún cómplice miembro de la policía o gendarmería. Dib es el hombre más querido en Ksar es Seghir. 'Cuando alguien no tiene dinero para matar un borrego o para curar una enfermedad, Dib siempre da dinero, no importa cuánto'. A un cómplice de Dib lo mataron en la cárcel de una paliza. 'Le dieron demasiado'. La orden llegó de Rabat, aseguran. Aquí nadie se atrevería a arrestar a Dib o a matar a su amigo.
Porque El Lobo era todopoderoso. Incluso compró un espléndido chalé de un saudí en la costa para que no le molestara en sus cotidianos trasiegos con hachís y hombres que organizaba desde un embarcadero particular. 'Nunca lo utilizó, sólo quería que el saudí se fuera'. Dib está en la cárcel pero no le va mal, dicen quienes le conocen. Fuera, todos le quieren. Y son muchos los funcionarios que saben que con él en la calle viven mejor.
Las pateras ya se construyen en pueblos del interior y son transportadas a las playas cuando van a ser usadas. Sólo algunos ingenuos intentan hacer negocio hoy como antaño desde el puerto de Ceuta, ante los ojos de la Guardia Civil. Lo fantástico es que a los omnipresentes controles de la policía marroquí que esquilma a un padre de familia por llevar una caja de botellas de champú, se le pasen dichos transportes sin sospechar siquiera. Los uniformes ponen la mano y cogen sobres, los más osados empresarios del escrúpulo inexistente la llenan, y los jovencitos de Tánger se van, engañados por todos, hacia la barquita que los lleva a la explotación o la muerte.

UN NEGOCIO MUY RENTABLE

Cuenta un diplomático europeo que el gobernador (wali) de Tánger, un familiar del rey Mohammed VI, le dijo hace poco que Marruecos se ocupaba de proteger sus fronteras de lo que podía llegar y no de lo que podía salir y que los demás harían bien en hacer lo mismo. Estas palabras sólo confirman la impresión de que en el norte de Marruecos no hay novedad en el frente. El hachís, especialmente en temporada baja, ha sido sustituido por carne humana en el tráfico a través del Estrecho. Y es mucho más rentable. Son 2.000 dirhams (unas 33.000 pesetas) por fardo frente a 10.000 (más de 165.000 pesetas) por persona. Muchos se hacen ricos. Otros se ahogan. Y en España y Europa en general se hallan nuevos beneficiarios de la situación. Los empresarios explotadores, las mafias del tráfico asentadas en España y toda Europa que cobran sumas horrendas a los que ya han sido esquilmados por los tiburones marroquíes, las casas de prostitución y los traficantes de drogas que cada vez tienden más a crear sinergias entre sus dos grandes industrias, obligando a los inmigrantes ilegales a transportar hachís hacia España. En Marruecos, mientras, el rey Mohammed VI no sólo no logra sacar a su país del peor puesto del Magreb en cuanto a educación, sanidad, salubridad y bienestar. Nadie le discute la voluntad de hacerlo. Probablemente no sea capaz hoy por el peso de la tradición, es decir la corrupción, que impera en gran parte de su aparato del Estado. Pero lo terrible es que si un día se creyera en condiciones de hacerlo puede que ya no tenga hombres jóvenes para acometerlo.

miércoles, 10 de mayo de 2017

IRAK TAMBIÉN Y SIN EMBARGO

Por HERMANN TERTSCH
El País  Martes, 04.12.01

COLUMNA

Está acabado. Nadie duda ya sobre la suerte de un régimen talibán en Afganistán al que algunos aún hace unas semanas otorgaban el poder de provocar un gran incendio de odio, revueltas e ira antioccidental en el mundo islámico con consecuencias universales. Nada de lo anunciado ha acontecido. Ni el mundo islámico se ha lanzado contra Occidente ni hay guerra de civilizaciones como tantos desean para corroborar sus tesis.
La guerra en Afganistán -¡qué se le va a hacer!- está cumpliendo sus objetivos. Mal que le pese a muchos, los muertos civiles todos saben hoy que la superpotencia norteamericana está, por primera vez desde Vietnam, decidida a aceptar sus propias bajas militares en el campo de batalla a cambio de mayor seguridad para su vida civil y la de las demás democracias. Todos debieran saber que ha muerto la doctrina del menor esfuerzo en la intervención exterior, esbozada en su día por quien hoy es un muy sereno líder de la diplomacia norteamericana, Colin Powell.
Washington tiene que cambiar mucho más de lo que ha hecho. Su abandono claro del aislacionismo tiene que llevarnos a una renuncia del unilateralismo que surge aún por todas las fisuras de su discurso. Bush tiene que ser consciente de que el 75% del globo le exige la misma reciprocidad que demandamos a las comunidades islámicas en lo que respecta a la tolerancia hacia los principios y aceptación de las reglas existentes en las sociedades que han decidido declararse sus aliados.
Pero pasemos al invitado obligado a esta gran kermesse del orden político común y reglas compartidas. Irak es un régimen insostenible tanto para el mundo árabe, para el universo islámico y para las ambiciones democráticas de todos. No sólo ha insistido en su continuo rearme de armas de destrucción masiva después de que los inspectores de las Naciones Unidas salieran de allí de forma más bien indigna. La producción de armas químicas y biológicas es una obsesión de Sadam. En ello gasta el dinero que debiera llegar, gracias a los acuerdos del Consejo de Seguridad, para aliviar los sufrimientos de la población civil iraquí. Pese a todas las iniciativas de buena voluntad lanzadas desde Nueva York, Irak sigue siendo un enemigo a muerte de todas las iniciativas de apertura, tan necesarias ellas, en los países islámicos de su entorno, una cuña que diariamente refleja el éxito de la satrapía y la feliz resolución para sus intereses de los conflictos que genera.
Cierto es que diez años después de la guerra del Golfo todos podemos presumir de ser más sabios. Y que las circunstancias de antaño recomendaban aquellas reservas que mantuvieron a Sadam Husein en el poder, por el potencial de peligro de una eventual dinamitación de la unidad territorial iraquí y consiguiente desestabilización del aliado turco entre otros muchos factores.
Hoy sabemos que estos diez años de embargo a Irak y los bombardeos selectivos sólo han producido sentimientos de agravio en el mundo musulmán y han convertido al verdugo de la nación iraquí en la víctima de una supuesta estrategia occidental pérfida antiárabe y antimusulmana. El embargo es contraproducente, cruel y necio. Está claro desde hace años.
Sabemos que esta deriva, fomentada por un amor incomprensible a los hechos dados o a una intolerable falta de energía para revisar decisiones erróneas anteriores sólo ha alimentado a los enemigos del mundo que funciona, pese a quien pese, que es el occidental. Este mundo se puede permitir fuerzas internas que lo niegan y quieren destruirlo, mientras otros no pueden tolerar en su seno el mínimo de disidencia sin verse abocados a la catástrofe del enfrentamiento civil. Pero los socios demócratas han de ser socios y los buenos amigos también increpan, conminan y dan malas noticias. A EE UU y a Israel.
Cuando Israel y los territorios desgraciadamente aún ocupados rezuman casi más sangre que nunca y no podemos siquiera imaginar la tragedia con la que desayunaremos mañana, hay muy pocas certezas de las que echar mano. Está claro que el primer ministro israelí Ariel Sharon es un elemento de guerra, está claro que Yasir Arafat ha apostado por una hipócrita estrategia de liquidación sistemática de su promesa de respetar el derecho de Israel a su existencia. Las alianzas entre Hamás, Yihad y Al Fatah lo confirman. Porque Arafat puede tener desobedientes en sus filas, pero se le puede exigir tanto celo en la custodia de las bombas como tiene en la de las subvenciones.
Vuelta a Irak. Sin un régimen en Bagdad que sea mínimamente amable a una solución del conflicto israelí-palestino, nadie puede esperar que Siria u otros acepten unos hechos, la propia existencia de un Estado judío, cuyo cuestionamiento sólo puede interpretarse por parte de las democracias como casus belli.

Sharon no puede seguir con su escalada suicida porque las democracias no han de permitirle que las arrastre a un desastre. Pero, imponiendo su agenda, EE UU, Europa y Rusia, y también China, deben imponer su propia agenda conjunta para neutralizar esa orgía de venganza que nos sume en la espiral de muerte. Pero Bagdad ha de caer. Sadam Husein no puede salir de la actual crisis indemne como los talibanes no podían sobrevivir a la suya. No lo harán. Las decisiones a tomar son difíciles y tendrán inmensos costos. Pero serían mayores los que habría que pagar de no tener muy clara esta obviedad todos los que luchan por un mundo mejor.

