lunes, 23 de julio de 2018

GEORGE F. KENNAN, UN GRAN AMERICANO DE ALMA PROFUNDAMENTE EUROPEA

Por HERMANN TERTSCH
El País  Sábado, 19.03.05

NECROLÓGICA

Ha muerto a la venerable edad de 101 años George Kennan, uno de los hombres que mejor supo explicar los problemas del terrible siglo XX y más criterio tuvo a la hora de proponer fórmulas de resolverlos.
Probablemente le debamos en Occidente los conceptos más exactos de la percepción correcta de la conducta de un magnífico enemigo, la Unión Soviética, y las formas de combatirlo sin llegar a la guerra que habría supuesto la destrucción del planeta.
Con su profunda comprensión de las debilidades de ese enemigo de las libertades, pero sobre todo gran agente del damero maldito en la guerra fría entre dos visiones en la organización de la sociedad y la historia, Kennan marcó durante más de medio siglo la política norteamericana frente a la URSS y tuvo el lujo de vida que le permitió ver tanto el auge como el hundimiento del proyecto bolchevique, con una inverosímil lucidez y perspicacia.
Cuando George Kennan nació, en 1904, en la remota Milwaukee, Trieste era aún el gran puerto de mar del Imperio Austro-húngaro y la vecina y también adriática Fiume (hoy Rijeka) era el dique de guerra de aquella potencia europea a punto de sucumbir. Su padre se llamaba Kossuth en recuerdo al revolucionario húngaro del XIX, aunque sus ancestros fueran en realidad escoceses e irlandeses.
Su vida fue la de un patricio norteamericano con total vocación épica europea, perfectamente volcado en la comprensión de los entresijos del Viejo Continente y, de forma especial, del alma de los rusos y sus efectos sobre la política de la gran potencia que fue la URSS. Aprendió alemán a los ocho años y después era un lujo verle expresarse durante casi un siglo en ruso, polaco, checo, francés, portugués. En 1925 entró en el Servicio Diplomático. Eran años de convulsión tremenda, en los que, entre la falsa Paz de Versalles y la llegada del nazismo a Alemania, toda Europa temblaba ante el vigor de las grandes utopías del comunismo y fascismo y las fragilidades e indefensiones de las democracias. Kennan estuvo en aquellos años clave para su vida en Ginebra, Hamburgo y Berlín. En 1933, año de la llegada de Hitler al poder, se vuelca en el estudio del ruso y Rusia en la capital alemana. Llegaría a ser embajador en Moscú poco antes de la muerte de Stalin.
Desde entonces, Kennan ha sido la voz más autorizada, siempre escuchada, no siempre entendida en Estados Unidos sobre asuntos soviéticos. Lo fue definitivamente cuando fraguó, en un artículo no firmado ya después de la Guerra Mundial, el concepto de la "contención" que establecía que la única forma de tratar a un régimen como el de la URSS era el contrario del apaciguamiento y, por tanto, el de permanente presencia de la presión y la ostentación de fuerza. Fue una revolución conceptual en la política de Washington hacia su antiguo aliado en Moscú.
No fue otra la revolución que, bajo Ronald Reagan y con la ayuda decisiva de un papa Juan Pablo II procedente de uno de los países bajo la órbita soviética, Polonia, acabaría finalmente con la dictadura en el Este de Europa. Fueron los conceptos de Kennan, que eran absolutamente contrarios a cualquier conflicto bélico directo con la URSS, muy de moda en los años cincuenta y sesenta en Estados Unidos, los que llevaron a la URSS a sucumbir.
Mucho antes de que Churchill hablara del telón de acero en 1948, Kennan, un gran norteamericano europeo, dejó claro que, al igual que al nazismo, al comunismo sólo podía contenérsele con la presión de la amenaza y la firmeza creíble, y nunca con la negociación de los principios.
Kennan fue el artífice de la guerra política norteamericana y europea contra el enemigo, la URSS, que se creía seguro vencedor en la historia. Negociar las realidades desde posturas de seguridad y de fuerza y nunca hacer concesiones que pudieran hacer creer al adversario que tenía al alcance sus objetivos eran la máxima. Desde esa convicción se realizó el despliegue de los misiles Cruise y Pershing en Europa en contra de las masivas protestas en Alemania occidental. Y allí empezó el ocaso de la mayor dictadura habida jamás en la historia, Kennan ha enterrado a todos los interlocutores que tuvo en su fascinante vida y también al régimen que supo auscultar como nadie. Sus compatriotas, pero ante todo, los europeos tienen con él una insaldable deuda de gratitud.
George Kennan. ASSOCIATED PRESS

EL HONOR Y LA CULPA

Por HERMANN TERTSCH
El País  Martes, 15.03.05

COLUMNA

Allá por finales de los años ochenta, en el hotel Moskva de Belgrado -donde Leon Trotski escribió gran parte de sus célebres crónicas sobre las guerras balcánicas de principios del siglo XX- reflexionaba Momchilo, un amigo nacionalista serbio ya muerto, sobre el individuo y su relación con la historia y promulgaba, como romántico propio de zonas salvajes, que nadie es nada sin su marco épico. Si Schiller en Los ladrones define las almas nacionales de rusos, franceses y alemanes -los rusos tienen profundidad pero carecen de formato; los franceses tienen formato pero no profundidad y sólo los alemanes tenemos ambos- y por supuesto lanza una apuesta rotunda por los suyos, Momchilo, viejo partisano yugoslavo, creía también en que cierta gente tiene una responsabilidad histórica que nada tiene que ver con los cargos sino con la emoción y la percepción de su papel, que no puede limitarse a la supervivencia, al ventajismo o al triunfo social. Lo que incluía, decía, el matar y ser muerto. Lo suyo era, como lo era en Schiller o Heine, un sentido de trascendencia que tantas veces ha llevado al error, al fanatismo y al crimen desde el concepto del honor, como nos muestra de forma terrible la historia del siglo XX, pero que también en tantas otras ha conferido especial dignidad a individuos por su relación y defensa de determinados conceptos de vida. Milovan Djilas, aquel gran hombre que no vivía lejos del Moskva en Belgrado, describía un poco antes de su muerte la terrible determinación que tuvo al disparar a unos campesinos acusados de colaboracionistas cuando era mano derecha del Tito partisano durante la guerra.
No recuerdo si de la conversación con Momchilo eran testigos Francisco Eguiagaray, ya también al otro lado del espejo, Arturo Pérez Reverte, perfectamente situado en este lado y experto en vivir con sabiduría, o Misha Glenny, entonces en la BBC, el corresponsal más apasionado de la prensa británica desde que murieron los grandes mitos del compromiso con la historia. Sí sé que algunos mirábamos a este viejo empleado del legendario hotel Moskva con interés e inquietud porque intuíamos que nos estaba dando claves sobre la relojería interna del alma de un continente siempre experto en consumirse pero cada vez menos capaz de autoauscultarse. Supongo que fue Geoffrey Cox, corresponsal del Daily Telegraph, viajando en tren hacia Centroeuropa vía París para cubrir la inmensa miseria del apaciguamiento de Hitler en Múnich en 1938, que habla en su libro Countdown to War del equilibrio necesario entre la razón práctica y la práctica del honor para defender, desde cualquier posición y condición, la vida que merece ser vivida. Cox viajaba a Múnich cuando Joseph Roth se consumía como pura metáfora de tiempos pasados en París. Y Stefan Zweig se aprestaba a su último viaje hacia un exilio en país tan extraño que no pudo soportarlo. El individuo frente a la historia no tiene el mismo dilema si es Zweig y Roth o Mengele y Eichmann.
Los procesos de Núremberg demostraron la incapacidad de los peores miserables y asesinos para asumir su responsabilidad en la terrible tragedia de la II Guerra Mundial y el Holocausto. Todo fueron autoexculpaciones y, como muy tarde en la década de los setenta, con el juicio de Düsseldorf y otros contra los criminales de Auschwitz y Treblinka, quedó meridianamente claro que los peores son los peores para todo y que los conceptos del honor y la responsabilidad ante la historia y los hombres son perfectamente maleables por quienes han sido tantas veces adalides de los mismos.
Hoy los Balcanes están siendo secuestrados por gentes de esta catadura, que condenan a millones de compatriotas a ser rehenes de por vida de sus propios crímenes. Radovan Karadzic, Ratko Mladic, Ante Gotovina y muchos otros están torpedeando el proceso necesario para sacar a aquella región del pozo negro de la historia. Nada indica que alguno de ellos vaya a ser lo suficientemente patriota como para entregarse al tribunal de La Haya. Con ellos libres no hay cauterización. El anciano Momchilo habría sido más digno en su encuentro con la responsabilidad como individuo ante la historia.

