Por HERMANN TERTSCH
El País Sábado,
28.12.91
TRIBUNA
El reconocimiento internacional de Croacia y Eslovenia por
parte de la Comunidad Europea, anunciado para el próximo 15 de enero y que será
secundado por otros Estados, desde la Santa Sede a Australia, no va a poner fin
a la guerra, como asegura creer, entre otros, el presidente croata, Franjo
Tudjman. Es incluso previsible que el mero anuncio de esta medida diplomática
recrudezca a corto plazo los ataques del Ejército serbio-federal contra
Croacia. Sin embargo, si algo está demostrado ya en seis meses de guerra, es que
la negativa de la comunidad internacional a reconocer a estas repúblicas y
poner un punto final a la ficción de la existencia de Yugoslavia no ha frenado
el conflicto.
Siempre en la historia esta región ha tenido la dudosa
virtud de dividir y enfrentar a las grandes potencias europeas. No obstante,
los que ahora se lamentan por lo que consideran "chantaje de Alemania a
Europa" para el reconocimiento de las repúblicas ex yugoslavas, o son
partidarios de dejar a Serbia que imponga su orden en los Balcanes o
tenían la esperanza ilusoria de que tras la revolución europea de 1989-1991
Alemania seguiría en un papel subordinado políticamente a Inglaterra o Francia
en la CE.
Estos dos países han demostrado en los dos últimos años que
no sólo no tienen el peso económico necesario para esta labor de liderazgo.
Tampoco han mostrado estar a la altura de las nuevas
realidades para afrontar los graves retos de la nueva era europea, como
demostraron primero con la reunificación alemana, después en su política hacia
la URSS y finalmente en Yugoslavia.
Son muy efectistas esas evocaciones al IV Reich que ya no
sólo hacen los propagandistas de Belgrado, sino también algunos periodistas
occidentales y políticos más duchos en la historia del periodo de entreguerras
que en el análisis de una realidad totalmente nueva. Pero tan grotesco es
enarbolar una fotografía de Genscher con una cruz gamada como sospechar
aventuras expansionistas alemanas en los Balcanes.
Enterrado desde hace 70 años el proyecto del tren
Berlín-Bagdad y ahogada en sangre hace 50 la aventura balcánica nazi, el
espacio de interés cultural y económico de Alemania está en Centroeuropa.
Incluye, eso sí, Croacia y Eslovenia, al igual que Hungría, Checoslovaquia,
Polonia y partes occidentales de la antigua URSS.
El único interés de Bonn-Berlín en los Balcanes -en Serbia,
Macedonia, Rumanía y Bulgaria-, aparte de la defensa de los derechos humanos y
de las minorías en una región en la que Alemania se siente obligada a redimir
una de las páginas más oscuras de su historia nacionalsocialista, reside en
impedir que la miseria económica y social en estos países lleve a sus
habitantes a emigrar a la citada región centroeuropea. Dicho con crudeza, a
Alemania le interesa ante todo que Serbia no se autodestruya bajo su actual
régimen hasta una situación que lleve a las colas de las oficinas de
inmigración y empleo en Berlín o Múnich a todos esos que hoy se manifiestan en
Belgrado contra el "pérfido revanchismo alemán".
En cuanto al espacio centroeuropeo, pese a quien pese, en el
futuro estará dentro del espacio de influencia cultural y económica de Alemania
como lo estuvo durante más de mil años, hasta al menos las revoluciones
burguesas de 1848. Esto duele sin duda más en algunos despachos de París,
Belgrado o Londres que en Cracovia, Budapest, Praga o la hoy ucrania Lvov y
antigua ciudad austriaca Lemberg. Algunos albergan aún esperanzas de poder
frustrar una vez más el reconocimiento internacional de Croacia, Eslovenia,
Macedonia y las otras repúblicas ex yugoslavas que lo soliciten. En Brioni, en
julio, y en La Haya, en octubre, se prometió a las dos repúblicas el
reconocimiento en dos meses si cumplían lo estipulado. En mayor o menor grado
lo hicieron, pero la promesa comunitaria no se cumplió. Entretanto, ha habido
25.000 muertos, decenas de miles de heridos, medio millón de personas sin
hogar, regiones croatas devastadas y sufrimiento sin fin.
Bloqueo serbio
Desde hace seis meses es Serbia quien controla, bloquea o
burla los esfuerzos internacionales por la pacificación. El reconocimiento
impulsado por Alemania, pero apoyado ya por una larga serie de Estados, ante
todo centroeuropeos, parece ya la única forma de romper este poder de veto a la
paz que ha ostentado el régimen serbio. Acabar con él es la primera condición
para permitir al pueblo serbio que acabe con este régimen de Milosevic que
necesita la guerra para sobrevivir y que, como otros vecinos desde Bulgaria a
Hungría o Austria, temen que, de acabar con la resistencia croata, tendrá que
buscar nuevos conflictos armados allende las fronteras del extinto Estado
federal yugoslavo.
El miedo histórico a un liderazgo alemán en la política
comunitaria, aunque sea tan puntual como en este caso, es comprensible, pero no
justifica la defensa a ultranza de la estrategia ya fallida de apaciguamiento
del principal responsable de la guerra. Si se quieren hacer paralelismos
históricos, parece más atinado el que fácilmente puede establecerse entre
aquellos intentos de Múnich en 1938 de preservar la paz cediendo ante la
violencia hitleriana y las tentaciones de algunos políticos occidentales de
imponer en los Balcanes una paz dictada por el más armado y más dispuesto a la
violencia. Como entonces, esta política lleva irremediablemente a males mayores
y guerras más extensas.
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