ZORAN DJINDJIC, LA VANIDAD AL PODER

Por HERMANN TERTSCH
El País,  Madrid, 22.11.01

El primer ministro de Serbia es reconocido como un hombre inteligente, ambicioso y maquiavélico

Es carismático, tiene más y mejor formación que sus rivales, es muy inteligente y es un ambicioso obsesivo. Es, además, uno de los líderes políticos balcánicos más vanidosos. Para lograr esto último hay que esforzarse mucho o tener el carácter de Zoran Djindjic, el primer ministro de Serbia, que decidió el pasado miércoles entregar al Tribunal Penal Internacional de La Haya al ex presidente y aún presunto megacriminal de guerra Slobodan Milosevic. El hecho de que Djindjic despreciara el dictamen del Tribunal Constitucional que frenaba la extradición del sátrapa derrocado ha sido aplaudido por todos los que quieren ver a Milosevic en el banquillo para responsabilizarse de las atrocidades cometidas en la última década en los Balcanes.
Pero en los Balcanes el reino de las apariencias es infinito. Djindjic no es, ni mucho menos, ese impecable adalid de unos fulgurantes valores democráticos triunfantes tras la entrega del dictador y el muy considerable agravio al presidente de la República, Vojislav Kostunica, que se enteró del hecho por la radio. Djindjic es, para los Gobiernos occidentales, la mejor opción en el triste marasmo del escenario político serbio que ha emergido tras los 14 años del régimen de Milosevic. Su currículum, el académico, no es malo. Ha estudiado filosofía con Jürgen Habermas, habla idiomas y ha viajado. No tiene miedos a esas supuestas pérdidas de sustancia nacional que, según otros políticos de Belgrado, llevan implícitas todas las reformas radicales hacia una sociedad abierta, laica y democrática occidental. Está muy lejos de ese academicismo rigorista de naftalina y escrúpulos ortodoxos más o menos oscurantistas y piadosos de Kostunica.
Pero también es cierto que Djindjic no ha sido inmune a la intoxicación nacionalista en sus peores versiones, que en 1995 comía con gozo y sonriente en Bosnia un hermoso cordero con el asesino Radovan Karadzic y se fotografiaba con un Kaláshnikov y la gorra tradicional de los serbios en la mejor postura chetnik. Nadie olvide que Djindjic mantuvo durante casi una década abiertos de par en par sus canales de contacto con Milosevic. Y él, al contrario que la inmensa mayoría de los serbios, sabía perfectamente lo que pasaba en Croacia, Bosnia y Kosovo. Djindjic es un buen político que sabe lo que tiene que hacer en cada momento, pero no puede decirse que su vida política hasta ahora haya sido un alarde de ética. Le puede perder la arrogancia, pero no la modestia y la indecisión. Su pulso con Kostunica lo ha demostrado.


El primer ministro de Serbia, Zoran Djindjic. EPA

EL SILENCIO DE LOS AGOREROS VOCACIONALES

Por HERMANN TERTSCH
El País  Jueves, 22.11.01

GUERRA CONTRA EL TERRORISMO

Eclipsadas por el fulgor de la guerra de Afganistán, el pasado sábado se celebraron elecciones legislativas en Kosovo. Las ha ganado la Liga Democrática (LDK), el partido del moderado Ibrahim Rugova. La participación ha sido alta, incluida la de la minoría serbia. No se produjeron irregularidades ni incidente alguno. En Macedonia, la mayoría eslava en el Parlamento ha aprobado la reforma constitucional que da amplios derechos a la minoría albanesa. Buenas noticias inadvertidas se suceden en los Balcanes, donde hace poco morían a miles sus pobladores.
En Afganistán, el español Francesc Vendrell, comisionado de la ONU para aquel país, ha logrado convencer a un amplio espectro de representantes de todas las fuerzas y etnias a una conferencia en Bonn el próximo lunes para negociar la creación de un Gobierno de unidad nacional. Las mujeres urbanas se van liberando lentamente del burka, suena la música, abren los cines y emite la televisión. Pese al caos lógico en un país tribal que ha pasado casi un cuarto de siglo en guerra permanente y la cultura de la violencia está profundamente arraigada, los convoyes de ayuda humanitaria ya pueden llegar a casi todo el país, salvo a los frentes en torno a los últimos dos bastiones de los talibanes.
Todo indica que el cerco en torno a Osama Bin Laden se estrecha día a día y decenas de campos de entrenamiento e instalaciones de su organización Al Qaeda han sido destruidos y jamás volverán a servir para la formación terrorista de decenas de miles de hombres como ha sucedido durante años, generando inmensas redes aún ignotas de gentes capaces y dispuestas a generalizar el terror en el mundo democrático.
Los caudillos afganos ven la necesidad del diálogo, probablemente por primera vez en muchas décadas. El salvajismo con que en Afganistán se ha tratado siempre al vencido ha sido menor que en anteriores derrotas y victorias. No son, por supuesto, ni la Alianza del Norte ni los líderes pastunes, ni ninguna de las fuerzas presentes, afganas o invitadas árabes o chechenas a esta terrible tragedia, comparables a unos oficiales británicos con acento Oxbridge, expertos en Adam Smith, el Derecho internacional y la Convención de Ginebra, impecables gentlemen de la guerra, que hablan de usted al cautivo que minutos antes disparaba contra ellos. Los que tratan a los prisioneros de guerra son combatientes encanallados desde la infancia. Pero nadie ha enterrado en esta guerra, como en otras anteriores en Afganistán, a batallones enteros de enemigos, encerrados en contenedores, bajo las arenas del desierto, para que murieran de sed, angustia o terror. La barbarie es mínima comparada con anteriores y los muertos civiles pocos, aunque bien promocionados por aquellos que elevan la anécdota a regla.
Balcanes y Afganistán. Dos escenarios diferentes, dos intervenciones exteriores lideradas por Estados Unidos o la OTAN, dos evoluciones positivas ante alternativas terroríficas y dos casos de silencio culpable por parte de quienes tanto han gritado y augurado la catástrofe en el caso de que las sociedades occidentales asumieran su derecho y obligación de autodefensa y de protección de las víctimas. Anunciaban la revuelta musulmana global contra el Gran Satán. Las manifestaciones contra la intervención se han desinflado en el mundo islámico como las antiglobalizadoras en el mundo de los niños biempensantes del bienestar.

La cohesión y la voluntad de autodefensa de las sociedades libres ha aumentado. Su determinación queda clara para disuasión de potenciales caudillos como Milosevic y Bin Laden. Los peligros siguen siendo ingentes, desde fuera y dentro de las sociedades libres. Pero las buenas noticias son ciertas, por mucho que frustren a quienes las ignoran porque rebaten sus interesadas advertencias. Armageddon no ha llegado, por mucho que disguste a nuestros agoreros.

