Por HERMANN TERTSCH
El País Miércoles,
12.01.2000
TRIBUNA
El gran historiador Sebastian Haffner llamó "un milagro
alemán" al fenómeno sin precedentes que fue, desde la fundación de la
República Federal de Alemania en 1949, la responsabilidad conjunta en la
defensa constitucional y democrática de los dos grandes partidos populares
alemanes. Ideológicamente antagónicos en el escenario parlamentario, la Unión
Cristianodemócrata (CDU), con su homólogo Cristianosocial bávaro (CSU), y el
Partido Socialdemócrata (SPD) renunciaron desde un principio a la política
cainita de los partidos de la república de Weimar -la lección de la tragedia
del nazismo lo imponía- y, juntos o por separado, en coalición o enfrentados,
defendieron los principios de una Alemania occidental y atlantista,
democrática, antifascista y tolerante. A aquella RFA que hoy tiene continuación
y confirmación de sus ideales en la Alemania unida no puede faltarle uno de los
dos partidos, de las dos columnas maestras de la mejor construcción política
que los alemanes se han dado nunca a sí mismos y a Europa. Las actuales
revelaciones han dejado de ser una mera tragedia humana para Helmut Kohl, un
estadista retirado en la gloria que en semanas ha caído en la ignominia. Que
este hombre adquiriera el mal hábito de situarse por encima de la ley no sería
sino una nueva prueba de las tentaciones y el peligro del ejercicio de un poder
extremo e incontestado, durante un periodo excesivo de tiempo.
Por desgracia para todos, sin duda también para el actual
Gobierno del SPD de Gerhard Schröder, los desafueros financieros en la CDU no
se limitan a ese derecho que Kohl se había autoarrogado para violar la ley de
partidos y la constitución federal y neutralizar así lo que consideraba
mezquindades del control financiero ejercido sobre grandes personajes de la
historia como él. Su sucesor ha reconocido haber hecho casi -de momento casi-
lo mismo. Parece improbable que sean los únicos. Y otros escándalos -ya se
asoman- pueden traer desastres para todos por vía del descrédito de todo el
sistema. La voluntad de poder queda estigmatizada por la impresión de que
ningún político que la manifiesta queda impoluto. Nadie que defienda el orden
democrático que ha hecho de Alemania un socio fiable y solidario de las
democracias occidentales debería reírse de estas desgracias de los
conservadores. El SPD ganará previsiblemente, gracias al escándalo, las
elecciones de Schleswig-Holstein el mes que viene; también después las de
Renania del Norte Westfalia.
Pero el daño que el desprecio a las leyes por parte de Kohl
y sus hombres de confianza han causado a su partido y a la identificación de
los alemanes con la república es tremendo. Que la CDU no haya hecho piña en
torno al desafuero de sus dirigentes, sino insista en el esclarecimiento de los
hechos la dignifica y distingue de otros partidos en Europa. Y abre una
esperanza de recuperación. Pero las heridas abiertas por esta violación de la
confianza del electorado pueden tener costes altos para todos los que defienden
un Estado que merece, pese a todo, ser defendido.
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