Por HERMANN TERTSCH
El País, Madrid,
27.02.91
Los acontecimientos en Albania están siguiendo el curso
pronosticado por los expertos más pesimistas, que muy pronto calificaron de
casi imposible una transición pacífica en este pequeño país adriático sometido
durante cuatro décadas a un implacable régimen comunista. El presidente Ramiz
Alia ha mantenido durante meses un precario equilibrio entre las demandas de
democratización de gran parte de la población y la resistencia al cambio de una
de las nomenclaturas más compactas de Europa oriental y del aparato
policial. En las últimas semanas, sin embargo, Alia ha comenzado a tambalearse
ante la prueba clave de la desenverización. El derribo de la inmensa
estatua del fundador y líder indiscutido del régimen durante más de 40 años,
Enver Hoxha, por parte de decenas de miles de manifestantes en Tirana fue la
pasada semana el detonante de la nueva crisis que, según coinciden los dirigentes
del poder y de la oposición, pone al país al borde de la guerra civil. Se ha
producido un número indeterminado de muertos y heridos.
Los frentes se endurecen y como demuestran las
manifestaciones a favor de Hoxha organizadas por el partido comunista (PTA), el
aparato del régimen está decidido a defenderse porque teme, con razón, que si
la represión ha sido implacable, también lo sean las represalias.
Una tradición de venganza
La venganza sangrienta, una antiquísima tradición albanesa
que se mantiene viva, amenaza con imponerse. Son miles los clanes y familias
que han sufrido de una u otra forma la represión y sus responsables no pueden
ocultarse en este pequeño país tras el anonimato del aparato comunista, como
sucedió en estados más grandes y desarrollados. Se dan en Albania todos los
elementos para el temido baño de sangre. Como ya sucedió el año pasado, han
sido los estudiantes de la universidad de Tirana quienes han puesto en marcha
esta nueva ofensiva para la democratización real. La huelga de hambre para
pedir que la universidad deje de llevar el nombre de Enver Hoxha fue el
detonante de nuevas manifestaciones y logró su objetivo.
El régimen podría haber digerido esta concesión pero la
celebración de esta conquista se convirtió pronto en una manifestación contra
Hoxha y su legado. Objeto de culto pararreligioso durante décadas, Enver Hoxha
ha sido el padre espiritual y político de los dirigentes albaneses. La caída de
su estatua en Tirana y los insultos contra su persona ha tenido un efecto
traumático en los cuadros del partido.
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