LECCIONES DE LIDERAZGO

Por HERMANN TERTSCH
El País  Sábado, 17.11.01

COLUMNA

El canciller alemán, Gerhard Schröder, el líder más sólido de la socialdemocracia alemana desde Helmut Schmidt y Willy Brandt, demostró ayer que es un estadista. Sabe arriesgar cuando se juega la credibilidad de Alemania como aliado y tiene unos principios con los que nadie puede jugar, ni en la calle ni en el Parlamento.
Schröder ganó ayer la votación en la moción de confianza que había planteado él con 336 frente a 326 votos, tres más de los que necesitaba. Parece un resultado escaso. No lo es. Porque él sabe, como lo sabe la oposición, que el apoyo a su propuesta de colaboración militar con Estados Unidos y otros miembros de la coalición antiterrorista goza del apoyo de casi toda la Cámara. Los cristianodemócratas y liberales han votado en contra de Schröder, pero sus portavoces han tenido que acercarse al estrado para explicar que votaban contra el Gobierno estando a favor de lo que el Gobierno pretende y hará. Difícil tarea la de quienes votan contra aquello que pretenden.
Schröder ha demostrado tener carácter, esa misma firmeza en sus percepciones que muchos le han negado durante años y que él ha sabido confirmar en una de las situaciones políticas más inciertas que se puedan imaginar. Pese a todos los amagos de pacifistas diversos en la socialdemocracia y ante todo en Los Verdes, el canciller ha dejado claro que tiene todas las cartas. Schröder crece en la crisis porque lanza los órdagos con la frialdad de quien no tiene miedo a sufrir pérdidas.
A muchos les sienta mal este despliegue de liderazgo de un hombre al que creían fácilmente abatible. Es lógico. Porque atacan todo aquello que los acosa a ellos y que los tiene perfectamente inermes. Nunca, desde la creación de la República Federal de Alemania, había estado tan postrada la democracia cristiana.
Nunca el SPD, ni bajo su adorado Willy Brandt, había gozado de este enorme abanico de posibilidades que le ofrece el liderazgo de Schröder. Puede pactar con quien quiera, verdes y liberales, ex comunistas orientales y píos cristianodemócratas. El SPD tiene hoy dos baluartes inexpugnables que son el canciller y su ministro de Asuntos Exteriores, Joschka Fischer, que, dicho sea de paso, es de otro partido. Al menos de momento. Fischer es el político más apreciado en toda Alemania. Schröder le sigue.
Los Verdes saben que, si deciden en su asamblea de Rostock del fin de semana que viene la ruptura de la coalición y su salida del Gobierno, jamás volverán a acercarse al poder. Y saben que Schröder no tiene ninguna dificultad en lograr una nueva coalición con los liberales del FDP, que pactarían, como Los Verdes, cualquier reforma fiscal y nuevas leyes de seguridad con tal de auparse a tareas de gobierno.
El mundo es muy distinto a lo que era antes del 11 de septiembre. Quien no entienda esto no entiende nada. Y parece que las bases de Los Verdes siguen manejando criterios ya definitivamente obsoletos. Fischer sabe mucho más de lo que sucede e intenta infundir cierta sensatez en quienes le han aupado al poder pero son incapaces de entender el momento de inflexión histórica en que vivimos.
Los Verdes son ya una fuerza prescindible. El compromiso con el poder ha sido para ellos una prueba demoledora. Los liberales han salido de una crisis que parecía abocarlos al abismo. Los cristianodemócratas no saben dónde están ni adónde van. Y los ex comunistas orientales del PDS recogen ansiosos los votos decepcionados de los ecopacifistas, pero no son alternativa para un pacto de gobierno en Berlín en un futuro previsible.

En cierto sentido tienen razón quienes acusan a Schröder de chantajear a sus socios e imponer la disciplina en su propio grupo parlamentario, en el que existen voces presas de ese rictus pacifista de la mala conciencia que siempre ha perseguido a la política alemana. Pero Schröder ha demostrado, con su compromiso de cooperar en la intervención militar internacional en Afganistán, que Alemania ha dejado de ser ese enano político disfrazado de gigante económico. Además de dejar claro que la socialdemocracia alemana tiene conceptos para combatir a favor de la seguridad, la libertad y la sociedad abierta. Schröder ha ganado, y no por el estrecho margen que sugiere la votación del Reichstag. Es bajito, pero adquiere estatura por momentos.

EL SÍNDROME BÖLL

Por HERMANN TERTSCH
El País  Miércoles, 07.11.01

COLUMNA

Acaba de publicarse en Alemania Cartas desde la guerra, la correspondencia del escritor Heinrich Böll con sus padres y su mujer durante los cinco años que pasó en diversos frentes. Son un largo grito, poético, desgarrador y siempre indignado, contra la guerra, 'ese asunto de tristeza infinita'. Böll se convirtió en pacifista. Llegó a serlo con tal obsesión que en sus últimos años predicaba la rendición ante una amenaza como preferible al recurso a la defensa. Por fortuna para todos, las decisiones en Alemania no las tomaba este gran escritor y mejor persona, sino un canciller socialdemócrata, Helmut Schmidt, sin vocación de ofrecer ambas mejillas a amenazas. La OTAN se rearmó y una década después la amenaza, el Pacto de Varsovia, había desaparecido.
Schmidt no se dejó influenciar por Böll y los millones que le seguían. Es de esperar que suceda lo mismo ahora que surgen de nuevo las voces que piden el fin de la intervención militar en Afganistán cuando aún no se ha logrado ninguno de los muchos objetivos de la campaña. O que quieren interrumpirlos piadosamente para el Ramadán, cosa que, por cierto, jamás han hecho los musulmanes durante sus guerras, como los talibanes tampoco hacen pausa en sus ejecuciones durante el mes de ayuno. Permitiría la reagrupación de los talibanes, retrasaría el fin de los combates en Afganistán, y con ello, la entrada segura de la ayuda para millones de desplazados. Los líderes occidentales habrán de demostrar las cualidades de estadista de Schmidt ante el creciente síndrome Böll que atenaza a parte de sus opiniones públicas y periodísticas. Viendo, leyendo y oyendo ciertas cosas, hay que recordar que los líderes occidentales ni querían esta guerra ni encargaron la demolición de las Torres Gemelas.
Todos sufrimos con las imágenes de niños muertos. Un inocente muerto ya es un muerto de más. Aunque toda la operación actual, con su inmensa maquinaria, haya causado menos muertos civiles que un día de represión talibán durante la toma de Kabul. Toda persona decente desea que esta guerra acabe cuanto antes. Pero tiene que acabar con la derrota de quienes la provocaron. Al Qaeda no es una camarilla de fanáticos, sino una inmensa organización vinculada a diversos Estados, aparte de Afganistán, donde ya es casi el Estado en sí. Si la comunidad internacional no acaba con ella, el mundo libre será objeto de chantaje. Esto supondría el fin de las libertades y, poco a poco, de nuestra civilización. De todas las civilizaciones, también de la milenaria, rica y culta civilización del islam. Su voluntad totalitaria es incompatible con toda civilización. La sociedad abierta en la que vive y goza hoy de derechos y libertades más gente que nunca en la historia no es un estado natural, sino fruto de un continuo y muchas veces sangriento esfuerzo por conquistar y defender dichos derechos y libertades. Civilizaciones avanzadas y libres sucumbieron ante enemigos primitivos porque en su bienestar, que creían inmutable, con miedo al conflicto, habían perdido su capacidad de defensa. Las libertades y la democracia hay que defenderlas dentro y fuera. Ante Al Qaeda, ETA o el nazismo, también con las armas.

En las democracias, los ciudadanos tienen derecho a gritar porque los que más gritan no mandan. Es de esperar que los que mandan no caigan bajo la coacción de los que más gritan. Todos se impacientan porque no quieren ver más niños muertos en la televisión. Es lógico. Pero en un estado de excepción mundial como el actual, se debe exigir a quienes rigen los destinos de las sociedades libres que mantengan su curso hasta lograr los objetivos, que no son otros sino la seguridad indivisible de todos. La campaña militar habrá de intensificarse. El tiempo juega en contra de la suerte de los desplazados y del apoyo popular a la guerra. Pero la volatilidad de la opinión pública no cambia el hecho de que se trata de una guerra tan justa como sólo lo puede ser una guerra en defensa de la sociedad libre contra el totalitarismo. Será larga y dura, quizás tanto como la de Heinrich Böll.

NUEVOS SÍMBOLOS FRENTE AL MARCO

Por HERMANN TERTSCH
El País,  Madrid, 04.11.01

GUERRA CONTRA EL TERRORISMO

Los alemanes dejarán de disfrutar el próximo mes de enero del símbolo más querido del pasado medio siglo, die Deutschmark, el marco, la moneda que dio estabilidad, seguridad y bienestar a generaciones que habían sufrido antes de la guerra la hiperinflación y las penurias resultantes.
El marco alemán muere de éxito y deja lugar al euro, una moneda que para muchos alemanes es una incógnita, cuando no un riesgo más o menos necesario. Proscrito tras la II Guerra Mundial el orgullo nacional por su secuestro y abuso por parte del nazismo, el marco ha sido durante cinco décadas el máximo soporte de la identidad alemana. Por ello, ha sido mucho más difícil para los alemanes que para otros ciudadanos europeos el desprenderse de su moneda.
El nuevo protagonismo mundial que el canciller Gerhard Schröder reclama ahora para Alemania tiende, por un lado, a compensar esta orfandad ante la desaparición de la principal seña de identidad, pero responde, por otro, a la convicción de Berlín de que la Unión Europea no puede ni debe sustituir a los Estados nacionales.
Si antes era difícil oír esto en ambientes oficiales alemanes, hoy esta convicción abarca prácticamente a todo el espectro político. Todos insisten en que esto no debilita la vocación europeísta alemana, pero a nadie se le oculta el hecho de que la autoafirmación alemana despierta sospechas entre otros socios comunitarios.

El estado de excepción mundial decretado después del 11 de septiembre ha acelerado un proceso ya iniciado antes. La práctica desaparición de la escena internacional de la política europea común lo hace aún más patente.