LA MISERIA RECURRENTE DE AQUEL SOFÁ VIENÉS

Por HERMANN TERTSCH
El País  Martes, 08.03.05

COLUMNA

Un brillante diplomático austriaco de entreguerras, excelso premio en su promoción del Theresianum de Viena, humanista cultísimo, contaba hace ya muchos años que décadas antes, allá por 1938, se había dado cuenta de su terrible corresponsabilidad en el acceso al poder de la peste parda nazi cuando vio a unos personajillos, que en circunstancias normales no habrían sido sino pequeños delincuentes, entrar en la casa patricia de un gran hombre de letras y espíritu, no lejos de la Ringstrasse. Con sus uniformes de la SA, se bebieron los licores de la casa, sacaron con desprecio innumerables libros de las bellas estanterías, los tiraron y pisotearon sobre las alfombras y plantaron sus botas sobre los magníficos tapices de los sofás, exclamando todos más o menos al unísono algo así como que "por fin hemos llegado a pisarles la seda a los señores". Sebastian Haffner y Viktor Klemperer son dos testigos de excepción de esta conducta social de la jactancia totalitaria perfectamente explicable que convierte al delincuente triunfador en amo de joyas que no conoce ni aprecia y que sólo identifica para despreciarlas desde la soberbia ignorante. El triunfador, con sus deseos claros y el sentido de poder implacable, arrasa al dueño inane, lector dubitativo y hombre de cultura que, perplejo ante la rotundidad de estas manifestaciones violentas de la vida y ante la gloriosa falta de matices de los avasalladores, no hace sino pedir perdón. El portero, que había abierto la puerta a la banda de nazis uniformados, gesticulaba junto a la puerta intentando transmitir a los atropellados en su propio hogar que desaprobaba conductas tan bárbaras que el acababa de permitir. El portero es, ya lo sabemos, el chivato y el mediador. Pero el diplomático no era inocente porque había dejado que la basura cuajara.
Los ciclos históricos son un misterio que no se anuncia y cuando nos creemos que hemos dado el salto al respeto general entre los individuos, de repente, entra el portero con cara atribulada y nos mete en casa a la banda de camisas pardas. Nos está pasando y lo cierto es que no lo estamos viendo, al menos con la claridad que haría posible el movimiento reflejo. Pilar Bonet nos lo contaba ayer desde Turín, donde coincidió con ese viejo inteligentísimo que es Alexandr Yakovlev. "El pasado continúa aterrorizando nuestra vida hoy", dice el anciano zorro, una de esas grandes excepciones en la selección negativa del régimen soviético que no hacía sino dar poder a los más mediocres y a los que menos escrúpulos tuvieran. Yakovlev, un hombre que ha hecho historia y fue coautor con el mucho más gris Mijail Gorbachov de la dinamitación de las dictaduras soviéticas. Sabe muy bien lo que sucede en Rusia y en todos los países en los que la oposición puede ser liquidada, criminalizada o marginada con ese terrible mecanismo del pensamiento débil que tiene, paradójicamente, una vocación totalitaria y un inmenso éxito de consumo rápido.
En Rusia, no sólo allí, existe hoy una mayoría social perfectamente moldeable para una política como la de Vladímir Putin, que usa la palanca de la opinión pública cautiva contra toda minoría que disienta. El que no muestre de forma fehaciente su docilidad y lealtad al pensamiento nacional o general es tachado de fascista, checheno o corrupto y queda laminado para cualquier aspiración política o proyección social. Como si de encuentros monstruosos con el poder de Mijail Bulgakov u Ossip Mandelstam se tratara, pero con la totalidad sofisticada que el mundo mediático actual garantiza, aquellos que disienten son literalmente fumigados con la liquidación de su honor, su prestigio social, su hacienda y sus esperanzas. Siempre, insisto, con la benevolencia o el aplauso de unas mayorías sociales que saben muy bien que, al no haber alternativa ni opción distinta posible, su desafío al poder solo puede tener consecuencias nefastas, sociales, económicas y vitales. Y la historia sirve ante todo como ese perfecto generador del rencor necesario para que la mayoría social se sienta reconfortada en una revancha contra las minorías que disienten y que el poder identifica. Es la miseria del sofá de Viena que nos acompañó el pasado siglo y que ahora retorna implacable, el resentimiento.

LA RELIGIÓN EN LA GUERRA MODERNA

Por HERMANN TERTSCH
El País  Martes, 01.03.05

COLUMNA

Gente de bien, obsesionada por lograr para sus hijos un marco vital mejor, más generoso, humano y libre que el que ha sufrido ella, murió ayer tras horas de paciente espera en una larga cola para obtener un certificado médico que les diera acceso a un trabajo en el nuevo Estado de Irak. Un acto más de la resistencia contra el invasor imperial que, sin duda, ha obtenido ánimos y motivación de la inmensa comprensión que su lucha despertó entre la biempensancia europea. Los centenares de huérfanos que la bomba de ayer en Hilla ha causado despertarán previsiblemente mucho menos interés que otros anteriores, trágicas víctimas de un combate que probablemente nos acompañe toda la vida a las generaciones hoy adultas. En Tel Aviv, dos días antes, otro insurgente había acabado con la vida de cuatro israelíes para demostrar que el Estado de Israel es culpable haga lo que haga y que todo gesto que algunos ilusos podríamos interpretar como de buena voluntad, en una retirada de la franja de Gaza o en la habida en el sur de Líbano años antes, son tan sólo signo de debilidad del enemigo que ha de tener mayor hostigamiento por respuesta. Quienes se defienden ante la muy decidida voluntad asesina de sus enemigos son, según este alarde del pensamiento dúctil del nuevo siglo -que en el anterior tuvo momentos de apogeo-, los responsables de romper la normalidad y la armonía.
A menos de dos semanas del aniversario del 11 de marzo, es incomprensible que pocos ciudadanos españoles asocien esto con aquello. Sigue siendo algo así como verdad revelada, la convicción de que los muertos de Hilla son responsabilidad de George W. Bush; los de Tel Aviv, de Ariel Sharon, y los de Madrid, del trío de las Azores. Los millones de iraquíes que se jugaron la vida acudiendo a las urnas -duplicando el porcentaje de participación de nuestro referéndum europeo- han recibido una fracción de la atención que cualquier banda terrorista iraquí o importada que obliga a una mujer secuestrada a acusar a Occidente de todos los males incluido el suyo, antes de decapitarla o enviarla de vuelta a casa con el síndrome de Estocolmo inyectado en vena. "Nos han tratado bien", suelen decir quienes sobreviven al calvario.
Nuestra confusión moral, que en algunos países europeos, y desde luego en ciertas partes de España, es ya patología social, parece llevarnos siempre a un fatalismo en el que ser el débil parece un mérito. Hacer malabarismos con convicciones y principios para adecuarlos a la voluntad del violador, criminal o fanático se supone un ejercicio de tolerancia y galantería política. Ya no son sólo políticos incapaces o directamente traidores a sus promesas de defender los principios y las leyes que los llevaron a sus cargos, sino amplios sectores sociales, los que han aceptado el lema de "hablando se entiende la gente", que hace que las leyes y la capacidad de autodefensa de la sociedad democrática sea dinamitada a diario. Si se acepta supeditar las leyes al diálogo con el agresor que desde la minoría más escuálida hace valer sus razones de fuerza casi resulta más digno enterrar las leyes previamente.
En este panorama desolador resulta especialmente doloroso que estemos asistiendo a lo que parece ya la última gran agonía del papa Juan Pablo II. Quien levantó a Europa oriental contra la resignación de Yalta no podrá ayudar en el rearme moral ante las nuevas amenazas. Si hay algún fenómeno que ha alimentado el desarme de nuestras sociedades modernas ante sus enemigos es la incomprensión radical y, por tanto, el desprecio y la hostilidad hacia el pensamiento religioso. Lo que no tiene nada que ver con creer o no. Es en el respeto al concepto individual de la trascendencia donde radica la más profunda tolerancia, la firmeza y la dignidad, bases de una sociedad no dedicada a la experimentación social, sino a fomentar la vocación del ser humano a ser feliz. Por eso el primer deber del gobernante es hacer frente a los enemigos del individuo libre en la sociedad abierta y dejar claro a las víctimas que tienen un valedor incondicional. En Irak, en Tel Aviv y aquí.

UN RUFIÁN ENTRE EXQUISITOS

Por HERMANN TERTSCH
El País  Martes, 22.02.05

BUSH EN EUROPA

Ya está aquí. Ya tenemos entre nosotros al gran rufián del nuevo siglo, George W. Bush, al que en Madrid unos equiparan a Hitler, y en París, otros al camboyano Pol Pot, el gran villano responsable directo de que los terroristas islamistas asesinen a la población en Irak, de los muertos de hambre en Sudán, de que no se alertara a tiempo del tsunami en Indonesia y de la malaria africana, de robar a los pobres para enriquecer a los ricos. Ha llegado, al iniciar su segundo mandato como gran jefe del Imperio del Mal, con la peor de sus sonrisas porque esta vez no viene a amenazarnos como otras veces, sino -algo mucho más perverso aún- a intentar embaucarnos. Pero aquí, en una Europa cada vez más convencida y autosatisfecha con su papel como Reino exquisito del Bien y exportador neto de bienaventuranzas al mundo entero no nos vamos a dejar engañar. Sabemos que, lejos de haberse caído del caballo, de confesar y expiar sus pecados, errores y perversiones, Bush está aún lejos de aceptar el hecho incontrovertible de que nuestro gran eje de la bonhomía ha tenido y tiene siempre razón cuando se opone frontalmente a él y a su política. Adalides de la franqueza y el talante y el diálogo hasta con los enemigos declarados de la democracia, los europeos sabemos que Bush, igual que Condoleezza Rice -traidora ha de ser siendo negra y mujer en la siniestra corte de allende el Atlántico-, viene a lograr los mismos fines monstruosos con diferentes argucias. Y además no han pedido perdón.
Estos vienen a ser -y perdón por la burda caricatura en la que nada he inventado yo- los trazos gruesos de argumentación que se han prodigado en la prensa europea estos días con motivo de la gira europea del presidente de los EE UU. Los políticos europeos por su parte -nobleza obliga- destacan en público como éxito propio el nuevo tono del presidente norteamericano hacia la Unión Europea, pero con igual énfasis dejan claro quién ha de cambiar su política de forma radical para recibir la bendición de esta gran Tabla Redonda del humanismo que se consideran.
Nadie defiende aquí a la Administración de Bush de unas acusaciones más que fundadas de indigencia política, de sus aberraciones retóricas, de los graves desastres de su gestión en el Irak de posguerra, ni sus reformas fiscales tan ajenas al llamado "conservadurismo compasivo" -detestable término- que en su día propugnó. Muchas serían las rectificaciones justificadas y bienvenidas por todos los que creen que un buen funcionamiento de la alianza transatlántica es vital para la seguridad de EE UU y la UE, y más para la de esta segunda. Pero no deja de tener gracia la autosuficiencia con que responden algunos de los grandes adalides del mundo multipolar a los intentos de la nueva Administración norteamericana de cerrar heridas.
Quienes durante más de dos años han celebrado con mayor o menor disimulo las dificultades de EE UU en Irak y apenas han ayudado simbólicamente a poner fin a una situación que amenaza la seguridad de Europa más aun que a la de EE UU, ahora adoptan una pose de superioridad moral que fácilmente puede volverse contra todos y la imprescindible cooperación en Oriente Medio, ahora que surgen esperanzas tanto en Irak -gracias a los esfuerzos y muertos iraquíes y norteamericanos- como en Palestina, en gran parte gracias a la muerte de aquel adoptado favorito de la Europa biempensante. Los errores, exquisitos humanistas, no son sólo del villano tejano.
Y mientras aquí se da lecciones a Bush, Washington y Tokio han firmado un importante pacto de defensa para hacer frente a amenazas comunes en el Pacífico, probable nuevo centro geoestratégico del mundo, e Iberoamérica mira a China. Está claro que nuestro villano se equivocó cuando se creyó poder reorganizar por su cuenta el mundo. Nosotros nos seguimos equivocando cuando nos creemos su ombligo.

