Por HERMANN TERTSCH
El País Miércoles,
26.12.90
REPORTAJE
Las fronteras impermeables durante décadas son hoy escenario
de delincuencia y violencia
"No tiene usted agallas para quitarme el pasaporte. Se
va usted a enterar. Me quiere quitar el pan de mis hijos". El fornido
gitano, acusado de querer saltarse la cola, se lanzó sobre el oficial de la
guardia fronteriza rumana y sólo gracias a la intervención de los compañeros
del agredido el incidente se saldó con el forcejeo y algún golpe. Los policías
renunciaron a denunciar al agresor, "con tal de perderlo de vista",
dijo uno de los agentes. Ellos llevaban para entonces seis horas de servicio.
El desquiciado padre de familia había pasado en el puesto fronterizo más de 24.
Sucedió la pasada semana en Giurgiu, ciudad fronteriza en el
sur de Rumanía. A menos de 1.500 metros, en la otra margen del Danubio, ciudad
de Russe, Bulgaria, los policías fronterizos, con aspecto de total agotamiento,
se enfrentan diariamente a "centenares de incidentes" con rumanos y
rusos que intentan sacar artículos no exportables, subvencionados y escasos.
Los gritos son constantes, los golpes frecuentes; a veces surgen las navajas.
El cruce de la frontera ya no se mide en horas, sino en días. Las fronteras
entre los países otrora aliados del este de Europa que fueron permeables sólo
para funcionarios, transportistas, dirigentes, invitados oficiales y turistas
en grupo, controlados y dirigidos, están ya bloqueadas por una avalancha del
llamado turismo comercial que desborda totalmente las posibilidades
de control de los puestos fronterizos.
La comunidad del mercado negro se está imponiendo en todo el
este europeo, agravando aún más la situación del suministro legal de bienes a
la población, encareciendo los productos y favoreciendo la creación de bandas
criminales y la delincuencia familiar sistemática.
Los coches con matrícula soviética, polaca y rumana son casi
desmantelados, no en busca de drogas o armas, sino de plátanos, muñecos, transistores
o juegos de café. El inmenso atasco en que se convierte el puente sobre el
Danubio entre Russe y Giurgiu, en la ruta Sur-Norte que lleva desde Sofía a
Bucarest, llamada en el medioevo la ruta del mal, hace caer en la
desesperación a centenares de miles de ciudadanos del Este muy acostumbrados a
colas y largas esperas.
Pero el puente de Russe a Giurgiu es sólo un ejemplo de cómo
la concesión de libertad de viaje en condiciones de miseria ha provocado un
caos sin precedentes en las fronteras entre los países del Este, antes
autodenominados hermanos. Los polacos fueron pioneros en utilizar la
libertad de viajar y los trucos de los mercados negros en los países de la
región para obtener unos ingresos modestos pero impensables en un trabajo
regular.
Les siguieron búlgaros, rumanos y rusos. Estos últimos son
ya por lógica matemática los más numerosos. En la frontera de Moravica, en la
carretera de Timisoara a Belgrado, es frecuente encontrar en estas últimas
semanas colas de más de 15 kilómetros para cruzar a Belgrado.
Grupos de rusos hacen hogueras para combatir el frío o
cocinan con hornillos en su larga espera. Mujeres y niños hacen sus necesidades
en las cunetas, y los hombres, frecuentemente calentados por el
alcohol en las horas de caravana paralizada, protagonizan escenas que parece
imposible que aún no hayan causado víctimas.
En tres filas en la estrecha carretera flanqueada por
cerezos, miles de personas esperan burlar a unos guardias fronterizos, rumanos
primero y yugoslavos después. Porque sin temor de equivocarse puede decirse que
el 98% de los turistas que cruzan desde la ciudad de Kishinov en la
Moldavia soviética hacia lasi y Birlad, se limitan a cruzar Rumanía y Bulgaria
hacia Yugoslavia. Con cuatro misérrimos artículos soviéticos y unos cuantos
dólares arañados entre amigos en ciudades tan lejanas como Vilna, Moscú o
Dnepropetrovsk, se echan a la carretera para después de una semana en las
diversas fronteras poder comprar en Yugoslavia algún producto occidental o en
Bulgaria y Rumania algún que otro artículo como zapatos para niño, jerséis o
pantalones vaqueros que vender en sus ciudades de origen.
En Serbia han surgido bandas de soviéticos que roban
automóviles Lada a sus propietarios yugoslavos y se los llevan a la URSS con
las placas traídas previamente. Con estos movimientos de migración comercial
crece la xenofobia en la zona.
Los desheredados del Este, que ven como único bien
que les ha traído a la mayoría el cambio revolucionario esta libertad de
movimiento, se lanzan a la búsqueda de unas mínimas ventajas materiales allende
sus fronteras.
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