ALEMANIA VUELVE POR SÍ MISMA

Por HERMANN TERTSCH
El País  Domingo, 04.11.01

REPORTAJE

El Gobierno de Berlín está decidido a jugar un papel protagonista en la actual crisis mundial y su resolución

El canciller federal alemán, Gerhard Schröder, defendía hace unos días en la capital de India, Nueva Delhi, el desmantelamiento de las barreras comerciales y mencionó especialmente las que impiden el acceso a los mercados ricos a los productos agrícolas del Tercer Mundo. Ante el presidente indio, Vajpayee, dijo que Berlín estaba volcada en esta política, pero que tenía serias dificultades con algún socio comunitario. La clara referencia a Francia, su otrora más estrecho aliado en la Unión Europea, no pasó inadvertida.
Un día antes había ofrecido Schröder firme asistencia al régimen militar del general Musharraf en su papel de Estado fronterizo con el régimen talibán, y poco antes, confirmado una alianza política y de seguridad de facto con el presidente ruso, Vladímir Putin. Finalmente, en Pekín, Schröder concluyó una insólita gira por cuatro potencias nucleares, dos dictaduras, un régimen autoritario y una democracia oficial nacionalista, que habría sido impensable para un canciller alemán hace sólo unos años.
Ni siquiera Helmut Kohl se habría permitido en sus años de mayor gloria una gira semejante. Por temor a las iras externas hacia una Alemania prepotente e independiente en su política exterior, e internas por el contacto sin complejos con regímenes no democráticos, con los que, según tantos, un Estado con un pasado como el alemán no podía ser sino conminativo. La guerra fría comenzó a disolverse cuando lo anunció Willy Brandt, allá, a finales de la década de los ochenta, aún bastante antes de que el mismo legendario líder socialdemócrata saludara el proceso histórico de la reunificación alemana como 'la vuelta a la unidad de lo que debe estar unido'.
Después se ha producido un lento proceso de aseveración de intereses propios de Alemania, al principio casi imperceptible, después con creciente rotundidad y firmeza. Ha despertado en parte sorpresa y en muchas ocasiones temor y reticencias entre sus aliados europeos. Los miedos a una Alemania unida y grande han sido para muchos líderes europeos desde la posguerra hasta hoy el eje del pensamiento político. Muchos de los que recuerdan como una pesadilla una Alemania segura de sí misma y con voz propia fuera de la estricta cooperación europea siguen en activo. En Berlín lo saben, pero ya no se teme allí tanto a los temores ajenos, como le pasaba a la República de Bonn y a todos los políticos alemanes que vivieron de forma consciente la Segunda Guerra Mundial.
Schröder ha viajado a Asia y, salvo las alusiones más o menos de rigor a la Unión Europea, ha hablado de Alemania y por Alemania. Y su Gobierno de coalición entre socialdemócratas y Los Verdes ha aceptado con una naturalidad excepcional, valga la paradoja, su intención de apoyar a Schröder en su proclamación de 'apoyo incondicional' a la política que Estados Unidos asumiera y asuma después de lo acaecido el 11 de septiembre. Cheques en blanco de este tipo en tiempos y cuestiones de guerra habrían sido impensables en Alemania aun en tiempos recientes. Berlín aportará fuerzas militares, en principio logísticas y sanitarias, pero también materiales, a una guerra que será larga y cuyo principal escenario está hoy precisamente enquistado cabe decir entre los cuatro destinos de la gira de Schröder.
Alemania está decidida a implicarse en una guerra en Asia, por decisión unánime de un Gobierno de coalición de socialdemócratas y ecopacifistas, con el apoyo de la mayoría de la población y un disenso que se limita a voces discordantes minoritarias en Los Verdes y a los ex comunistas del PDS. Ni Bismarck, de haberlo querido, -nunca quiso, en realidad- habría tenido apoyos para acciones semejantes. Y eso que en su época nadie podía remitirse a la mala conciencia o nefasta experiencia nacional para luchar contra una implicación alemana en una intervención militar a miles de kilómetros de sus fronteras.
Schröder ha estado en Pakistán y en India, en Rusia y en China, como dirigente nacional, defendiendo una coalición internacional contra el terrorismo en la que se considera ya mucho más que un aliado más. Pese a que su economía ha entrado en una coyuntura muy difícil, dramáticamente afectada ya por los sucesos del 11 de septiembre, el Gobierno de Berlín parece decidido a jugar un papel protagonista en la crisis y en su resolución, asumiendo unos riesgos que ningún Gobierno previo de la Alemania democrática habría sido capaz, ni estado dispuesto, a asumir. Si la guerra no es popular en ningún sitio, menos aún en Alemania, donde hace dos décadas las manifestaciones de los que declaraban que preferían cualquier alternativa a la misma estuvieron a punto de crear una grave fisura en la OTAN con motivo del despliegue de misiles de la OTAN al que antes había acometido el Pacto de Varsovia.

Los analistas y sociólogos coinciden en que los alemanes de hoy poco tienen que ver con los de entonces, tanto en su actitud política, en su visión del mundo y percepción de sí mismos como alemanes. La normalización alemana ha llegado incluso a Los Verdes, hijos precisamente de la excepcionalidad de esta nación en Europa durante medio siglo tras la Segunda Guerra Mundial. Gerhard Schröder y Joschka Fischer, dos líderes muy peculiares de unos partidos, SPD y Verdes, cuyas bases están muchas veces más lejos de ellos que ellos entre sí, han recreado una política exterior de autoafirmación nacional y alianza con Estados Unidos sin precedentes. Si Kohl aún viajaba a Washington como afable protegido, ellos acuden como aliados celosos, ya dispuestos a disputar al Reino Unido su papel como máximo socio europeo, cuando no mundial. La gira de Schröder ha sido la máxima expresión hasta ahora de la nueva Alemania de asumir un protagonismo en la globalización que defienda los valores compartidos con Estados Unidos, pero también sus propios intereses nacionales. La Alemania disuelta en Europa es ya menos cierta que nunca.

LOS MUCHOS ENEMIGOS DE LA SEGURIDAD DE ISRAEL

Por HERMANN TERTSCH
El País  Jueves, 25.10.01

COLUMNA

La protección y la defensa del Estado de Israel son imperativo moral para Europa. Son obligaciones que emanan de nuestra historia, un elemento de nuestro acervo democrático, plenamente interiorizado por los europeos, dirigentes y ciudadanía. El compromiso de Washington con Israel tiene más que ver con imbricaciones prácticas, desde el papel de Israel como permanente cabeza de puente de los intereses norteamericanos en Oriente Próximo hasta la gran capacidad de ejercer influencia sobre la administración que tienen las organizaciones judías norteamericanas. En Europa, por el contrario, se asume como deber moral y político ineludible.
Pero parece llegado el momento de que los dos grandes protectores de Israel a ambos lados del Atlántico coordinen urgentemente su política para defender a Israel de quienes ya se erigen en los mayores enemigos de su seguridad y que no sólo están dentro, en casa, sino en el Gobierno. Porque el señor Ariel Sharon y sus conceptos sobre seguridad, aplicados en los últimos meses y sobre todo últimos días, son ya una amenaza insoportable, y no sólo para los palestinos que mueren a diario y están condenados a la asfixia y la miseria. Sharon y compañía son parte del frente enemigo de cualquier proyecto que pueda prometer a los niños israelíes una vida futura con esperanzas y seguridades a las que tienen derecho. El odio, el desprecio y el culto a la fuerza se lo niegan. Es de esperar que Sharon haya de responder por ello ante su pueblo y los demás.
La política -por llamarlo de alguna forma- del Gabinete israelí, y especialmente la actual invasión de ciudades y territorios palestinos, son una agresión no ya a Gaza y Cisjordania, sino a todo el mundo civilizado. Esto, cuando nos aprestamos a una larga campaña contra el terrorismo internacional en la que está en juego el futuro de todos, incluidos los niños israelíes. Por eso supone un acto de máxima deslealtad, de traición cabe decir, a los aliados que desde la Declaración de Balfour tras la Primera Guerra Mundial, la creación de Israel en 1948 y siempre desde entonces han sido los máximos valedores y protectores de Israel frente a los enemigos tradicionales que exigían su destrucción. No extraña que haya causado indignación en Washington el desprecio del primer ministro israelí hacia los intereses norteamericanos y europeos en la gran coalición internacional antiterrorista, que es tan lograda en sus inicios como frágil ante la larga campaña.
Había ya poco nivel de comprensión en la Casa Blanca tras la grave impertinencia de Sharon de comparar la política norteamericana de acercamiento a los países árabes con una reedición del vergonzoso acuerdo de Chamberlain y Daladier con Hitler en Múnich en 1938. Pero lo que sucede estos días exige hechos e inmediatos. Washington tiene instrumentos para frenar a Sharon, aunque sean dolorosos para unos y otros. Y la UE, para demostrarle que no puede deducir de la impunidad tras sus hazañas en Líbano una impunidad política indefinida.
Pero hay más culpables. Lo son el Partido Laborista y su líder, Simón Peres, por su permanencia en un Gobierno al que no modera en absoluto, sino legitima en la panzerpolitik de Sharon. Por patriotismo, responsabilidad, tradición y mera autoestima, Peres debía de haber acabado con un Gobierno que lleva al país al aislamiento y al desastre. Se ha limitado a ser rostro bueno de una política catastrófica.

