Por HERMANN TERTSCH
El País, Budapest,
25.03.90
UNA NUEVA EUROPA
Los magiares votan hoy en sus primeras elecciones libres con
la mente puesta en mejorar el nivel de vida
Tovarish, koniez! (Camarada, se acabó) es el lema que
aparece en un cartel electoral, en el que se dibuja la parte
posterior de un oficial ruso de nuca rolliza y gorra de plato. La pancarta ha
causado furor entre húngaros y extranjeros, y se ha llegado a vender a precios
desorbitados de más de 500 forintos (unas 1.050 pesetas) a turistas soviéticos.
Hace dos años, este cartel colgado en casa hubiera causado serios problemas con
la policía al propietario. Hoy es prácticamente omnipresente y osa mostrarse
incluso en las puertas de la metalúrgica de Csepel, un barrio de Budapest
bastión comunista desde los años treinta. En Csepel aún queda algún comunista,
especie humana ya extinguida en la mayor parte de Hungría, este pequeño país
que fue pionero de las reformas del socialismo y que, al igual que sus vecinos
y compañeros de viaje hacia el comunismo, llegó a la conclusión de que el
sistema no tenía nada que reformar y había de ser liquidado. Precisamente esto
es lo que hará el vencedor de las elecciones generales que hoy celebra Hungría,
las primeras libres desde hace 44 años.
Han sido cuatro largas décadas de represión, sumisión, una
heroica revuelta en 1956, su inmenso saldo en muertos, torturados y fugitivos y un imparable declinar económico que finalmente llevó a la tumba este proyecto
histórico de redención humana. Hungría retorna a una democracia en la que, en
el estricto sentido del término, jamás vivió. La república de los soviets
de Bela Kun surgió en 1919 con el hundimiento del imperio austrohúngaro.
Liquidada un año después, dio paso a una confusa democracia autoritaria y
corrupta con la supervivencia de las estructuras feudales y patriarcales.
El almirante Miklos Horthy se hizo con el poder de este país
que ya había dejado 20 años antes de tener acceso al mar, pero que aún hoy
tiene su Marina de agua dulce que patrulla por el Danubio. Horthy cayó tras
resistirse a los deseos más extremos de su aliado Adolfo Hitler y la sangre
corrió a raudales por los muelles de esta ciudad centroeuropea durante el
último año de la gran guerra.
Hoy los húngaros concluyen un trágico cielo de su historia
que ha hecho para ellos del siglo XX una era sangrienta como muy pocas desde
que las tribus magiares, procedentes de las estepas de Mongolia, decidieran
establecerse en las fértiles llanuras de la planicie y en los Cárpatos. Sin
embargo, este pueblo está muy lejos de la euforia que muchos considerarían
lógica ante la conquista de la soberanía. Decapitado ya hace más de un año el
régimen comunista, vencidas sus resistencias políticas, la apatía, la
desmoralización y el sálvese quien pueda se han extendido como una gran mancha
de aceite que todo lo anega.
La 'casa blanca'
La casa blanca, como llamaban irónicamente los
húngaros a la sede del partido comunista a orillas del Danubio ha sido durante
décadas el centro de poder de Hungría. Allí se tomaban las decisiones que los
gobiernos acataban dócilmente sin reparar en su sinsentido o crueldad. Hoy es
la triste sede electoral de un partido cuya máxima ambición es lograr que sus
principales dirigentes consigan un escaño. Con un 15% de los votos se darían
con un canto en los dientes.
La dramática situación económica, parte de la herencia
comunista, requiere soluciones de urgencia. Los precios suben y suben. Los
sueldos apenas llegan para pagar los alquileres de viviendas, que se han
disparado en los últimos años. La liberalización de precios, la especulación y
el desorden fiscal que han reinado en los años de apertura han creado bastantes
fortunas y muchas miserias.
En diciembre se manifestaron por primera vez en Budapest los
húngaros que no tienen casa y se ven obligados a sobrevivir en los duros
inviernos en las estaciones de ferrocarril o galerías comerciales que no
cierran por la noche. Duermen sobre cartones y, entre trapos.
El pueblo húngaro siempre ha tenido una extraña melancolía.