DE MLADIC, TERNERA, KARADZIC Y GOTOVINA

Por HERMANN TERTSCH
El País  Martes, 08.02.05

COLUMNA

Mucha gente indeseable en un título, cierto. Pero conviene recordarlos de vez en cuando para que algunos otros, no tan marcados por la ignominia y en principio valedores de intereses legítimos, no tengan el éxito que pretenden en hacernos creer que aquéllos ya no tienen importancia para nuestras vidas y las de nuestros hijos. Porque estamos asistiendo en Europa, precisamente ahora que aún resuenan los ecos del Kaddish (canto fúnebre) por las víctimas de Auschwitz, sesenta años después, a unos esfuerzos tan obscenos como intensos de hacernos creer que la impunidad de estos indeseables irredentos nos es conveniente a todos para no tener disgustos de cara a reordenar nuestro futuro sin mayores estridencias. Molestan las víctimas.
Por supuesto que los indeseables y criminales también tienen intereses muy concretos en reescribir la historia, ejercicio que vuelve a adquirir tremenda popularidad después de que dos décadas, los ochenta y los noventa, tanto hicieran por combatir la desmemoria y el fraude. Así, hoy somos testigos de un fenómeno editorial, por ejemplo, en Serbia, que supera en mucho la desvergüenza de aquellas famosas biografías autojustificatorias que comenzaron en Alemania con la publicación de las memorias de Albert Speer en los años sesenta. Salvando, por supuesto, las distancias, intelectuales que no morales, porque Speer, el arquitecto y ministro ideal de Hitler, era un hombre de gran cultura y, por tanto, con muchas más capacidades tramposas que los verdugos a pie de obra, de fosa u horno.
Aquellos libros de los "incomprendidos" cómplices de la Endlösung (solución final) llevaron más pronto que tarde a las perfectas teorías banalizadoras del nazismo de algunos historiadores, algunos tan sólo revisionistas, honestos o no, como Ernst Nolte, y otros perfectos apologetas crecidos del nazismo como David Irving. Ahora en Serbia los títulos ideales para regalarle a un adolescente para que vaya formando carácter son las obras de Biljana Plavsic, aquella catedrática de literatura que dirigía los bombardeos sobre Sarajevo y hoy cumple condena en La Haya por crímenes de guerra; las de Radovan Karadzic, el poeta y trovador que soñaba en voz alta con limpiar todos los Balcanes de musulmanes y cumplió en buena parte al decidir con su general Ratko Mladic en Srebrenica la muerte de ocho mil hombres entre los 14 y los 65 años, y las del asesino más temido de la guerra, Milorad Ulemek, alias Legia, gran caudillo paramilitar ahora en prisión no por los miles de crímenes cometidos entonces cuando hacía arder talleres y garajes llenos de mujeres y niños, sino por matar al primer ministro serbio Zoran Djindjic. La Serbia del presidente Kostunica se tendrá que preguntar seriamente si ha emprendido el camino hacia la Europa civilizada cuando la labor de luto más popular en el país es el entusiasmo por las apologías del crimen de sus más famosos asesinos. ¿Qué es lo que se les cuenta a los jóvenes serbios en los colegios sobre la guerra? Desde la célebre Juventud sin Dios, de Ödon von Horváth, nuestro problema con el odio lo tenemos en los colegios.
Todos debiéramos ser conscientes de que la lucha entre las mafias políticas no ha cesado en Serbia y que Karadzic, aún en libertad, y el propio Legia, aunque esté en la cárcel, han impedido con éxito que en aquel país se hablara de la desnazificación necesaria. Pero hay razones para indignarse por el hecho de que en Croacia, donde la era pos-Tudjman despertó ilusiones, la democracia se da por consolidada y para el 17 de marzo se espera una decisión sobre la apertura de negociaciones para el ingreso en la UE, siga gozando de libertad -como Mladic y Karadzic en Serbia- el general Gotovina. Sin su entrega, Zagreb debiera saber que no habrá paso alguno hacia la UE para su país. Gotovina aún no ha escrito una novela, pero si ha de hacerlo tiene que ser en La Haya. Tampoco tenemos aún biografía de Josu Ternera. Aunque, eso sí, manda misivas a instituciones democráticas españolas que le permiten codecidir reformas constitucionales y estatutarias desde la clandestinidad. Quizás estén juntos Mladic, Gotovina y Ternera. No estamos tan lejos de los Balcanes como parece.

GOYA EN FALUYA

Por HERMANN TERTSCH
El País  Martes, 01.02.05

ELECCIONES EN IRAK | REACCIÓN DE LOS PAISES VECINOS

No era -reconocerán- mala coincidencia esa que fijaba la entrega de los premios Goya en la fecha de las elecciones a la Asamblea Constituyente de Irak. Cuando comenzó en Madrid ese anual plagio ajoarriero de la gala de los Oscar ya habían cerrado los colegios electorales en aquel gran país árabe. Se brindaba por tanto la magnífica ocasión a todos los asistentes, desde el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, al último actor novel, de celebrar juntos sobre el escenario, ante las tenaces cámaras de TVE y los abnegados telespectadores, esta victoria sin precedentes de la voluntad popular de un pueblo por el que tanto nos hemos preocupado aquí todos en los últimos años. En abierto desafío a las terribles y verosímiles amenazas de muerte de las huestes de Al Zarqaui, millones de iraquíes habían hecho largas colas durante horas ante los colegios electorales. Pese a los increíbles sufrimientos de los pasados dos años y de las previas cuatro décadas de infierno, hombres y mujeres de todas las edades, conscientes de que se jugaban la vida, acababan de convertir la jornada electoral en Irak en una enorme fiesta de dignidad y coraje como de reivindicación de sus derechos cívicos. En Basora, pero también en Bagdad y en Faluya. Pues no, señores, en Madrid no se acordaron de los iraquíes precisamente en el día en que se jugaban la vida llenando calles y plazas en la mayor parte del país para tener unos derechos algo más parecidos a los nuestros. Pena de ocasión perdida, queridas autoridades, artistas admirados y admiradas.
Sólo hubo al parecer ocasión de recordar al gran villano en la publicidad de una marca de cerveza en la que se ridiculizaba al cine norteamericano con una parodia de un telefilme de serie B. En ella, el presentador de la gran gala del perseguido cine nacional advertía a un niño -¿Pueden hacer publicidad de alcohol los niños?- de que en la sublime creación de la cinematografía española no hay sitio para memeces típicas de ese cine de origen innombrable que insisten en preferir los españoles sin talante patriota. Industria cervecera y cinematográfica, unidas en su lucha contra el mal y conscientes de su bondad infinita, mezclan Hollywood con el Washington oficial, buenas historias de cine con cambalaches de amiguetes y manías de secta ideal ella con mecanismos del mercado. Con tanto lío se les olvidó un buen brindis por el pueblo de Irak y su maravillosa y valiente reivindicación de la esperanza. ¡Otra vez será!
Es reconfortante la unanimidad entre estadistas europeos sobre la valentía de los iraquíes al ir a las urnas y demostrar así que la afamada "resistencia", especialmente dedicada a matanzas contra iraquíes, reclutas, hombres y mujeres en busca de un trabajo digno y niños en el colegio o jugando fuera de ellos, no es precisamente representativa de aquel pueblo. Puede que algunos recapaciten y piensen más en lo que es mejor para las libertades que en la batalla contra su íntimo enemigo George Bush. Véase políticos que lejos de apoyar han boicoteado este proceso electoral; medios de comunicación -aquí en España, campeones- con dificultades para soslayar su triunfalismo ante cualquier revés de las fuerzas de la coalición; y las fuerzas ideológicas que han preferido cualquier solución por trágica y amenazadora a un éxito norteamericano. Ayer parecían ya más prudentes. Por supuesto que seguirán en sus trece aquellos que necesitan que todo empeore para tener razón a la postre. Y a los que los iraquíes les importan hoy tanto -es decir, nada- como cuando querían derribar gobiernos democráticos utilizando a la población iraquí como escudo y pretexto. Todo es susceptible de empeorar y no son pocos los que con Al Zarqaui lo desean.
Pero con un esfuerzo por presuponer buena fe y decencia a la mayoría en los dos bandos que se enfrentaron en el mundo por esta guerra, puede esperarse que tras lo sucedido el domingo, sean más los que quieran implicarse en ayudar en un proceso que es la esperanza de un futuro mejor para los millones de iraquíes que ayer se jugaron la vida y un indicio de que son muchos los árabes que quieren compartir con Europa y occidente libertad, seguridad y bienestar. En el peor caso, estamos donde antes. En el mejor, ante una oportunidad maravillosa de que el año próximo en los Goya proceda un brindis por Irak.