Y culpable, en puesto destacado, es ese terrorista en el que muchos vieron una evolución al estadista cuando sólo mutaba hacia la satrapía, creando un semiestado corrupto para sí y los suyos, malversando el dinero europeo, reprimiendo a la disidencia y lanzando a los niños a la muerte cuando le convenía: Yasir Arafat. Despreció en Camp David hace un año el mejor acuerdo posible y aupó así a Sharon al poder. Curiosas alianzas de unos enemigos de Israel que son una maldición para la región y la seguridad mundial. Llegó por eso la hora de que el mundo se defienda y tome medidas contundentes para acabar con los juegos de estas dos caras de una misma moneda que sólo compra muerte. Israelíes, palestinos y el mundo entero lo necesitan y lo agradecerán.

LA ERA DEL MIEDO TOTAL

Por HERMANN TERTSCH / P. XIMÉNEZ DE SANDOVAL
El País  Domingo, 21.10.01

REPORTAJE

La amenaza terrorista generaliza una angustia desconocida para cientos de millones de personas

El miedo puede llevar a los gobernantes y a la humanidad en general a recapitular, reflexionar y enmendar errores pasados

La vida ha cambiado radicalmente en este planeta, incluso para aquellos que aún hoy, en aldeas del Tercer Mundo o en hogares de pensionistas en el mundo desarrollado, no se han enterado de que, el 11 de septiembre, la considerada como única superpotencia del mundo, Estados Unidos de América, fue agredida por una red terrorista constituida al parecer por fanáticos y al parecer protegida o protectora de un Estado remoto, pobre y en ruinas tras dos décadas de guerras como es Afganistán. Cayeron símbolos de la prosperidad por un ataque que se dice vengador del eterno agravio. El resultado final es incierto, pero los efectos inmediatos son ya evidentes. La seguridad en la que se mecía el mundo rico ha fenecido.
De repente está presente. En todas partes. En los restaurantes de Madrid como en la Sorbona de París, en el metro de Moscú y en los aeropuertos de Pekín, en oficinas en Nigeria y en los mercados mexicanos, en la mirada de los viajeros en avión y en la cabeza de todos los carteros. Hasta en el último rincón en los cinco continentes. Y más que en ningún otro lugar del mundo, en los hogares, edificios públicos y calles de quienes más protegidos e invulnerables se han sentido siempre: los ciudadanos de Estados Unidos. Es un sentimiento que se extiende como las grandes epidemias medievales, un horror sin perfil ni rostro. Se multiplica como las bacterias. Amenaza con arrebatar los sentidos a los hombres, el común y los demás. Un gran fantasma recorre el mundo y ha sumido a individuos y sociedades en una existencia hasta ahora desconocida para las generaciones vivas: el miedo.
Es un miedo muy especial, generalizado y compartido, confesado, contagiado, exagerado, retroalimentado en esta era mediática en la que todas las sensaciones se multiplican y extienden a velocidad de vértigo. Aún no sabemos cómo cambiará nuestras vidas, nuestras relaciones interpersonales, sociales, políticas e internacionales, pero en todo el mundo germina la consciencia de que nada será igual que antes. Que antes del 11 de septiembre, cuando muchas certezas, seguridades y vanidades se desvanecieron en una tormenta de fuego, hierros, polvo y escombros. Ha habido una ruptura profunda en nuestras vidas individuales y colectivas, cuyas consecuencias aún ignoramos por completo. Pero muchos ya intuyen que es el final de la civilización de la seguridad y de la autocomplacencia generada en las sociedades desarrolladas occidentales de la segunda mitad del pasado siglo.

Un instrumento capital
El miedo en sí es una experiencia humana inevitable y uno de los instrumentos capitales para prolongar nuestra supervivencia. El Juan sin miedo del viejo cuento era un perfecto necio hasta que conoció esta sensación imprescindible en este mundo que ha sido siempre en sí mismo un permanente desafío al instinto de subsistencia de todo animal sano, incluidos los humanos. Miedo a Dios o al vacío, miedo a la catástrofe o la desgracia familiar, a las bestias o a otros seres humanos; miedo, ante todo, a la muerte. Necesitamos el miedo para vivir y organizarnos en comunidades. Y en él, tanto como en el amor y la lícita ambición de bienestar, se basan nuestras complejas construcciones sociales de la modernidad. Por eso quedamos desarbolados personal y colectivamente cuando hemos de enfrentarnos a un enemigo al que algún tipo de obsesión -religiosa, ideológica o patriótica- ha extirpado el miedo a la muerte.
'Nuestra sociedad tiene miedo, luego está claro que el ataque ha cumplido su misión', dice el psiquiatra andaluz Luis Rojas Marcos, el máximo responsable de la sanidad pública de la ciudad de Nueva York. 'Han conseguido desestabilizar esta sociedad atacando a la confianza pública. Un proverbio chino dice 'mata a uno y asusta a diez mil'. En este caso se ha matado a miles y asustado a millones. Se ha roto algo tan básico como la expectativa de seguir con vida, de regresar a casa vivo'.
Este español, máximo responsable de la sanidad de Nueva York, debatió con el alcalde Giuliani la amenaza del ántrax. Sabían que, si recomendaban a todo el inmenso equipo de Correos de la ciudad el llevar guantes, lo harían. Es un trabajo que consiste en manejar nada menos que entre 2.000 y 3.000 millones de sobres y objetos diariamente en Correos en Nueva York. Pero la propia medida protectora tiene inevitablemente efectos contraproducentes. 'Eso fomenta el miedo. La gente ve que se reparte con guantes el correo y esto contagia la aprensión. Y el miedo socava el juicio para tomar decisiones'.
'El mecanismo del miedo funciona como un órgano. En el teclado hay uno o varios músicos, y no todos son terroristas. Hay diversos registros, diversas tomas de aire que dirigen la presión hacia los tubos. Cuando suenan simultáneamente y con fuerza plena, todo tiembla y se conmueve. Por eso hay que tener miedo a que una histeria general impida ver entre tanto peligro el peligro real', dice Herbert Prantl, un analista alemán del diario bávaro Süddeutsche Zeitung. Y muchas décadas antes de que unos aviones pilotados por unos fanáticos sofisticados destruyeran los símbolos del poder financiero norteamericano, un presidente norteamericano, Franklin Roosevelt, coincidiendo plenamente con el psiquiatra español que hoy dirige la sanidad de la ciudad agredida de Nueva York, decía: 'De lo único que hemos de tener miedo es del miedo mismo, porque paraliza todos los esfuerzos necesarios para convertir un retroceso en progreso'.
Está claro que existe una inercia, a veces desesperada, hacia la normalidad en las sociedades que se han mecido durante décadas en una marea siempre al alza en el bienestar. Se intenta ensayar la cotidianidad, se simula la vida de siempre, la vida normal, como lo hacían nuestros antepasados mientras se hundía la civilización previa a la Primera Gran Guerra de 1914-1918, en un acto de autodefensa ciega tan bien relatada por el escritor Stefan Zweig en sus memorias del Mundo de ayer. Como se ha pretendido siempre en los momentos de profunda inflexión histórica, fueran las guerras napoleónicas o, mucho antes, la guerra de los Treinta Años, los seres humanos siempre buscan con angustia la normalidad en la zozobra. En aquellas épocas en las que nadie sabía si habría de vivir el día de mañana se bailaba y se gozaba, se trabajaba e incluso se ahorraba. Pero hoy los tiempos son veloces y las angustias imprevistas apenas permiten refugio. Nadie sabe cuándo llegará la Paz de Westfalia ni un nuevo Congreso de Viena; es decir, un nuevo orden consensuado para este mundo, cuyos goznes parecen haber saltado por los aires y se han convertido, ante los ojos atónitos de toda la humanidad centrados en Manhattan, en una inmensa tumba bajo una escombrera humeante. en la que yacen miles de cuerpos de todas las razas, religiones y convicciones, convertidos en polvo.

