Por HERMANN TERTSCH
El País, Madrid,
02.02.91
El Gobierno de Atenas devuelve a los albaneses huidos a
Grecia
Vagan por las carreteras del extremo noroccidental de la
Grecia continental con cara más sorprendida que asustada. Observan estupefactos
los automóviles occidentales y los anuncios luminosos de las gasolineras. Se
frotan las heridas en brazos y piernas que se hicieron en los zarzales y las
rocas en su travesía por las agrestes y nevadas montañas de los Balcanes occidentales.
Creen haber logrado la huida de Albania. Su ilusión dura sólo días o semanas.
La entregada por el Gobierno griego a las autoridades albanesas. Sólo Atenas
dice creer que no sufrirán represalias.
En pequeños grupos, a veces familias con niños de corta
edad, pasean en espera de ser identificados por la policía griega y dar el
próximo paso en el incierto rumbo que tomaron al decidir huir de un régimen que
les trató y educó como animales de tiro con derecho a aplaudir. Pronto
serán refugiados albaneses y llevados a engrosar la cada vez mayor
población de los campos que el Gobierno de Atenas ha tenido que instalar en
pueblos como Kastoriá, Igumenitza e loaninna. Ya son 13.000 los albaneses
llegados en poco más de un mes y todos los días se les unen centenares. Grecia
ha decidido cortar el aluvión con la más temida de las reacciones, su
deportación más o menos forzosa a Albania. La guerra del Golfo hace posibles
acciones que despertarían la indignación de una opinión pública algo más atenta
a regiones lejanas a Kuwait. Más de 5.000 albaneses han sido obligados a
regresar a su país, según ha confirmado la agencia albanesa ATA.
El flujo, sin embargo, continúa, y cálculos moderados
estiman en varias decenas de miles de albaneses, si no centenares de miles, el
potencial de emigrantes que no confían en promesas de liberalización del
régimen y están hartos del cruel agravio comparativo que supone vivir en la
peor miseria del continente y ver por la noche las emisiones de la televisión
italiana RAI 1.
En un principio se dijo que los fugitivos eran miembros de
la minoría griega, que según Atenas tiene 500.000 miembros y según Tirana
50.000. Sin embargo, sólo una ínfima minoría de los llegados a través de las
montañas hablan algo de griego. "Somos albaneses puros, refugiados por
motivos políticos y económicos", dice como en letanía un grupo de recién
llegados al campamento habilitado para su cobijo en Kastoriá.
Una vez en los campos, los albaneses, con ingenuidad
suprema, declaran que sólo quieren quedarse unos días en el campamento y que
están de camino a América, Alemania o Francia. Están convencidos de que en "los
pueblos de la libertad", como dice un joven mecánico de la ciudad de
Girocastra, en Kastoriá, "nos van a dejar que trabajemos allí porque somos
buenas personas y muy laboriosas".
Algunos creen que los griegos los retienen en esos campos de
refugiados, y que ya podrían estar en Nueva York, Estocolmo, París, Berlín o
Roma. Surge el temor a la deportación, ya confirmada. Los albaneses no se fían
de los griegos, viejos vecinos a los que no otorgan ese rutilante calificativo
de occidental; para ellos, es sinónimo de bueno.
'Fuerzas del bien'
Piden a esas fuerzas del bien que consideran a las
democracias occidentales que "impidan que nos devuelvan a Albania, donde
nos fusilarían". "Que nos den billetes para América, que los
pagaremos en cuanto ganemos algo", dice un electricista.
Son los últimos fugitivos del comunismo en el este de
Europa. Los últimos no sólo en sentido cronológico. Aquellos pobres jóvenes
alemanes orientales que en el verano de 1989 huían en masa se antojan como
niños de papá comparados con estos paupérrimos agoreros de la caída
del régimen de Tirana.
Visten las ropas acrílicas de esos pálidos y sucios colores
típicos del socialismo real como en tantos otros logros del
poder popular, desde el dogma de la infalibilidad del dictador de turno hasta
la chapuza sistemática en todos los campos de la actividad humana, Albania ha
logrado ser un campeón en la fabricación de ropa denigrante. Como el sistema
implantado por Enver Hoxha es inadaptable a la realidad, la ropa que produce es
inadaptable al ser humano.
Muchos muestran las secuelas del sistema sanitario del poder
popular. A Fatmir, un conductor de autobús, le falta la mayor parte de la
nariz, amputada por una infección. Varios tienen manchas en la piel, en manos,
brazos y rostro; otros, como muchos habitantes de ciudades y pueblos en
Albania, sobre todo niños, costras en la cabeza y en el cuello.
La pequeña Dea tiene ocho años. Llegó a Kastoriá después de
una aventura de dos días desde Tirana a este pueblo en los montes griegos. Con
sus padres -un mecánico y una obrera-, su tío y su hermana, anduvo durante más
de 30 horas de noche, hasta alcanzar una carretera "que era Grecia".
Lleva dos días sin comer, pero tiene fuerzas para sonreír. ¿Que qué quiere
hacer ahora? "Quiero ser violinista en América", dice. Su padre
asiente con una cansada sonrisa.
Preguntado el padre por qué asumió el riesgo de esta huida
con las niñas se golpea la palma de la mano izquierda con el puño derecho, en
un gesto que prolifera en las conversaciones en el campo de Kastoriá.
Represión, aplastamiento, miseria: el gesto lo dice todo.
"A la dureza estamos acostumbrados. Queremos una
oportunidad", dice un estudiante. Regresaría a Albania -si hay una
democracia real, occidental-, pero no cree en las promesas de Ramiz Alia.
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