DIGNIDAD, COMPASIÓN Y CAPACIDAD DE LUTO

Por HERMANN TERTSCH
El País  Martes, 25.01.05

COLUMNA

No crean que somos los únicos que se pelean con fantasmas del pasado, muchos de ellos cada día más presentes. Ni que somos sólo nosotros los que volvemos a traficar con mezquindades para disputarnos ventajas de saldo en el pulso político en el que todos hablan de víctimas, la mayoría sufre al ver que su buen sentimiento de compasión genuina no es tan común como piensa y algunos sólo especulan sobre cómo utilizar la foto de un muerto como pescante a un mejor coche oficial. Antes de cumplirse mañana el 60º aniversario de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz y 10 años redondos después de ser asesinado Gregorio Ordóñez, es evidente la vigencia de la máxima de Alexander Mitscherlich, que sólo en el luto veía posible la auténtica regeneración del individuo y de la sociedad. Él hablaba de la alemana. Nosotros bien podemos hacerla por la española y en especial por su parte vasca que, emponzoñada por su incapacidad de luto (Die Unfähigkeit zu trauern), está envenenando a todos y cediendo el discurso a quienes han hecho del culto a la diferencia, de la secta, del odio y de la deshumanización del adversario político, su máxima vital y arma de poder.
Alemania amanece esta semana consternada ante el sabotaje a un minuto de silencio, respeto, memoria y dignidad a las víctimas del Holocausto que había pedido el presidente del Parlamento de Sajonia. El grupo parlamentario del Partido Nacional Democrático de Alemania (NPD) abandonó el hemiciclo en aquel instante para utilizar después la tribuna para despreciar la iniciativa. Estos canallas se erigieron en representantes de las víctimas bajo el "holocausto aliado" que habría sido el bombardeo de Dresde. Sin ánimo de polemizar sobre la siniestra gratuidad de un bombardeo como aquél; sin la mínima intención de dar pie al desvergonzado intento de equiparar cualquier crimen con la planificación sofisticada del exterminio de una raza humana, que simboliza Auschwitz; sin tentación alguna de culpar más que a los asesinos y sus cómplices necesarios del infinito rastro de víctimas inocentes que las sociedades desarrolladas hemos dejado atrás; sólo puedo constatar que, como el Holocausto demostró, la autocomplacencia y la incapacidad para sentir el dolor ajeno nos hacen tan semejantes a los asesinos que debiéramos despertarnos todas las noches bañados en sudor.
Está claro que la sociedad alemana -y todas las del mundo desarrollado- serían hoy una mayor amenaza para las demás y para sí mismas sin una cultura de Auschwitz cuyo desarrollo, profundización y cultivo es tarea de todo individuo que se considere humanista. Por desgracia también lo está que la España democrática ha fallado, salvo en momentos puntuales como en los días de agonía de Miguel Ángel Blanco y las horas -sólo horas- después de los atentados de Atocha, en responder de forma colectiva y efectiva a un desafío ético como es el cultivo de ese trinomio de la excelencia humana de "memoria, dignidad y justicia" que algunos arrastraron por el fango el sábado en Madrid. Tan valiente, desprendida y decidida como puede ser esta sociedad en los momentos más trágicos, nuestra cotidianeidad nos demuestra que la mayor parte de los españoles -y en esto, como en tantas otras cosas, los más españoles son los vascos y los catalanes- no parecen capaces de sufrir sino con los muertos que consideran propios.
Aquí no hablamos de nazis, de parlamentarios a los que el electorado de Sajonia dio en su día el poder para insultar a millones de muertos y a la humanidad misma. En la Gran Vía el sábado, como en el mismo escenario durante los dos años anteriores, gente "normal" ha llamado asesinos a otros conciudadanos por odio acumulado, unos hacia un presidente de Gobierno supuestamente feliz de ir a la guerra, otros contra un Gobierno supuestamente feliz de hacer pactos con asesinos o compañeros de viaje de asesinos. Han sido impotentes para reflexionar sobre los motivos de cada uno y para descubrir alguna nobleza en los propósitos de sus dirigentes. No han comprendido que en toda víctima -muerto, padre, madre o hija- hemos de reconocernos todos. Sin esa capacidad de luto y compasión aún puede volver a sonar -escuchen a Pavel Kohout- la hora estelar de los verdugos.

ESTÉTICA TRANSATLÁNTICA

Por HERMANN TERTSCH
El País  Martes, 18.01.05

COLUMNA

Pasado mañana se celebrará en Washington el acto solemne y multitudinario que una mayoría de europeos hubiera deseado no llegara a producirse nunca. Algunos incluso creyeron poder ayudar a impedirlo con extrañas alianzas transatlánticas con más vocación misionera que la que decían querer impedir. En un ambiente de exaltación patriótica, referencias e invocaciones al Dios de los Padres Fundadores, himnos a la firmeza y a la providencia y advertencias a los enemigos de la nación norteamericana, George W. Bush será investido por segunda vez como presidente de los Estados Unidos de América. La prensa mayoritaria y gran parte de la opinión pública europea volverán a reírse de la simbología norteamericana, ridiculizarán al electorado que le dio la mayoría al "tejano inculto", reiterarán los insultos al "cowboy Bush" en el mejor de los casos y al "asesino" en el peor y más común en ciertos sectores. Después de la fiesta, es previsible que el presidente Bush se retire a celebrar este gran día de su vida con su amplia familia, encabezada por el "daddy, Bush padre, one term president", sin siquiera enterarse de lo molestos que pueden estar, con el hecho de esta ceremonia, gentes tan diversas como el francés Jacques Chirac, francés, y Gaspar Llamazares, asturiano de adopción.
Lamentablemente, las diferencias transatlánticas actuales no pueden ser reducidas a caricatura y las simplezas políticas tan omnipresentes en las obscenidades patrióticas de una bolera republicana del medio oeste norteamericano como en las supuestamente sesudas elucubraciones de agrupaciones socialistas en Andalucía o Renania hacen mucha gracia mientras se ignoren las consecuencias.
Lo cierto es que renueva su poder como máximo dirigente de la única potencia mundial un líder que hoy cuenta mucho menos con sus aliados europeos que cuando llegó al poder hace cuatro años. Eso a pesar de que entonces se consideraba prácticamente omnipotente y hoy es consciente de que no lo es. Hoy sabe que el peso de la nación que dirige, con ser inmenso, no le garantiza la imposición de sus planes ni la seguridad interna y externa de sus compatriotas. Pero aunque se sabe dependiente de pasos de coordinación internacional, ya no apuesta por la ayuda y cooperación leal, ni siquiera con la solidaridad retórica, de Europa. Bush no hace referencia ni una sola vez a Europa y los aliados europeos en su larga entrevista a The Washington Post con motivo de la ceremonia de investidura. A algunos aquí eso les dará igual o lo considerarán una digna desvinculación consumada por parte de los europeos de aquel "monstruo jefe de las Azores". Hoy ya es un hecho que en una situación de extrema inseguridad internacional las esperanzas de una alianza global a favor de los valores democráticos y en contra de un terrorismo nihilista y mundial han quebrado. China, como era de esperar, no se siente aludida por el problema y Rusia sólo lo aprovecha para consumar, bajo miradas condescendientes, su retorno al zarismo con su jefe de la "Ojranka" -perdón, KGB; perdón, FSB- firme al timón.
¿Y Europa? Las reservas, incluso la resistencia de algunos de los principales estados europeos a apoyar hace tres años la respuesta de Bush a las amenazas abiertas por el 11-S, eran muy legítimas dada la prepotencia grotesca del equipo de neotrotskistas (más que neoconservadores) del Pentágono. Pero pronto se convirtió en un abierto sabotaje a la política en la que EE UU y Gran Bretaña han puesto los muertos para defender intereses comunes a todos nosotros. Se verá, ganen o pierdan ellos, la gran apuesta de Irak. ¿Qué pasa mientras tanto? Washington es consciente -también el iletrado Bush- de que los determinismos históricos que manejan algunos europeos por pereza mental y cierta dosis de cobardía provinciana son fantasmas que hoy rechazaría hasta un Hegel redivivo. Y que la historia está tan abierta -también al desastre para todos- que Europa no puede asistir a episodios trascendentes como Irak con esa inactividad y mirada condescendiente de quien pretende no ir, con el viejo-nuevo presidente Bush, en el mismo paquebote en semejante corriente. Todos ahogados, nadie tendría errores estéticos que lamentar.