Exposición al peligro
Tras los gratuitos miedos milenaristas de los últimos momentos del siglo XX, las supersticiones e inseguridades habidas, de repente hemos recuperado una característica de la que el ciudadano de los Estados desarrollados creía haberse despedido y que, sin embargo, es uno de los elementos de nuestro sentir que más humanidad delatan. Es la exposición al peligro y nuestra vulnerabilidad individual y colectiva. Gran parte de la sociedad más desarrollada, formada y compleja de nuestro mundo posmoderno siente hoy lo mismo que los habitantes de ciudades medievales ante la amenaza de la peste. El ántrax y la guerra biológica, los enemigos que no temen castigo alguno, el desorden total en un mundo convertido en aldea y la inminencia del peligro físico para uno mismo o los seres queridos han dinamitado, quién sabe para cuánto tiempo, cuántas generaciones quizás, esa quimera de seguridad que muchos creían no sólo cierta, sino definitiva. El miedo íntimo a la muerte y a la pérdida se ha globalizado. 'Hoy, por lo que ha sucedido, hay más aprecio a la vida que hace un mes', dice Rojas Marcos.
Todo parece sugerir que las imágenes que la humanidad tiene almacenadas en la memoria desde la media tarde (hora peninsular española) del 11 de septiembre nos llevan hacia una nueva era en la que las poblaciones, y también los individuos, se despedirán de la despreocupación que ha marcado las últimas décadas en el mundo del bienestar.
Para una inmensa mayoría de los ciudadanos occidentales se había convertido en un sobreentendido el hecho de que, según pasaban los años, la vida tendía a superar casi de forma automática dificultades antes apremiantes. Se acabó, dicen muchos. Y son muchos también los que temen que estemos sólo ante el principio de una larga travesía por la inseguridad y precariedad. 'A mí me da más miedo lo que pueda ocurrir que lo que ha ocurrido', dice Bernabé Sierra, responsable de seguridad y director de control de Correos y Telégrafos de España, que ha tenido que sumar a su temor a las cartas bomba su obsesión en que los españoles no reciban sobres con sustancias químicas o biológicas.
'La seguridad va siempre por detrás de las amenazas', reconoce Sierra. Pero también manifiesta que la alarma, ese miedo que responde al instinto humano de supervivencia, ya ha hecho cambiar hábitos y actitudes. 'Ya había recomendaciones de seguridad en nuestro departamento que todos consideraban tedioso cumplir a rajatabla. Ahora, los empleados leen la amenaza en los periódicos. No hace falta decir nada. Hay un celo exquisito. Nadie se anda ya con bromas. Incluso en la calle se observa. No se habla de otra cosa que de aviones, correo y lo que pueda pasar. Y eso no es malo. Puede ocurrir que alguien rechace el correo o se niegue a abrir su carta. Pero también es cierto que cada día hay menos correo personal y menos cartas escritas a mano. El correo comercial lo seguirá abriendo todo el mundo, ése no da miedo'.
'Tendremos que volver a acostumbrar a nuestros ojos a la sangre', decía hace siglo y medio el escritor alemán Georg Büchner. Ese miedo se extiende porque cada vez son más los que piensan o saben que ésta no será una guerra breve de triunfos y reportajes de éxito, de conferencias de prensa científicas o incluso coquetas. Se esperan muertos, ausencias y lágrimas, y nada virtuales.
La guerra ha comenzado y todos saben que no será gratis, como lo fueron para Occidente las de Irak y Kosovo. Se esperan los próximos zarpazos de represalias planeadas meses, cuando no años, antes de que se provocara la que actualmente está en marcha. Los enemigos no están todos en Afganistán ni en Irak, Somalia o Sudán.
Están aquí, en Occidente, entre nosotros. Están en Hamburgo y en Boca Ratón (Florida), en París o en Marbella, en Estocolmo y Milán, agazapados como buenos ciudadanos que pagan hasta las multas, esperando una orden para acometer un plan bien elaborado, preparado y financiado no por los desheredados de la Tierra, sino por gentes que han estudiado aquí y vivido nuestras vidas. Nos conocen, lo sabemos, y eso nos da aún más miedo, porque nuestro enemigo ha violentado nuestra intimidad mientras preparaba sus armas para atacarnos. Tenemos miedo y buscamos ayuda. Estados Unidos busca por primera vez en su historia el ser arropado en sus esfuerzos y temores. Pero también todos y cada uno de los ciudadanos que sienten la inseguridad.
'La primera consecuencia que tiene el miedo colectivo es que hace que la gente se porte mejor', dice Rafael González Fernández, profesor de Psicología Social de la Facultad de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid. 'En Nueva York se despierta por primera vez un espíritu solidario, la gente se habla por la calle, se ayuda. La preocupación nos enseña a disfrutar más de la vida, a valorar más lo que tenemos. La gente que ha vivido una guerra, como la mundial o la civil, disfruta de la vida de otra forma', asegura. Todo parece indicar que estamos en un realineamiento de los valores en las relaciones personales, sociales y políticas. La vida de 'vino y rosas' de Occidente se acaba, piensan muchos. Volveremos a sentir el dolor, dicen, como lo hicieron tantas generaciones cuyos sufrimientos prácticamente habíamos olvidado y en todo caso no nos afectaban en lo más mínimo. 'Las Torres Gemelas nos devuelven a los miedos más primarios: al fuego, a la separación y a la muerte. Las Torres Gemelas son el bosque ardiendo de la Edad Media. Contra esos miedos, la solución también es muy primaria. Lo primero que se busca es compañía, hablar con alguien, discurrir el miedo', señala Rafael González. 'Los mecanismos para combatir el miedo son buscar compañía, la acción en general, la actividad física y la organización. Una sociedad organizada y prevenida tiene menos miedo. También el humor es un mecanismo básico de autodefensa. El diálogo nos preserva la confianza. La palabra nos protege del horror'.
Pero por mucho humor que tengamos, y este país puede vanagloriarse de ser uno de los que más rápidamente y mejor recurren al mismo, hay temores profundos cuya sola evocación nos paraliza y angustia hasta inmovilizarnos. José Miguel López Ibor, director de la clínica que lleva el nombre de su padre, considera que es necesario que la sociedad sea consciente de que la seguridad absoluta no existe, y dice que 'el miedo es una reacción normal ante un peligro evidente, y éste lo es'. Pero también insiste en que el miedo sirve como argumento psicológico y social para progresos colectivos. Es decir, se establece un peldaño de progreso cuando las sociedades superan miedos, ya sea a la enfermedad o a la guerra. La cultura progresa por medio de la superación de los miedos.
Pero también advierte de que 'el miedo colectivo se contagia. Y provoca un fenómeno colectivo de egoísmo. La gente exige a los demás que arreglen las cosas mientras a ellos no les pase nada. En todo caso, es imprescindible que la gente no se tome las cosas a broma. Si hace dos meses mi secretaria me dice que hay un sobre sospechoso de contener bacterias de ántrax, la encierro con los enfermos en mi clínica. Hoy no me haría gracia alguna'.
Todo es más serio de un tiempo a esta parte. Y el cambio de actitudes personales y sociales cuando, quién sabe cuándo, acabe la crisis mundial en la que nos hallamos es perfectamente imprevisible, según coinciden la mayoría de los expertos. Pero sí parece claro que las sociedades desarrolladas al menos han entrado en un proceso de profunda transformación. El motor fundamental de esta mutación es la repentina percepción de la propia vulnerabilidad, las ansias de mayor seguridad y ese sentimiento, íntimo y colectivo, pero en todo caso de inmensa fuerza, que es el miedo.
Hay quienes auguran concesiones de la ciudadanía en su derecho a la intimidad a cambio de dicha seguridad. Hay quienes temen que este estado de ánimo sea utilizado por quienes quieren reforzar su control desde el poder sobre el individuo. En muchos países occidentales se preparan reformas legislativas que tienden a reforzar controles y medidas de vigilancia que antes del 11 de septiembre no habrían tenido posibilidad alguna de prosperar.
Nadie sabe dónde acabará esta incierta, turbulenta y cruenta travesía a la que unos pilotos suicidas lanzaron al mundo el pasado día 11 de septiembre. Pero se impone la certeza de que los cambios serán profundos en el orden internacional, en las relaciones sociales y en la vida particular de las personas. El miedo puede llevar a los gobernantes y a la humanidad en general a recapitular, reflexionar y enmendar errores o dejaciones pasadas. El miedo puede también atenazar y provocar reacciones de pánico de consecuencias catastróficas. El miedo siempre fue un elemento catalítico. Sólo cabe esperar que la reacción sea beneficiosa para un mundo que hoy está en plena convulsión.

