Por HERMANN TERTSCH
El País Sábado,
02.03.91
Lituania, Estonia y Letonia ven en la independencia su útima
oportunidad de sobrevivir
Las tres pequeñas repúblicas del Báltico, desaparecidas hace
40 años de los mapas políticos y la conciencia internacional, han reaparecido
de forma dramática apenas un año después de la revolución democrática en Europa
central y oriental. Pueblos de cuya existencia en las costas del noroeste de la
Unión Soviética las últimas generaciones occidentales no tenían siquiera
conocimiento, se han levantado contra el gobierno comunista de Moscú, por la
restauración de su independencia liquidada por Stalin durante la Segunda Guerra
Mundial y en defensa de sus incipientes democracias, que ven peligrar por la
resurrección de las tendencias conservadoras y centralistas en el Kremlin.
Los primeros muertos ya se han producido, en enero, en Vilna
y Riga. Grupos más o menos incontrolados del ejército y de tropas del
Ministerio del Interior, milicias armadas leales a las repúblicas y masas de
manifestantes se han enfrentado en las tres repúblicas, creando un foco de
conflicto en el que muchos ven el comienzo de la batalla final en la URSS entre
democratización e independencia, por un lado, y centralismo pansoviético y
restauración totalitaria, por el otro. Ha sido muy similar la suerte que, tras
la anexión a la URSS, corrieron Lituania, Letonia y Estonia, tres Estados
independientes entre 1918 y 1940 y miembros hasta esta última fecha de la Liga
de las Naciones, precursora de la ONU. Por lo demás, son muy distintos entre
sí: por historia, cultura y carácter. Los anhelos políticos de sus poblaciones
son también parecidas; difieren sus estrategias en la lucha por la secesión de
la URSS.
Parte fundamental del protocolo secreto del pacto entre
Hitler y Stalin, en 1939, era la concesión a la URSS de mano libre en
las dos repúblicas septentrionales, Letonia y Estonia. Tras la entrada de las
tropas alemanas en Polonia, Lituania corrió la misma suerte que sus dos vecinos
bálticos. Los tres fueron obligados en 1939 a firmar acuerdos de asistencias
con Moscú. Sus fechas, el 28 de octubre, el 5 de septiembre y el 10 de ese
mismo mes dan idea de la rapidez que Stalin impuso al proceso de anexión. En el
verano de 1940, los tres Estados fueron ocupados, y poco después, entre oleadas
de detenciones de políticos e intelectuales, se convertían en repúblicas
soviéticas.
El levantamiento de los pueblos autóctonos del Báltico
contra el régimen soviético era previsible tras el éxito de los movimientos
democráticos anticomunistas en países como Polonia, Checoslovaquia y Hungría,
con los que comparten el origen de sus Estados en el orden creado tras la caída
de los imperios en la Primera Guerra Mundial.
La mayor dificultad para su éxito está en que la
independencia de los países bálticos son el eslabón que uniría el proceso de
liquidación del dominio soviético en Centroeuropa con el de la disolución de la
Unión Soviética.
El reconocimiento de los crímenes cometidos por el
estalinismo -ante todo el de la anexión- es la prueba de que la URSS rompe con
su pasado estalinista. "Mientras no lo haga estará defendiendo aquellos
crímenes", según decía a este periódico el presidente de la República de
Estonia, Arnold Rüütel, hace unos días en Talin.
Si lo hace, objetan otros, sería inmediata la demanda de la
meridional República Socialista Soviética de Moldavia, otra de las conquistas
de Stalin en su pacto con Hitler, de secesión de la URSS y reunificación con
Rumanía.
Los presidentes de las tres repúblicas bálticas -Vitautas Landsbergis, de Lituania; Alekseijs Gorbunovs, de Letonia, y Arnold Rüütel, de
Estonia- han reafirmado su voluntad de luchar en un frente común contra
"la restauración totalitaria" en el Kremlin y los abiertos
llamamientos de la ortodoxia comunista al derrocamiento de los Parlamentos y
Gobiernos electos de estas repúblicas.