MIRADAS LIMPIAS

Por HERMANN TERTSCH
El País  Martes, 11.01.05

COLUMNA

Hará unos veinte años se generó un gran escándalo en Viena en torno al proyecto de un monumento a las víctimas de la guerra y el Holocausto. A unos molestó el hecho de fomentar el recuerdo. A muchos su emplazamiento, en pleno centro, en el parque triangular que el desescombro dejó en 1945 entre la Ópera, el Hotel Sacher y el museo-archivo Albertina. No era un sitio ajeno a las víctimas. Allí se hundió bajo las bombas a finales de la guerra un refugio antiaéreo. Murieron sepultados cientos de vieneses. Una modesta placa lo recordaba. Para muchos bastaba. Otra cosa era construir un monumento para todas las víctimas de tres piezas de mármol, una representando al monstruo de la guerra, otra a un anciano judío fregando la acera con su cepillo de dientes -muchos judíos vieneses tuvieron que hacerlo en 1938 obligados por la S.A.- y una gran piedra con los nombres de los campos de exterminio nazis de toda la geografía europea del terror. Un monumento de recuerdo al peor pasado reciente en pleno centro turístico de Viena daría, se decía, una imagen nefasta de una ciudad en la que tantos viven de su imagen simpática y romántica. El proyecto salió adelante. Hoy el bello y desgarrador monumento de Alfred Hrdlichka es parte del paisaje urbano del primer distrito como la Ópera, las casas de Loos, el gótico de San Esteban o la Cripta de los Capuchinos. Lejos de restar armonía al entorno, la aumenta. Confiere continuidad estética, simbólica e histórica al centro y honra tanto a las víctimas como a quienes hicieron resurgir Viena de sus escombros físicos y morales y le devolvieron la dignidad.
Este invierno han irrumpido en el mercado alemán dos libros cuya fuerza benefactora es comparable a la ejercida por el monumento de Hrdlicka. Der Tote im Bunker (El muerto en el búnquer) es la crónica apasionante y conmovedora que hace el escritor y periodista Martin Pollack de su investigación sobre la vida de su padre real que siempre le fue ocultada, incluso por su padrastro cuyo apellido lleva. La reconstrucción de la vida de su padre, el oficial de las SS y criminal de guerra Gerhard Bast y de su entorno familiar, cultural y político es una dolorosísima gesta en busca de piezas para intentar entender, jamás justificar, cómo surgió el monstruo en aquel hombre, cómo el odio y el mal banal se pudo adueñar de tanta "gente normal".
Si apasionante es el libro de Pollack y dolorosísimo hubo de ser escribirlo, Verbesserte Ausgabe (Versión mejorada) del húngaro Peter Esterhazy es -no exagero- una obra de arte. Su gestación, genialmente inscrita dentro del relato de pasión que es el libro, es un canto a la humanidad y a la mirada limpia hacia el pasado, al amor traicionado y a la compasión hacia la víctima. Un canto al ser humano que camina entre los mundos del bien y del mal y tantas veces ha de ver como la levísima debilidad determina en qué lado es juzgado. Esterhazy acababa de terminar Armonía celestial, la historia de su gran familia de la aristocracia austrohúngara -mecenas de Haydn, favoritos de emperadores, íntegros, valientes y generosos-. Pero Esterhazy no presumía de familia ni títulos sino de su padre, de Matyas Esterhazy, noble represaliado bajo los comunistas que aguantó hasta su muerte todas las vejaciones y que, también después del sueño libertador de 1956, sacó adelante a su familia con cuatro hijos. Había concluido Armonía celestial, cuando se le ocurrió consultar, por curiosidad o vanidad, los archivos de la antigua policía política (AVO) en busca de su ficha. Horrorizado comprobó que con su ficha sin interés le entregaban cuatro gruesas carpetas que eran el producto de más de dos décadas de labor como confidente y delator de su amado padre. Versión corregida es -asumida como "corrección de Armonía celestial"- un libro sobrecogedor de un virtuosismo narrativo difícil de superar. Es un corazón partido por el dolor y la ira que exige explicaciones al padre otrora adorado. Como el monumento de Hrdlicka, llora por las víctimas y por los culpables, a los que exige explicación.
Cuando hoy son tantos los que aquí miran al pasado para reinventar la historia y sacar partido de ella desde su supuesta inocencia, bondad primigenia y una virginidad democrática nunca habida, las miradas limpias y valientes como éstas nos pueden sacar "del autoengaño de que la culpa siempre la tuvo el otro" como dice Esterhazy. Un autoengaño que esclaviza a hombres y sociedades por igual y sólo perpetúa los odios y enfrentamientos.

LOS POZOS NEGROS

Por HERMANN TERTSCH
El País  Martes, 04.01.05

CATÁSTROFE EN ASIA | TESTIMONIOS

No es difícil vaticinar que el año que empieza lo tenemos ya marcado por los terribles estertores del que acaba de concluir. Una catástrofe inverosímil acaba de dejar en terrible evidencia nuestra vulnerabilidad como especie. Nos ha dejado muy claro que la nave en la que cruzamos el tiempo de nuestra existencia con mayores o menores sinsabores, tragedias y alegrías, nos puede parecer una mísera barca remendada de Sri Lanka o los salones de primera clase del Titanic, pero siempre lleva el naufragio en el plan de singladura. Vivimos tan de espaldas a la muerte en las sociedades desarrolladas que su irrupción masiva en nuestra vida nos provoca, horror aparte, un desequilibrio abismal que hay que compensar con explicaciones para que no se altere en exceso nuestro devenir. De ahí que ante tragedias grandes o del todo inconcebibles como ésta, los espíritus sencillos se pongan a buscar y vender motivos y culpables. Al margen de las tan manidas religiosas y milenaristas, ya han surgido "explicaciones" que culpan -cómo no- a EE UU de hacer experimentos secretos en la atmósfera y bajo la superficie terrestre, de negar información a los afectados y de sabotear las ayudas de la ONU. Yanquis, ricos y militares, una vez más, aliados para sembrar muerte y miseria entre los desheredados. Mentiras ante el pozo negro.
Todas estas sandeces son inocuas comparadas con las manifestaciones de algunos turistas que revelan el grado de encanallamiento que se ha instalado en las sociedades ricas, que ignoran la muerte y por tanto las limitaciones humanas. "He perdido todo: el pasaporte, el dinero y toda mi ropa", decía un alemán, rodeado de cadáveres de indígenas y compatriotas. "No entiendo la falta de previsión del tour operador", espetaba un sueco. "Nadie se ocupa de nosotros", protestaba un padre pese a su inmensa suerte de recuperar a mujer e hijos. "Me van a oír en el ministerio. Así no se nos puede tratar", coreaban otros turistas. Miserias en el pozo negro.
Cierto que frente a estos deplorables ejemplos están la inmensa marea de solidaridad que bate todos los recórds, la movilización de Estados grandes y pequeños, millones de actuaciones individuales y gestos conmovedores. La solidaridad es sincera, aunque de corto recorrido. Son ahora los vivos los que demandan consuelo y ayuda. Paliar el dolor y generar esperanza son los máximos objetivos. Hay que volver a hacer posible la vida allí para que al tsunami no siga un seísmo cultural y político que convierta el sur de Asia en otro pozo negro. Ante los efectos de una catástrofe de dimensiones bíblicas, casi resulta una obscenidad hablar de nuestras inquietudes inmediatas. Y, sin embargo, este "año canino" también nos tiene reservado a nosotros, los españoles, su tsunami político que nos asoma al pozo negro. Amenaza a la vida y la hacienda de centenares de miles de compatriotas en el País Vasco y con dinamitar nuestro modelo de convivencia. Como ante la tragedia asiática, en esta crisis tan mezquina, la mayoría quiere creer que, puesta una vela a las víctimas, retornaremos a la vida de siempre. Tampoco aquí tiene razón. Nuestra catástrofe nacional, gestada sobre los cadáveres de casi mil españoles por una alianza entre el terrorismo y el nacionalismo de cuello blanco -ante la pasividad e indiferencia de tantos-, entró en fase de consumación en Vitoria el 30 de diciembre. Como en la Alemania de los años treinta, políticos formados en la democracia han decidido traicionarla para unir fuerzas y compartir fines con asesinos. En condiciones semejantes no ha lugar reforma alguna de la Constitución. Antes, los dos grandes partidos habrán de defenderla de la agresión. En Europa siempre ha despertado perplejidad que el éxito de España del último cuarto de siglo se viera continuamente cuestionado por nacionalismos cada vez más agresivos. Hoy se ve con estupor cómo sus instituciones violan las leyes y no pasa nada. Si ante este desafío la democracia española no se defiende con éxito, el estupor pronto tornará en desprecio. Nosotros chapotearemos en el pozo de la vergüenza y no pocos en el de la ignominia.

GRAN REVÉS PARA EL NUEVO ZAR

Por HERMANN TERTSCH
El País  Martes, 28.12.04

COLUMNA

Víktor Yúshenko es, por supuesto, el principal vencedor de las elecciones celebradas el pasado domingo en Ucrania. Ha ganado con rotundidad a un rival, Víktor Yanukóvich, que sabía que en buena lid sus posibilidades eran nulas. Los fraudes habidos en las dos vueltas de las elecciones frustradas fueron tan evidentes y obscenos precisamente por la falta de seguridad del mediocre Yanukóvich de poder cumplir con lo que le había encargado el presidente saliente, Leonid Kuchma, que no era otra cosa que garantizar la continuidad en el poder a la alianza entre el aparato comunista de seguridad y administración de Kiev y las diversas mafias ucranias y rusas.
"Sobreactuó" -como se dice ahora- en la estafa. Y con su burda actuación de intimidación mafiosa en los colegios electorales y de grotescos recuentos dejó en evidencia a todos. Ante todo a sus protectores, que eran Kuchma y el presidente ruso, Vladímir Putin. Ambos dieron por buenos los resultados de aquel gigantesco engaño y ambos tuvieron que reconocer después que la farsa en farsa quedaba y que habría que volver a votar. Ahora el resultado ha otorgado la presidencia a un hombre al que Putin, Kuchma y Yanukóvich han tachado en innumerables ocasiones de traidor y de espía occidental, al que ellos quisieron estafar y al que algunos envenenaron con dioxina. Dado que es improbable que Yúshenko fuera envenenado por sus seguidores, hay que pensar que entre sus enemigos alguien recurrió a esta solución imaginativa ante el temor, perfectamente justificado, de que Yanukóvich resultara ser un incapaz incluso para perpetrar un fraude un poco sofisticado.
Pero quien más pierde no es Yanukóvich, que, al fin y al cabo, era poco menos que un lacayo de hombres poderosos bastante más pulidos. Ni siquiera Kuchma, que, si comienza a ver excesivo interés de Yúshenko y su equipo en indagar en su pasado, el origen de su fortuna familiar y su implicación en desapariciones y ajustes de cuentas, tiene casa pagada y cuenta en Moscú. El gran perdedor ante el triunfo de la voluntad popular es Putin, que se equivocó esta vez pensando que Europa y EE UU también le aceptarían esta gamberrada y entenderían como en tantas ocasiones del pasado reciente que el Kremlin puede ser un poco tosco en las formas, pero tiene un fondo tierno y demócrata. En Rusia, Putin ha puesto ya fin al proceso hacia la democracia y la transparencia. A muchos en Occidente no les parece mal y tienen sus buenas razones. Siglos de Iglesia ortodoxa, zarismo y comunismo han mantenido a la masa del pueblo ruso al margen de la noción de responsabilidad individual. Sin un poder central fuerte y mecanismos claros y contundentes, la desestabilización de este gigante sería cuestión de tiempo -poco- y pondría en grave peligro la seguridad europea. Putin ha demostrado sobradamente que Europa occidental no tiene nada que temer de su régimen autoritario. Por eso nadie ha dicho nada cuando ha abolido las elecciones a gobernadores de las repúblicas y decidido que es más fácil que los elija él mismo.
Pero un zarismo más o menos ilustrado en Rusia nada tiene que ver (¿o sí?) con los intentos de Putin de recomponer un imperio a costa de las libertades de los vecinos. Se toleró que apadrinara la dictadura en Bielorrusia. Pero en Ucrania, en este limes de Europa, se libra la gran lucha entre el oscurantismo y el poder vertical de la ortodoxia, del nuevo zar y del comunismo mafioso y la democracia occidental de una sociedad abierta y articulada horizontalmente. Bruselas -felicidades- y Washington lo vieron a tiempo. Le dijeron al zar que por ahí no pasaban. Y ganó la sociedad abierta esta primera batalla. Pero atentos, porque el pulso continuará mientras Rusia no se libere de mil años de historia. Los que nos alegramos por la victoria en Ucrania no lo veremos.