LA ALERTA COTIDIANA

Experto en el miedo a bordo de un avión y en los mecanismos para controlarlo, Javier del Campo, ex piloto, dirige los cursos de Iberia para superar el miedo a volar. Pero mezclándose entre los pasajeros para su trabajo como inspector de Aviación Civil ha descubierto una inquietud cotidiana, casi subconsciente, que convierte al pasaje de cualquier avión en una escuela de detectives: 'El miedo de después de los atentados no tiene nada que ver con la fobia a volar. Los que vienen a mi curso están convencidos de que el avión se va a caer y no hace falta que Bin Laden les refuerce esa convicción. Pero los demás se supone que somos normales. Sin embargo, el lunes un vuelo de Iberia de Ibiza a Barcelona salió con cuatro horas de retraso, y la causa no fue otra que el miedo. Lo que pasó es que subieron dos tipos de origen árabe, y un tercero que estaba a su lado les oyó decir '...para lo que va a durar el vuelo'. Lo dijeron en francés. Entonces se levantó y fue a contárselo al comandante. Éste hizo bajarse a los dos pasajeros. Hubo que bajar también todas las maletas para volver a escanearlas. Para cuando el comandante decidió que despegaba, los dos tipos seguían prestando declaración en la comisaría del aeropuerto'. ¿Paranoia? En absoluto. El propio Javier del Campo, con 32 años de experiencia como piloto de Iberia tras hacer carrera como piloto de cazas en el Ejército, expone con humildad el terror que puede provocar hoy día esa situación: 'Si yo estoy sentado en ese avión como inspector y oigo esa conversación, hago lo mismo. Yo no sé de qué iban los dos árabes, pero es que, hoy por hoy, el que crea que puede hacer una broma con estas cosas es tan peligroso como el terrorista. Desde el punto de vista de la seguridad no se puede tolerar ni una broma, porque contribuye a la ansiedad del pasaje. En estos días, basta con que alguien se meta en el baño a fumar para que la gente se preocupe. Ves a gente sospechosa y piensas '¿a éste le habrán mirado bien?'. El pasajero que provocó lo de Ibiza seguro que estaba alerta desde el momento en que vio que eran árabes. Cualquier detalle que antes la gente aceptaba con más o menos indiferencia (un bulto de más, una mala actitud, uno que no quiere apagar el móvil), hace ahora que armen la guardia. Lo último que he visto es un pasajero que dio la alerta porque vio cómo a otro, justo antes del control, alguien le pasaba un paquete. Seguramente se le olvidaba algo y el amigo se lo traía corriendo. Pero la policía entró a por él y miraron el paquete de arriba a abajo. Los pasajeros se vigilan unos a otros'. Es la versión aérea de lo que Del Campo considera un cambio en la percepción del terrorismo, de ser algo que les pasaba a los demás a una amenaza real para cada uno de nosotros. 'Ahora cada uno se ve obligado a pensar en cosas en las que antes no pensaba. Yo mismo, aunque no sea objetivo de nadie, no tocaría un sobre extraño. Si hace un mes me mandan un sobre con polvos blancos pienso '¿quién es este gilipollas?'. Hoy lo meto en un plástico, me lavo las manos y llamo a la policía'.


Un especialista del Ejército austriaco, durante unas maniobras contra posibles ataques bacteriológicos. REUTERS

‘EE UU RECONOCE QUE YA NO PUEDE HACER NADA SOLO’

Por HERMANN TERTSCH
El País  Sábado, 13.10.01

ENTREVISTA

Benjamin Barber es todo lo contrario a un gurú del 'establishment' académico de Estados Unidos. Su influencia y ante todo la lucidez de su análisis de la actualidad social y política mundial pueden acabar siendo mayores que la de todos aquellos juntos. Tras décadas de nadar contra corriente en Estados Unidos, hay indicios de que los efectos de la tragedia del 11 de septiembre lleven a sectores decisivos de la Administración norteamericana a darle la razón a Barber.
Benjamin Barber aboga desde lustros por el retorno de la política y reivindica la superioridad no sólo ética sino también práctica de la res pública. La dejación de responsabilidades por parte de los estados, en la educación ante todo, y también en la protección de los ciudadanos, del medio ambiente y de la lucha contra la pobreza y el subdesarrollo, ha generado, según este profesor de ciencias y filosofía política, un profundo desorden que abría todas las puertas a la catástrofe y a la tragedia.
Semanas después del drama norteamericano y mientras se coordina la respuesta al desafío terrorista, Barber participaba en una reflexión en la antigua residencia del canciller alemán Konrad Adenauer junto al lago de Como, en el norte de Italia. Allí habló con EL PAÍS.

Pregunta. ¿Cuál es su impresión sobre la reacción tras la catástrofe de Nueva York y Washington?
Respuesta. Creo que tras uno o dos días de trauma y shock, el ataque está induciendo a una transformación muy profunda y fundamental, cuyas consecuencias se verán en las próximas semanas y meses. Tanto en la posición de la administración norteamericana como muy posiblemente de toda la nación norteamericana. Hasta el 11 de septiembre los norteamericanos seguían viviendo en un sueño, en ese mito de que podían vivir fuera del resto del mundo, separados por sus océanos, protegidos por ese escudo antimisiles e intocables a todos los tormentos y la triste y dura historia de violencia de Europa y el resto del mundo. En esa actitud, la postura de Estados Unidos era la de intervenciones cortas y violentas, unilaterales, arrogantes, o el aislamiento, la retirada, la negativa a participar. Entre medias había muy poco. Esta postura se basa en esa tradición de 200 años de país protegido que surge de los padres fundadores, del mito del segundo Edén, de un nuevo comienzo del mundo.

P. La tendencia aislacionista se arraiga, por tanto, en los fundamentos de la nación.
R. El mito se arraiga en el puritanismo y la filosofía política británica. Pero el mito era realidad para los emigrantes, generación tras generación, de italianos, irlandeses, judíos del este de Europa, rusos, polacos y ahora gentes del mundo latino y del mundo asiático. Todos sentían que el mito era realidad, hasta el 11 de septiembre. Y teníamos una política exterior que se reflejaba en el mismo. Intervenciones violentas rápidas en territorio foráneo y después retirada al aislacionismo y unilateralismo. Lo que pasó el 11 de septiembre es que ese mundo que nosotros habíamos mantenido a distancia vino a nosotros. Y vino a nosotros en su forma más terrorífica y destructiva. Y de repente así el mundo estaba con nosotros de una forma cierta, que no podíamos ya negar.
Fue entonces cuando Washington, y hay que darle crédito a esta administración por ello, se dio cuenta de forma muy rápida del efecto de la interdependencia. Yo estoy sorprendido, pero no tanto como otros. Bush puede no ser el más inteligente de nuestros presidentes, pero es políticamente inteligente. Él nunca ha sido un ideólogo. Ha sido un hombre de negocios, un oportunista y un hombre muy común. Pero no está ciego y ha visto bien lo que hay ahí fuera. Casi de un día para otro ha adquirido un sentido de realismo respecto al mundo, un sentido de realismo respecto a la necesidad para Estados Unidos de tener una sociedad en el mundo y la necesidad de crear una coalición mundial compleja, en la que no todo el mundo todo el tiempo nos apoyará en todo, pero todos cooperarán con EE UU en algo. Ha surgido una diplomacia mucho más compleja, con la aceptación de la interdependencia. Y la conciencia de que Estados Unidos ya no puede hacer nada solo, unilateralmente. Esto es una bendición que surge de un acto terrorífico. De esta reacción puede surgir una América dispuesta a actuar conjuntamente en el mundo no sólo en la lucha contra el terrorismo. Uno de los hechos más interesantes en este sentido es que, después de una década, Washington ha pagado su deuda a la ONU.

P. Pero hay quien tiene dudas sobre el carácter poco democrático de algunos aliados.
R. Hay gente inquieta por el hecho de que la Administración colabore con el régimen militar en Pakistán, con Arabia Saudí e incluso con Irán. Pero para mí esto debe verse como un cambio esencial de una América que creía que no necesitaba a nadie. Creo que podemos decir que la respuesta de EE UU, pese a los temores de Europa a una reacción violenta de venganza irracional, de hecho jamás Washington ha actuado con mayor prudencia y racionalidad, especialmente teniendo en cuenta el extraordinario y dramático golpe que ha sufrido. En Pearl Harbor se perdieron en torno a 2.000 personas, en su mayoría militares.