Los intentos de restablecer el Consejo Báltico, intentaron
defenderse de las presiones soviéticas y alemanas, están en marcha. No
obstante, las características de las tres repúblicas son muy diversas y llevan
a fuertes divergencias entre sus respectivos procesos independentistas.
Lituania, con un 80% de población lituana autóctona, se
permite una política de abierto enfrentamiento, potenciada por la personalidad
de su presidente Landsbergis, que sería suicida en Letonia con tan sólo un 53%
de letones y un 47% de minoría eslava, parte de la cual teme una independencia
bajo el nacionalismo letón.
Estonia, que como ninguna de ellas ha sido víctima de una
inmigración forzada por Moscú -del 5% de rusos en 1940 pasó al 40% actual-,
tiene que intentar, como Letonia, la integración de al menos parte de los inmigrantes en el proceso independentista y evitar que esta comunidad se convierta
en la quinta columna de la reacción conservadora de Moscú. En
círculos ilustrados de la emigración, la lealtad a la república frente a Moscú
parece haber cuajado. No así en las grandes bolsas de emigración,
geográficamente localizadas y cerradas en sí mismas, creadas en torno a grandes
industrias energéticas y pesadas en las últimas décadas.
El nacionalismo radical de algunos sectores de los
movimientos que gobiernan en las tres provincias, Sajudis en Lituania y el
Frente Popular en Letonia y Estonia, favorece el choque cultural, los temores
de los inmigrantes, y así, la lealtad de éstos a los pansoviéticos dirigidos
por comunistas ortodoxos.
El choque cultural siempre fue grande. Los lituanos son en
su inmensa mayoría nacionalistas católicos con un carácter muy similar al
polaco. Los letones, parte católicos y parte protestantes, están influenciados
tanto por los movimientos católicos anticomunistas triunfantes en Europa
central como por la ética del trabajo que divulgaron en la región los
misioneros alemanes que llegaron con los caballeros teutónicos al final de la
Edad Media y la reforma luterana que llegó de Alemania.
Reliquias etnológicas
Esencialmente individualistas, los letones y estonios tienen
una abierta aversión a los rusos. Éstos, que viven en sus grandes reservas, son
fácil presa para los mensajes antidemocráticos, pansoviéticos e
igualitaristas. Los lituanos y los letones son los dos últimos supervivientes de
una numerosa comunidad de pueblos bálticos que fueron desapareciendo en la
historia. Los estonios son un pueblo de cultura fino-ugria, emparentada con
finlandeses y más remotamente con los húngaros. Dos reliquias etnológicas, los
livos y los votos, con menos de 1.000 y 200 individuos que viven en la región,
son la advertencia permanente para los bálticos de lo que puede ser su suerte
si no logran reafirmar su identidad frente a las grandes etnias eslavas.
"Nuestra lucha es tanto por la democracia y contra la
injusticia de la anexión por Stalin como para nuestra supervivencia como
pueblo", insisten estonios y letones en Tallin y Riga. "Si no
logramos ahora nuestra independencia y entramos en la comunidad occidental de
pueblos, pronto habrá que buscarnos en las enciclopedias entre los pueblos
extintos".
De ahí el ahora o nunca que guía la lucha por la
independencia de los pueblos bálticos y que ciertos sectores occidentales
consideran como un factor desestabilizador de la URSS y de la perestroika
y una "incordiante agitación de pueblos egoístas". Estos pueblos
recuerdan que la lucha de Polonia contra el régimen comunista también cosechó
escasas simpatías en la opinión pública de Occidente celosa de su tranquilidad
y buenas relaciones con el gran coloso que es la URSS.
Otros consideran que los independentistas hacen el juego a
las fuerzas involucionistas soviéticas al hacer imposible con su camino en
solitario la unión de fuerzas democráticas en la URSS.
Los polacos fueron la vanguardia en la lucha por la
democracia en el Este. Los bálticos creen poder ser la vanguardia de la
democratización de las repúblicas de la URSS. "Después, nuestra relación
con Rusia puede ser estrecha, pero antes ha de realizarse el divorcio de mutuo
acuerdo". En Moscú no soplan hoy vientos favorables para ello.
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