viernes, 20 de julio de 2018

LA SOBERBIA DEL DÉBIL: EFECTOS NO COLATERALES

Por HERMANN TERTSCH
El País  Martes, 21.12.04

COLUMNA

La imagen se aferra a la retina. Es portada en periódicos de todo el mundo. Tres pistoleros matan en la calle, a plena luz del día, a unos iraquíes que trabajaban en la comisión que organiza las elecciones generales de enero. No había nadie cerca que pudiera ayudar a estos infelices cooperantes en la creación de condiciones para que los iraquíes puedan elegir a su Gobierno por primera vez en la historia. Miles de iraquíes han muerto de la misma forma en los últimos meses, en las colas de alistamiento para la policía y el ejército que han de proteger el desarrollo de los comicios, inaugurando instalaciones de agua potable para la población o intentando normalizar los suministros de alimentos o electricidad a sus compatriotas. O acudiendo a rezar como el domingo en Nayaf y Kerbala.
Desde que quedó claro que -salvo catástrofe que hasta hoy no se ha dado- las elecciones serán el día 30, los grupos terroristas de sectores del sunnismo, de la red internacional del jordano Al Zarkawi y bandas de delincuentes se han lanzado a una espiral de violencia para impedir la consulta. No les conviene el éxito de este gigantesco paso hacia la plena legitimización de un Gobierno iraquí y de un parlamento constituyente, un hito histórico en Oriente Próximo. Pese a ello, centenares de individuos, partidos y listas conjuntas se han inscrito ya para participar en las elecciones. Decenas de miles de iraquíes se juegan la vida -como los tres muertos del domingo- preparando los comicios. Millones parecen dispuestos a votar pese a las amenazas. Como hicieron los afganos hace poco.
Parecería lógico esperar que todo ello generara en el mundo una corriente de simpatía y apoyo hacia esta oportunidad para los iraquíes de decir en las urnas "sí" al Gobierno de la mayoría y respeto a las minorías, "no" al terror y a las dictaduras vitalicias. Cabría pensar que incluso los más críticos con la invasión, pasados los momentos más duros de desavenencias transatlánticas, se avendrían a participar en este proyecto de estabilización de Irak en el que la alternativa a la victoria de la democracia es el triunfo de un enemigo a muerte de todas nuestras sociedades abiertas. Pues no en Europa. Cada atentado terrorista contra el pueblo iraquí y su derecho a expresarse se recibe en la mayoría de los medios europeos como una bienvenida confirmación de que la razón está con los Gobiernos europeos que no apoyaron -cuando no sabotearon- la política de Washington y sus aliados. "Se lo advertimos y allá se apañen", parece la consigna de mucho Gobierno y de unas sociedades fáciles de convencer de que están más seguras parapetadas tras la neutralidad. Las demandas de ayuda de EE UU y los iraquíes han sido ignoradas sistemáticamente. "Solidaridad atlántica" lo llaman. O la soberbia del débil, insensible a las consecuencias de su pasividad.
Si esta postura es casi tan cobarde como irresponsable y ciega, roza la infamia al glorificar como insurgentes o resistencia nacional a quienes aterrorizan a los iraquíes. Una insurrección popular es algo muy distinto en cantidad y calidad como bien saben quienes se esconden tras este término para no hacer nada ante la barbarie que intenta dinamitar los comicios. Es posible que, con sólo cien instructores de cada país de la OTAN ayudando a las tropas iraquíes, estuvieran hoy vivos los tres trabajadores citados y muchos de los muertos de estos meses. La traición a los aliados americanos, británicos y de otros países y ante todo al pueblo iraquí, lo es también a la seguridad europea. La paz por separado como respuesta a una amenaza común es indigna y además inútil como demuestra la historia. En Europa tiene tradición. Aquí ya somos especialistas. Hay quien cree que así gana simpatías y seguridad. En realidad sólo genera desprecio y fama de presa fácil. El presidente George W. Bush ha sido proclamado "persona del año" de la revista Time por aguantar y convencer a su pueblo de que hay que hacerlo. Las democracias europeas, que existen gracias a la decisión de Washington de combatir a la tiranía con sangre americana vertida lejos del hogar, jamás han exportado la democracia a ninguna parte. Si llegara a Irak, se recordará que fue a pesar de ellas.

LECCIÓN DE DOLOR Y RAZÓN

Por HERMANN TERTSCH
El País  Jueves, 16.12.04

LA INVESTIGACIÓN DEL 11-M

Probablemente sea la música clásica el arte en el que mejor se puedan aislar los momentos de esa pureza sublime del sentir humano que nos libera del entorno, la voluntad y el recuerdo y nos eleva brevemente a una comunión con lo que intuimos es lo mejor de nosotros mismos. Ayer hubo ciertos instantes en que, escuchando a Pilar Manjón, la portavoz de la Asociación 11-M Afectados por el Terrorismo, se podía sentir esa misma emoción del tacto con la esencia del ser humano. Momentos en los que humildad, dolor, vulnerabilidad y convicción adquirieron tal fuerza y equilibrio entre sí que las frases de aquella "madre coraje" de luto fluían con desgarradora belleza, con cruel veracidad, exigiendo a todos la activación de esa verdad tan primigenia y tan aturdida en todos nosotros que es la tan desacreditada bondad.
Me atrevo a pensar que nunca han sonado en nuestro Parlamento palabras de calidad tan absoluta. Como creo que la máxima brillantez oratoria combinada con la más excelsa articulación de las ideas más profundas difícilmente podrá tocarnos con esa armonía tantas teclas del alma. No es esto un panegírico de la señora Manjón. Fue probablemente una casualidad -una gloriosa casualidad- que fuera ella la destinada a convertirse en el "medium" que, quizás no del todo consciente, habría de transmitir de forma tan terriblemente bella a la sociedad española una suerte de hechos y sentimientos que forjan una verdad que, en nuestra sociedad voraz, vanidosa y mezquina, sólo el abismo del luto desvela.
Todos sin exclusión tuvimos ayer la suerte de poder sentir vergüenza ante la disección de nuestras miserias y la exposición de muecas y palabras de las que muchos nos arrepentimos. Toda la sociedad española. También la señora Manjón que en el pasado no fue ajena al aquelarre nacional que tacha de asesinos a quienes no lo son y niega al adversario toda buena fe y las virtudes que admira en "los suyos". La danza sectaria continua. Mientras unos españoles podían emocionarse con palabras pronunciadas en nombre de los muertos, otros deglutían en prensa y radio opiniones rezumantes de odio y desprecio al adversario político, mal absoluto que no merece oído ni cuartel.
Manjón y quienes con ella prepararon su inolvidable intervención se liberaron ayer de la losa del odio que tantos españoles llevan encima y se elevaron por encima de su dolorosa cotidianidad, sus prejuicios y sus muy probables rencores. Serán quizás pocos los que atiendan a esta memorable y dolorosa lección de intentar ser mejor sin negarle al prójimo la misma voluntad de serlo. Quienes lo hagan podrán estar siempre agradecidos a las palabras que sonaron ayer en el corazón de España.