P. Y a 5.000 kilómetros del continente. Con Pearl Harbor, Roosevelt logró romper el aislacionismo que impedía entrar en guerra contra el nazismo en Europa. Pero pocos años después volvía a reforzar su aislacionismo.
R. Sí, pero no se puede comparar. Pearl Harbor, a miles de kilómetros, era poco menos que una colonia. Ahora el terrorismo ha llegado al suelo norteamericano, el enemigo está también dentro, no sólo fuera. Y esto manifiesta la necesidad de una continua interdependencia. Con el día 11, y tras 200 años, queda caduco el legado de la declaración de independencia. Nos veíamos como un país autónomo e independiente del mundo, en el buen sentido de autarquía y sociedad libre, pero también en el malo de un país que no necesita a nadie y sólo actúa con otros por medio del dictado. Ahora necesitamos una declaración de interdependencia, de reconocer la necesidad de Estados Unidos de actuar con los demás y no sólo en el terrorismo, sino en el medio ambiente, en el calentamiento global, en plagas como el SIDA, contaminación, la utilización abusiva de mano de obra en el Tercer Mundo. Nosotros ya éramos interdependientes, pero nos negábamos a reconocerlo.
Era el mito, la imagen que teníamos de nosotros mismos. Vivíamos en nosotros mismos. Piense que los norteamericanos tan móviles en su territorio, prácticamente no viajan fuera. Y que más de la mitad de los congresistas, imagínese, no han tenido jamás un pasaporte. El acto terrorista nos obliga ya definitivamente al cambio. La realidad, potentísima, se impone.

P. ¿Qué efecto tendrá sobre la globalización?
R. Si entendemos que el anarquismo global, la anarquía de los mercados globales, ha sido creada por esa ideología neoliberal en América, en el Reino Unido, en Japón, España y tantos sitios, entonces creo que emergerá esa confianza en lo público y la desconfianza por lo privado. Creo que si los países democráticos, el G-8, y en general comienzan a reconocer la importancia del sector público, del sector democrático, pueden utilizar su influencia en las instituciones de Bretton Woods, en el Fondo Monetario Internacional, en la Organización Mundial de Comercio y otras para convertirse en instrumentos de bienestar global y no del capital global. Recuerde que estas instituciones son democráticas de verdad, mucho más que las ONG. Entonces estas instituciones pueden realmente ser motores de justicia global y democracia global. Sería un paso más hacia la creación de una opinión pública global, una sociedad civil global. Creo que lo que ha sucedido puede ayudar a ello.

P. Ya hay una opinión pública cuasi global respecto a la persecución de dictadores y criminales de guerra. Milosevic detenido, Pinochet procesado y Kissinger con sumarios abiertos por su colaboración con la dictadura chilena.
R. Creo que es un fenómeno muy positivo. Esos juicios pueden ser unos justos o no, pero de hecho marca la gestación de una opinión pública global que mira al pasado, pero que se proyecta sobre todo a un futuro que deje claro a todo criminal y dictador que no tendrá un dulce retiro.

P. El mundo ha cambiado radicalmente.
R. El mundo ya había cambiado, pero ahora ha quedado claro para todos. ¿Cuáles van a ser las consecuencias? Vamos a tener más democracia global, más Gobierno global, vamos a acabar con el terrorismo. Depende mucho de América, pero también y mucho de cómo reacciona el mundo ante la nueva América. Y tengo una teoría y por ello me gustaría advertir a los demás y en especial a los países amigos de EE UU. Freud define la neurosis como la reacción a una nueva situación con las lentes de una situación pasada. Mi preocupación radica en que tanto amigos como enemigos vean la nueva postura de EE UU a través de lentes viejas. Y que crean, especialmente los europeos, que conocen tan bien a los americanos, que la nueva postura de alianzas y cooperación no es sino una maniobra cínica y oportunista. Es una lectura posible. Pero la consecuencia de tal lectura sería reforzar en EE UU las auténticas posturas cínicas y oportunistas. Por eso creo importante que se haga saber que los aliados se felicitan de esta nueva postura americana tan distinta a otras pasadas. Y que desapareciera parte de ese antinorteamericanismo en el mundo porque la aceptación sin cinismo de la nueva visión de sí misma de América y de la actitud de su administración favorece este cambio tan positivo que paradójicamente nos ha traído una terrible tragedia. Sería muy bueno para todo el mundo.


Benjamin Barber

LA GRAN OPORTUNIDAD

Por HERMANN TERTSCH
El País  Sábado, 06.10.01

COLUMNA

El mundo está cambiando a una velocidad que pocos acaban de percibir. Nos lanzamos hacia una aventura que sin duda es extremadamente peligrosa y puede causar aún muchas víctimas, muchos muertos más de los habidos en las Torres Gemelas, en el Pentágono y en un triste campo de Pittsburgh.
El hundimiento de un orden previo, sea real o supuesto, como el habido el 11 de septiembre del año 2001, conlleva siempre un factor de amenaza para la humanidad. El miedo se retroalimenta y crea fantasmas, habitualmente mucho más reales que las causas que los generan. Sucedió con la Reforma de Lutero y la posterior e inevitable Guerra de los Treinta Años; con la catástrofe de la Gran Guerra de 1914, tras 40 años de inmenso progreso y bienestar, y también con la inmensa tragedia europea del surgimiento del fascismo y el comunismo como grandes proyectos redentores de la humanidad que tornaron en dramas indescriptibles. Nunca ha habido mejores motivos para matar que el miedo o el agravio. Ambos están hoy muy bien servidos. Pero el consenso mundial posible hoy contra todas las plagas es tan posible como en su día lo fue la Paz de Westfalia.
Sin embargo, hay muchos motivos para la esperanza aunque resentimientos y prejuicios europeos se hayan puesto plenamente en marcha en las últimas semanas con sus efectos siempre catastróficos. Tenemos agoreros especialistas en llorar a muertos potenciales mientras los ciertos, los difuntos, son considerados cuerpos no identificados cómplices de la trama del capitalismo contra gentes desesperadas y por tanto quizás ni siquiera culpables.
Muchos lloran ya más a los millones de afganos que supuestamente va a matar una brutal represalia de EE UU que a los miles de muertos ciertos, procedentes de más de sesenta países, que se hicieron humo en esas piras tremendas de una venganza asumida como justa. Muchos parecen concentrar su ira y su miedo en la respuesta de EE UU y las democracias occidentales a la agresión de un terrorismo no por masivo distinto a los demás, a los mezquinos e individuales, es decir, indiscriminados, brutales, miserables y narcisistas en su fanatismo.
Pero, insisto, hay motivos para la esperanza. Porque Washington ha reaccionado al ataque, la humillación y la revancha de la mejor forma jamás imaginada. El mundo puede dar por caducado el autismo. Porque EE UU ha reconocido, después de dos días de trauma, que su suerte está definitivamente ligada a la nuestra, a la de todos los pueblos de un mundo cada vez más pequeño.
Ha muerto el mito de la América invulnerable, aislada por los océanos de todas las miserias y violencias de las que huyeron en su día los Padres Fundadores del Mayflower, pero también los millones de europeos, asiáticos, africanos, judíos rusos y polacos, alemanes, irlandeses e italianos que los siguieron. El mundo será distinto porque América será distinta y porque los norteamericanos se entienden ya de una forma distinta.
Washington acaba de pagar una deuda con las Naciones Unidas que no zanjaba desde hace casi tres lustros. Washington ha dejado entrever que su desprecio al Acuerdo Antimisiles Balísticos, que era una certeza hace unos meses, es hoy cuestión secundaria y revisable. Washington sabe hoy, como lo sabe ese hombre común pero no ciego, que es el presidente George Bush, que el mundo es un espacio en el que nadie puede vivir solo sin considerar temores, angustias, problemas o incluso paranoias de los demás.
EEUU ha demostrado en estas semanas que entiende que el mundo actual hace imposibles las islas de afortunados y que todos estamos condenados a compartir suerte, en nuestros terribles problemas con el terrorismo, pero también en medio ambiente, sequías, superpoblación y relaciones Norte-Sur.

La nueva conciencia en EEUU, si no es truncada por el cinismo, sea de los propios norteamericanos o, quizás más probablemente, de los europeos, puede dar paso a un mundo más seguro y más justo. La última isla está en proceso de unirse al mundo en sus cuitas y dificultades. Lo hace traumatizada. Pero con un esfuerzo supremo por buscar consensos que antes ignoraba. Ayudar en esta aventura, animar al grande en su hora vulnerable puede ser la gran oportunidad de alcanzar humanidad, dignidad y seguridad para todos los que crean en la vida.