Es éste el pueblo de mayor índice de suicidios de Europa. La eterna
contradicción entre progreso y patria, futuro y tradición, sigue irresuelta en
el alma de la nación. Al frenesí consumista de un pueblo sediento de
bienestares terrenales se enfrenta el sueño histórico del "gran pueblo
magiar", el mito de la esencia de esta nación rodeada por eslavos y
latinos. En la campaña electoral estas dos tendencias clásicas en el
pensamiento húngaro han estado representadas por el Foro Democrático Húngaro (MDF)
la una y, la Alianza de Demócratas Libres (SzDSz) la otra.
El MDF apela al nacionalismo, a la "herencia y pureza
de la raza magiar". No son pocos los electores de este Foro que califican
al SzDSz como el "partido de los judíos", como tampoco son pocos los
liberales que caen en la clásica arrogancia intelectual de una elite que
desprecia al pueblo, en gran parte campesino, en su mayoría no ilustrado y por
lo general tradicionalista.
"Votaremos al Foro Democrático o a la Alianza de
Demócratas Libre, no sabemos a cuál porque tampoco conocemos bien ni los
partidos ni las diferencias. Eso sí, ninguno votará por el Partido Socialista y
mucho menos por el Socialista Obrero (PSOH), porque a éstos sí que los
conocemos. Por desgracia, bastante bien". Esta frase se puede oír en toda
Hungría, si bien en las zonas más tradicionalistas del campo húngaro son los
Pequeños Campesinos y no los Demócratas Libres la alternativa al Foro. El resultado entre los seis millones de electores en el campo dependerá mucho del
grado de conservación de las estructuras familiares patriarcales.
Mientras, siguen subiendo los precios. Pronto la gente se
acordará de la era Kadar, en que "alquileres y precios no subían, había
protección social y no se permitía la especulación. Había orden en este
país". Estos son argumentos de los comunistas tradicionales, integrados en
un grupo de 85.000 militantes del PSOH que se negaron a la transformación en partido socialista emprendido por la cúpula. Fenómeno
más descabellado que esta inflación galopante es la privatización húngara.
Ante el naufragio del Estado comunista, los mandos de fábricas, institutos e
incluso pinacotecas y bibliotecas han inventado una privatización que
pasa por la creación de sociedades. Ellos establecen los precios de las
participaciones y las compran antes de que nadie pueda pujar por las mismas.
Así el patrimonio del Estado pasa sin mayores problemas a manos de sus antiguos
gestores y ya flamantes propietarios. Las privatizaciones necesarias, como la
de la tierra, sufren, sin embargo, un bloqueo sistemático por parte de
las mafias instaladas en los pueblos y las cooperativas.
La vida se ha puesto muy difícil, y la ayuda de los
occidentales, tan dispuestos a la palmadita en el hombro de los húngaros por su
"valentía en la liquidación del comunismo", no llega. Los alemanes,
por quienes los húngaros siempre han sentido admiración están demasiado
ocupados en el saneamiento de su propio pozo negro comunista en el Este, y los
norteamericanos lloran y rezan mucho por el este de Europa pero cuando ofrecen
ayudas, éstas apenas cubren las becas de cinco estudiantes.
Mendigos
Los mendigos han hecho acto de presencia en Budapest y otras
ciudades de Hungría, y ya no llama la atención la cantidad de ancianos que hurgan
en los cubos de basura. Por la calle de la República -antes Popular- pasean
espectaculares jovencitas vestidas en Milán y rugen las motocicletas japonesas
de los hijos de los campeones de la especulación de los últimos años.
"Sin la ayuda occidental, real no retórica, ningún país
del este de Europa es capaz de salir de las ruinas del comunismo", dice el
profesor Haraszti.
Todos los partidos que concurren a las elecciones proponen
con matices lo mismo, "capitalismo sí, comunismo nunca más, queremos ser parte
de la Europa occidental, es decir, la opulenta". Los sacrificios que todos
los húngaros habrán de hacer, a añadir a las privaciones, y sufrimientos de los
últimos 50 años, serán enormes. Nadie sabe aún si este pueblo tendrá la paciencia para aguantarlos. Los húngaros se han acostumbrado casi ya a la
libertad y les resulta inalcanzable el bienestar.
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