SOBRE CONSTITUCIONES, RETOS Y AVENTURAS

Por HERMANN TERTSCH
El País  Martes, 14.12.04

COLUMNA

En febrero nos quieren convertir a los españoles en los europeos ejemplares por enseñar a los demás que somos los más fervientes partidarios de algo que no conocemos, es decir, la Constitución europea. Vaya por delante que somos bastantes los que ya hemos decidido ir a votar en favor de esta Constitución que, como no podía ser de otra forma, no nos parece ni la ideal ni la mejor posible. Sí nos parece la mejor opción que se nos ofrece tras hundirse las últimas resistencias a ciertos desequilibrios que países como el nuestro pueden lamentar en el futuro si resulta que el amor que nos profesan algunos socios mayores no es tan firme ni perenne como aseguran nuestros gobernantes. Pero ya no importa si no se pudo o no se quiso intentar preservar posiciones más cautelosas porque se ha impuesto la certeza de la existencia del bien y la generosidad absolutos y que ambos son oriundos de Berlín y París.
Habrá que votar con un sí a la constitución, con entusiasmo o sin él. Aunque solo fuera porque la alternativa sería un desastre. No una tragedia, pero sí un desastre. Y hay que animar a todo el mundo a votar -afirmativamente- porque el desastre es posible y lo es por la ocurrencia de someter la ratificación de la Constitución a referéndum, cuando tenemos un Parlamento recién estrenado al que nadie puede seriamente negar legitimidad y potestad para confirmar el compromiso español con la Carta Magna europea. Como no hay jardín en el que no entremos últimamente, quedan diez semanas para movilizar al electorado y convencerle, no ya para la imposible empresa de leerse y valorar la Constitución, sino de que se levante otro domingo para volver al colegio electoral. No debe extrañar que en esta situación surjan ideas peregrinas como la del Gran Hermano o la conversión a la militancia europeísta de "personalidades de la cultura" que hace quince años insultaban a los polacos, a Vaclav Havel y a los alemanes orientales por quererse unir a la "globalización salvaje" y aun hoy son tiernos compadres de Castro y Chávez.
Quizás no baste con este despliegue de imaginación. Tal como anda el patio político y el prestigio que parecen haber obtenido las sectas en los dos grandes partidos, no es improbable -quizás necio, pero no improbable- que parte de los votantes del PP opten por la abstención o el no para no ayudar a un éxito del referéndum que el Gobierno pudiera atribuirse. Tampoco parece probable que el Gobierno arrastre a las masas a las urnas a no ser que realmente presente la consulta como un plebiscito, lo que no parece muy conveniente. El PP tendrá que convencer a sus electores argumentando que la Constitución europea, un Tratado entre Estados, hace inviables los experimentos secesionistas en marcha en Cataluña y el País Vasco. No será fácil cuando todos son testigos de que una Constitución mucho más explícita en la defensa de la unidad nacional, fuerte y ratificada por una inmensa mayoría, la Española de 1978, sufre contínuos embates, cuestionamientos y planes de voladura más o menos controlada. El Partido Socialista habrá de convencer a los suyos de que es buena una Constitución que rechazan todos sus socios en Barcelona y Madrid. En fin, que con el ambientazo de estos últimos meses, habría sido todo más fácil de resolver entre parlamentarios que entre radioyentes.
El pasado sábado, en el Recinto Ferial de Madrid, no lejos de donde delegados de Izquierda Unida limaban asperezas en su búsqueda del cuadro ideal para la lucha final, cientos de ciudadanos de toda España aplaudían al ministro del Interior, Antonio Alonso, y al dirigente del PP en Estrasburgo, Jaime Mayor Oreja, por reafirmar lo que debiera ser obvio, la necesidad de que los dos grandes partidos actúen juntos en la lucha de todas las "cuestiones de Estado". Entre las primeras figuraría la preservación del Estado mismo. Estos ciudadanos exigían a PSOE y PP responsabilidad y fin a la orgía de sectarismo, el sí a la Constitución europea y también, y ante todo, a la española. Alex Vidal Cuadras y Josep Borrell clausuraron el acto y por lo que dijeron estaban de acuerdo. ¡Ojalá vivieran más cerca!

EL JINETE HÚNGARO

Por HERMANN TERTSCH
El País  Martes, 07.12.04

COLUMNA

El electorado de Hungría ha dado una magnífica lección a aquellos que querían inocularle nuevas dosis de nacionalismo al ignorar en su inmensa mayoría el referéndum convocado para conceder la nacionalidad a los casi 3,5 millones de húngaros que viven fuera de las fronteras húngaras. Tan sólo votó el 37% de los convocados, e incluso de los que se tomaron la molestia de acudir a las urnas prácticamente la mitad votó con un no. Les ha salido mal la jugada a las huestes patrióticas de un ex primer ministro, Víktor Orban, que, sin alternativa real a la política del Gobierno de Ferenc Gyurcsany, habían apostado por resucitar a uno de los nacionalismos más agresivos del viejo continente. Los millones de húngaros que se quedaron fuera de las fronteras de Hungría por obvias injusticias del Tratado de Trianón de 1919, venganza de los vencedores por la contumacia del nacionalismo magiar, seguirán siendo lo que son: ciudadanos de países vecinos cuya lengua materna es el húngaro. El fracaso de la llamada de la sangre ha sido rotundo. Hay que felicitarse por ello. Los caballos se quedan en su Puszta. Tres cuartos de siglo después de aquella tragedia nacional, los húngaros pasan página y, en democracia, abjuran del nacionalismo victimista que los convirtió en represores odiados por todos los pueblos vecinos. ¡Qué contraste con otros que han de nutrir su victimismo de fechas mucho más remotas, ciertas ellas o inventadas!
El nacionalismo, despreciado por los húngaros el domingo pasado, comenzó -como tantos otros- su andadura hacia la catástrofe en la revolución burguesa de 1848. Ya entonces, su líder, Lajos Kossuth, demostró que los mismos patriotas que exigían de Viena un respeto a la pluralidad eran implacables en la represión de sus propias minorías. Cuando, proclamada la que sería fugaz república de Hungría, Dorde von Stratimirovic, un gran oficial serbio del Ejército austriaco y patriota del imperio plurinacional, fue a pedirle a Kossuth derechos y autonomía para los serbios, éste respondió que la homogeneización magiar era la nueva doctrina de Estado y advirtió a Stratimirovic de que los serbios debían someterse "por la palabra o la espada". Viena, sacudida por la revolución, pudo hacer poco para proteger a sus minorías y se concentró en recuperar el poder en Budapest, lo que lograría con ayuda del Imperio Ruso. Pocos años más tarde -muchos menos de los que lleva vigente hoy en España una Constitución que muchas de sus instituciones ya ignoran-, Austria sufría en 1866 en Sadowa de Bohemia (Königgrätz, en alemán) una terrible derrota militar ante la Prusia del recién estrenado Bismarck. Los nacionalistas húngaros se lanzaron entonces a una ofensiva masiva de chantajes y lealtades mutantes para acabar arrancando en 1867 al débil Gobierno de un muy debilitado Imperio el llamado "Ausgleich" (Compromiso), que daba a los húngaros la práctica soberanía de todos los territorios al este del río Leitha. Se mantenía una unión personal al emperador austriaco como rey de Hungría (el águila bicéfala) y, eso sí, los grandes beneficios del comercio libre con el resto del imperio, especialmente con las regiones industrializadas de Bohemia, Moravia y Baja Austria.
En cuanto tuvo las competencias necesarias, Budapest impuso una implacable magiarización en todos los territorios de "Transleithania" violando las leyes fundamentales que dictaban "todas las nacionalidades del Estado tienen los mismos derechos, todas tienen el derecho inalienable de preservar y cultivar su nacionalidad y su lengua. Los derechos iguales de todas las lenguas son garantizados por el Estado en escuelas, administración y vida pública". La violación sistemática de estos derechos generó tanto odio hacia Budapest como hacia Viena -a quien se hacía responsable-. En otras partes del imperio surgieron con virulencia demandas nacionalistas ante el agravio comparativo con Hungría. Los checos y los polacos de Galizia (hoy Ucrania occidental) exigieron la misma autonomía y libertad para aplastar a sus propias minorías. Esta evolución marca el comienzo del fin del imperio multinacional. Entonces comenzó su siniestra cabalgada el delirio colectivo nacionalista. Decenas de millones de muertos después, mientras los húngaros se bajan del caballo, aquí cada día son más los que tienen cara de jinetes.

DE LA KRAJINA A LA UCRANIA

Por HERMANN TERTSCH
El País  Martes, 30.11.04

COLUMNA

La Krajina en los Balcanes tuvo a principios de la década de los noventa sus momentos de gloria negra gracias a la facilidad para matar y morir de que hacían gala sus habitantes. Fue esta franja irregular que se extiende desde la costa dálmata, por Knin, atravesando Bosnia hasta el Danubio en Vukovar (¿recuerdan los nombres?). Fue cuna de gran parte de los criminales de guerra serbios y croatas y escenario de algunas de las mayores matanzas de aquella guerra. El término "Krajina", equivale al "limes" latino, es "la frontera" y daba nombre a la región fronteriza entre el Imperio Habsburgo y el Otomano. Viena reclutaba a serbios del sur para que habitaran y defendieran aquellas tierras de incursiones turcas. Cuando el Imperio otomano se hundió, estos serbios rompieron sus lazos con Centroeuropa y se unieron a la Gran Serbia que fue la Yugoslavia monárquica. En la II Guerra Mundial, la Krajina se convirtió en un inmenso matadero en el que ustachas croatas, cetniks serbios, las SS nazis y los partisanos competían en atrocidades. Tras romperse la Yugoslavia comunista en 1991, estos serbios, instigados por Milosevic, se levantaron en armas. Así comenzó la guerra de los Balcanes.
Viajemos ahora un poco hacia las estepas orientales por encima de la Pannonia húngara y los Cárpatos rumanos hasta Ucrania (U Krajina), que, como su nombre indica fue la región fronteriza occidental del imperio medieval ruso cuya capital era Kiev. Allí, como en la Krajina, quebró el imperio global cristiano con la ruptura entre Roma y Bizancio. Al oeste del limes ucranio, lituanos, polacos y austriacos, bajo la iglesia occidental, pasaron por las luchas y contradicciones que llevaron a Europa a la Ilustración. Al este, en los Balcanes y en la panza de Rusia, la alianza de iglesia ortodoxa, poder absoluto y feudalismo llegó intacta al siglo XX. Se trata en realidad de una larga Krajina que hace un arco desde Dubrovnik por la Vojvodina, Transilvania y Bukovina, parte en dos a Ucrania y Bielorrusia y por las fronteras orientales de los países bálticos llega a Narva, en el Mar de Finlandia.
Hoy, tras fracasar el obsceno pucherazo electoral organizado en Ucrania por la santa alianza de mafia y checa -la misma que dirige en Moscú el celebrado Vladímir Putin- la frontera cultural ha entrado en ebullición. Y al igual que hizo Milosevic con el panserbismo en Croacia, el panrusismo llama a la secesión del sureste para combatir la victoria en las urnas de los nuevos sicarios de Occidente, antes los fieles a la Iglesia Uniata -católicos de rito oriental-, hoy los demócratas que no quieren sumirse en el pozo del neozarismo de Putin. La secesión arrebataría a Ucrania la industria y los recursos naturales además de su salida al Mar Negro con Crimea. Sería por tanto un claro casus belli. Sólo Putin puede evitarlo y habrá que convencerle. La historia de Ucrania se diferencia de la de Krajina por las dimensiones de sus matanzas. Nacionalistas, cosacos, bolcheviques y alemanes mataron allí con igual crueldad pero más que croatas, serbios y alemanes en los Balcanes. Aunque sólo fuera por mayor disponibilidad de víctimas. Otra diferencia radica en el mentor de la posible secesión y catástrofe. En la Krajina era un satrapilla balcánico. Ahora es Putin. No es lo mismo.
Una Ucrania democrática es un peligro para Putin. Las sinergias entre rusos a ambos lados de la frontera que utiliza para la injerencia podrían servir para reavivar las esperanzas en Rusia de una población hundida en la resignación y el fatalismo. Por ello conviene que la UE y EE UU despierten del sueño de armonía que les ha impedido ver la naturaleza del régimen de Putin. Hablen con Moscú, con cordialidad pero dejando claro que se acabaron los tiempos de dictar la voluntad al vecino. EE UU y UE intervinieron con eficacia ante la burla electoral. Ahora han de dejar claro que se acabó la era del entreguismo, ese talante con el que algunos se dedican a apaciguar a los enemigos entregándoles lo que no es patrimonio ni del chantajista ni del débil entreguista.

