Por HERMANN TERTSCH
El País, Zagreb,
03.12.91
GUERRA EN LOS BALCANES
Las preguntas de Mirela, una niña que vivió el calvario de
Vukovar
"Cuando hay tantos niños en el mundo, ¿por qué me pasa
esto precisamente a mí? ¿Por qué tenía que ser precisamente mi ciudad, Vukovar,
la más atacada y destruida? ¿Por qué fue demolida mi casa? ¿Por qué tuve que
pasar cuatro meses en un refugio sin ir al colegio y sin apenas jugar mientras
oía -y contaba a veces hasta perder la cuenta- los miles de bombas que caían
sobre mi cabeza? Y, sobre todo, ¿por qué tenía que ser precisamente mi padre el
que muriera en el frente?".
A sus siete años, Mirela Kiraly se repite continuamente
estas preguntas. Se las repite también ahora que se halla a salvo, con su
abuela y su madre, en Zagreb. Como algunos de los más afortunados entre los ya
más de 550.000 refugiados que han quedado sin hogar en la guerra que asola
Yugoslavia, Mirela aguarda hoy el fin de la contienda en un hotel de la capital
croata. Tiene los dientes separados, pelo rubio y liso, una mirada azul y
tímida, y es alta para su edad. "De lo que más me acuerdo es de los
tiros", afirma. "Sonaban siempre".
Mirela es un ejemplo perfecto de las mezclas de la población
de la extinta Vukovar. Su padre era de origen húngaro; su abuelo materno,
serbio, y su abuela, croata. Ella se siente croata "porque nací y siempre
viví en Vukovar", explica. Como la mayoría de los hombres adultos de
nacionalidad húngara, el padre de Mirela se presentó como voluntario en la
Guardia Nacional croata hace ya varios meses, cuando comenzó el asedio
serbio-federal contra la ciudad.
"Nosotros somos una familia mixta, y no había
diferencia alguna. Y en Vukovar hemos muerto juntos bajo las bombas. Son muchos
los amigos serbios que han muerto. Quien salía a la calle a buscar agua
difícilmente volvía vivo", dice la abuela de Mirela, Ana Draskovic. Ella
trabajó 36 años en la fábrica de calzado de Borovo, hoy reducida a escombros.
Allí se escondió cuando, arrolladas las defensas croatas de la ciudad, unos
civiles armados entraron en su refugio y la conminaron a salir, a ella y a su
marido serbio.
Cargados como cerdos
"Tras dos días en la fábrica destruida, nos cargaron
como cerdos en camiones y nos llevaron a Novi Sad (en la provincia serbia de
Vojvodina). Nos tuvieron tres días y tres noches en el camión. Yo quería venir
a Zagreb, porque sabía que mi hija y mi nieta habían partido hacia allá".
Su marido, sin embargo, prefirió quedarse en Serbia. Temores a represalias o a "ser
aniquilado como serbio" pudieron más que los lazos de 35 años de
matrimonio. Posiblemente pensó que el trato a su familia sería mejor no estando
él presente. "No tenemos problemas personales, estamos en contacto",
dice Ana Draskovic. "Pero ¿cómo íbamos a pensar ser tan bien recibidos
aquí, y que nos dieran una habitación en un hotel?".
"¿Qué más da ahora estar separados un tiempo? No
tenemos ya nada. Trabajamos toda la vida, teníamos nuestra casa, nuestro
trabajo, vivíamos con dignidad. Ahora todo lo que visto es prestado. Sólo me
queda la cabeza sobre los hombros. Por lo menos he salido de Vukovar con brazos
y manos, y tengo a mi hija y a Mirela".
Ésta dice que le gustan Zagreb y el hotel, sobre todo porque
no hay tiros. Sin embargo, también los niños de Zagreb recordarán siempre los
estruendos de esta guerra. Vanda, de dos años, hija del fotógrafo croata
Phillip Horvath, identifica perfectamente los sonidos de comienzo y final de
las alarmas aéreas con un lacónico "las sirenas lloran" y "las
sirenas ríen".
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