viernes, 24 de marzo de 2017

LA ILUSIÓN TRAICIONADA

Por HERMANN TERTSCH
El País,  Madrid, 02.02.91

El Gobierno de Atenas devuelve a los albaneses huidos a Grecia

Vagan por las carreteras del extremo noroccidental de la Grecia continental con cara más sorprendida que asustada. Observan estupefactos los automóviles occidentales y los anuncios luminosos de las gasolineras. Se frotan las heridas en brazos y piernas que se hicieron en los zarzales y las rocas en su travesía por las agrestes y nevadas montañas de los Balcanes occidentales. Creen haber logrado la huida de Albania. Su ilusión dura sólo días o semanas. La entregada por el Gobierno griego a las autoridades albanesas. Sólo Atenas dice creer que no sufrirán represalias.
En pequeños grupos, a veces familias con niños de corta edad, pasean en espera de ser identificados por la policía griega y dar el próximo paso en el incierto rumbo que tomaron al decidir huir de un régimen que les trató y educó como animales de tiro con derecho a aplaudir. Pronto serán refugiados albaneses y llevados a engrosar la cada vez mayor población de los campos que el Gobierno de Atenas ha tenido que instalar en pueblos como Kastoriá, Igumenitza e loaninna. Ya son 13.000 los albaneses llegados en poco más de un mes y todos los días se les unen centenares. Grecia ha decidido cortar el aluvión con la más temida de las reacciones, su deportación más o menos forzosa a Albania. La guerra del Golfo hace posibles acciones que despertarían la indignación de una opinión pública algo más atenta a regiones lejanas a Kuwait. Más de 5.000 albaneses han sido obligados a regresar a su país, según ha confirmado la agencia albanesa ATA.
El flujo, sin embargo, continúa, y cálculos moderados estiman en varias decenas de miles de albaneses, si no centenares de miles, el potencial de emigrantes que no confían en promesas de liberalización del régimen y están hartos del cruel agravio comparativo que supone vivir en la peor miseria del continente y ver por la noche las emisiones de la televisión italiana RAI 1.
En un principio se dijo que los fugitivos eran miembros de la minoría griega, que según Atenas tiene 500.000 miembros y según Tirana 50.000. Sin embargo, sólo una ínfima minoría de los llegados a través de las montañas hablan algo de griego. "Somos albaneses puros, refugiados por motivos políticos y económicos", dice como en letanía un grupo de recién llegados al campamento habilitado para su cobijo en Kastoriá.
Una vez en los campos, los albaneses, con ingenuidad suprema, declaran que sólo quieren quedarse unos días en el campamento y que están de camino a América, Alemania o Francia. Están convencidos de que en "los pueblos de la libertad", como dice un joven mecánico de la ciudad de Girocastra, en Kastoriá, "nos van a dejar que trabajemos allí porque somos buenas personas y muy laboriosas".
Algunos creen que los griegos los retienen en esos campos de refugiados, y que ya podrían estar en Nueva York, Estocolmo, París, Berlín o Roma. Surge el temor a la deportación, ya confirmada. Los albaneses no se fían de los griegos, viejos vecinos a los que no otorgan ese rutilante calificativo de occidental; para ellos, es sinónimo de bueno.

'Fuerzas del bien'
Piden a esas fuerzas del bien que consideran a las democracias occidentales que "impidan que nos devuelvan a Albania, donde nos fusilarían". "Que nos den billetes para América, que los pagaremos en cuanto ganemos algo", dice un electricista.
Son los últimos fugitivos del comunismo en el este de Europa. Los últimos no sólo en sentido cronológico. Aquellos pobres jóvenes alemanes orientales que en el verano de 1989 huían en masa se antojan como niños de papá comparados con estos paupérrimos agoreros de la caída del régimen de Tirana.
Visten las ropas acrílicas de esos pálidos y sucios colores típicos del socialismo real como en tantos otros logros del poder popular, desde el dogma de la infalibilidad del dictador de turno hasta la chapuza sistemática en todos los campos de la actividad humana, Albania ha logrado ser un campeón en la fabricación de ropa denigrante. Como el sistema implantado por Enver Hoxha es inadaptable a la realidad, la ropa que produce es inadaptable al ser humano.
Muchos muestran las secuelas del sistema sanitario del poder popular. A Fatmir, un conductor de autobús, le falta la mayor parte de la nariz, amputada por una infección. Varios tienen manchas en la piel, en manos, brazos y rostro; otros, como muchos habitantes de ciudades y pueblos en Albania, sobre todo niños, costras en la cabeza y en el cuello.
La pequeña Dea tiene ocho años. Llegó a Kastoriá después de una aventura de dos días desde Tirana a este pueblo en los montes griegos. Con sus padres -un mecánico y una obrera-, su tío y su hermana, anduvo durante más de 30 horas de noche, hasta alcanzar una carretera "que era Grecia". Lleva dos días sin comer, pero tiene fuerzas para sonreír. ¿Que qué quiere hacer ahora? "Quiero ser violinista en América", dice. Su padre asiente con una cansada sonrisa.
Preguntado el padre por qué asumió el riesgo de esta huida con las niñas se golpea la palma de la mano izquierda con el puño derecho, en un gesto que prolifera en las conversaciones en el campo de Kastoriá. Represión, aplastamiento, miseria: el gesto lo dice todo.

"A la dureza estamos acostumbrados. Queremos una oportunidad", dice un estudiante. Regresaría a Albania -si hay una democracia real, occidental-, pero no cree en las promesas de Ramiz Alia.

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