EL MONSTRUO IRREDENTO

Por HERMANN TERTSCH
El País  Viernes, 26.11.04

REPORTAJE

Cartas de Mengele revelan que murió creyendo en el superhombre ario

El que fuera médico de Auschwitz criticaba a otros nazis porque habían mostrado arrepentimiento

Era probablemente la persona y el nombre que mejor ha simbolizado todo el horror del nacionalsocialismo y del holocausto. Mucho se ha escrito sobre la vida y la mente diabólica de Hitler, sobre el fanatismo de Goebbels, la falta de escrúpulos de Göring, el sadismo de Himmler o el escalofriante rigor burocrático de Eichmann. Pero en ninguno de ellos confluyen como en el doctor Josef Mengele -conocido como el ángel de la muerte del campo de exterminio de Auschwitz-, teoría y práctica del holocausto, de la selección racial y el experimento científico con seres humanos.
Aún hoy tiemblan los supervivientes cuando recuerdan la espigada figura del médico y capitán de las SS en la tristemente célebre "rampa de la muerte" de Auschwitz seleccionando entre los prisioneros a quienes podían trabajar, quienes iban directamente a la cámara de gas y a los niños, mujeres y hombres con peculiaridades físicas que utilizaba para sus experimentos. Su siniestra fama se convirtió en terrible leyenda cuando desapareció después de la guerra. Durante 34 años vivió huido e impune, bajo un sinfín de nombres, protegido por otros nazis en Latinoamérica, hasta que en 1979 murió ahogado en una playa de Brasil. Los intentos de localizarlo y capturarlo fracasaron siempre. Hasta 1985 no se pudo confirmar su muerte.
Ahora, 25 años después de ahogarse en la playa brasileña de Bertioga, salen a la luz unas cartas inéditas suyas a amigos y familiares que demuestran que Mengele murió como un nazi convencido y firme defensor de la pureza aria como defensa contra el contagio de debilidades y vicios de las "razas inferiores". Son 85 escritos confiscados hace 20 años en la casa de amigos suyos y después olvidados en los archivos de la policía brasileña. Ahora han sido traducidos del alemán y publicados por el diario Folha de São Paulo. Son testimonios banales de la vida de fugitivo de quien sin duda fue uno de los asesinos más crueles y sofisticados de la historia. Pero una y otra vez aparecen comentarios y reflexiones que revelan a un Mengele que de nada se arrepentía y seguía obsesionado por la pureza de las razas superiores y la validez de los principios ideológicos del nazismo a los que de forma tan destacada sirvió.
En uno de los documentos, destinado a su diario en 1976, escribió que estaba leyendo las memorias de Albert Speer, el que fuera ministro de Armamento y arquitecto favorito de Hitler. Speer, juzgado en Núremberg, escribió sus memorias mientras cumplía los 20 años de condena que le fue impuesta. El ángel de la muerte ve en el libro disculpas y lamentos inaceptables. "Se ha humillado [Speer] y se muestra arrepentido, lo que resulta muy lamentable", comenta Mengele. Aunque en ninguna de las cartas aparece referencia a su paso por Auschwitz, sí hay frecuentes comentarios sobre el "peligro de la mezcla de razas siempre que no sean muy similares". Según dice en 1972, Latinoamérica "corre un serio peligro si disminuye el peso de las razas nórdicas; la civilización creada por los europeos en otras partes del mundo sólo es ejemplo de éxito allí donde los blancos no se han mezclado". Y elogia la segregación racial de Suráfrica, entonces en su cenit. A EE UU le augura un futuro de ruina por "su exceso de mezcla".
En otra carta protesta porque una sobrina suya tiene un novio de origen alemán que no comparte "la ideología aria". Mengele vivió tres años escondido en Baviera tras la guerra y después, gracias a las redes de apoyo nazis, huyó a la Argentina de Perón; después, a Paraguay, y finalmente se instaló en Brasil. Allí murió sin ser juzgado siquiera por su conciencia, como revelan sus escritos después de 34 años de ser uno de los criminales más buscados del mundo.
Imágenes de Mengele manejadas por la policía de Brasil. AP

EL DESPRESTIGIO DE LAS DEMOCRACIAS

Por HERMANN TERTSCH
El País  Martes, 23.11.04

COLUMNA

Las imágenes que ayer emitían las televisiones desde Kiev -decenas de miles de personas enarbolando banderas y exigiendo democracia- evocaban aquellos tiempos tan prometedores de 1989 cuando millones de centroeuropeos se movilizaron para demostrar a los dirigentes comunistas que su reino de miedo y mentira se hundía por momentos. En Leipzig y en Berlín, en Praga y en Bucarest, la población sometida por los regímenes más reaccionarios y represivos del agonizante imperio soviético exigía democracia y ciudadanía. Por aquel entonces el mundo parecía cabalgar sobre la certeza de que la democracia, el sistema más justo y humano jamás habido, estaba a punto de lograr una victoria global y definitiva sobre todas las demás formas de gobierno. Con la transición y la Constitución española de 1978 había comenzado, tan sólo 11 años antes, una carrera triunfal de la democracia ante la que ya se habían plegado dictaduras latinoamericanas y despotismos asiáticos. Centenares de miles de estudiantes desafiaban en Pekín al régimen comunista y las grietas en el telón de acero eran cada vez mayores, primero en Hungría, después en Checoslovaquia, finalmente en Berlín. Nunca había gozado la democracia de tanto prestigio. Salvo los dictadores, sus lacayos y trovadores a ambos lados del muro, nadie ponía en duda su superioridad moral.
Tres lustros después son muchos los motivos para sonreír cansinamente cuando se evocan aquellos entusiasmos y la aceptación universal de un determinismo histórico tan falso como el cultivado por el "socialismo real". Los ucranios que se manifiestan desde ayer contra el burdo pucherazo electoral del mafia-sozialismus del presidente Leonid Kuchma y su alevín y sucesor Víktor Yanukóvich quieren sin duda una democracia. Pero su desesperación ante la farsa electoral se debe menos a lo que esperan de la democracia que a la impresión general de que las posibilidades de conseguirla se diluyen con el paso del tiempo. Como sucedió hace unos meses en el fraudulento referéndum para la proclamación de la omnipotencia de Lukashenko en Bielorrusia -hoy una dictadura ya sin complejos-, los ucranios ilustrados protestan bajo el síndrome del "ahora o nunca". Saben bien lo que pasó en Bielorrusia y lo que sucede en Rusia, donde Vladímir Putin se ha apañado un despotismo más o menos ilustrado a su medida contando con la comprensión cuando no el aplauso de Occidente.
Putin ya ha felicitado a los ladrones de votos sin dejarse conmover por las denuncias de la OSCE, de la UE y de Washington. No pasa nada. Las sólidas amistades aguantan de todo. En su cita en Santiago de Chile, Putin y Bush habrán dedicado tanto tiempo a hablar de la democracia en Ucrania o Rusia como a los presos de Guantánamo. Además, el otro gran amigo presente, el presidente chino Hu Jintao, no habría entendido nada. Hu Jintao ha sido la estrella de la Cumbre Asia-Pacífico, como bien contaba el enviado de este periódico, Fernando Gualdoni. Porque en Santiago sí se ha hablado de cosas serias, no en Costa Rica. Lula y Lagos lo sabían. ¿Quién va a provocar con discursos sobre trabajo forzoso, esclavitud, ejecuciones o democracia al gran timonel de la mayor dictadura del mundo cuando llega como inversor? ¿Cuántos insultaron en las calles de Santiago al jefe de la dictadura china y cuántos al presidente de la mayor democracia del mundo?
Estos avatares no deben preocuparnos a nosotros que ya gozamos del aplauso de nada menos que Hugo Chávez. Cierto que viendo los países que visita en su gira -España, Libia, Irán, Rusia y Qatar- algún aprensivo lamentará que nos incluyera en el lote. Pero eso son temores a que se nos ponga cara de "no alineados". Y nosotros no tememos a nada en nuestra juvenil impaciencia por lograr un orden internacional más justo y fraternal entre las civilizaciones. Tiemblen la Casa Blanca, el FMI y el Banco Mundial de Rodrigo Rato. La paciencia se la recetamos a los cubanos. Esperen soluciones imaginativas. Ante este "baile mortuorio de los valores" -decía Arnold Schönberg-, no debería sorprender que los ucranios estén inquietos. La democracia no cotiza al alza.