Por HERMANN TERTSCH
El País Jueves,
20.01.2000
TRIBUNA
Le han arrebatado las medallas. Le han arrancado los
galones. Le han quitado el honor en el sentido más estricto de la palabra.
Exigirle a alguien que renuncie al cargo de presidente honorario resulta más
humillante que una simple expulsión del partido. El siempre agasajado Helmut
Kohl está, de repente, absolutamente solo en la ignominia. Todos los que eran
felices con una palabra o una sonrisa suya no saben ya sino encontrarle
defectos. Él no se ha defendido, lo que contradice abiertamente su naturaleza.
Durante un cuarto de siglo, sus enemigos dentro y fuera del partido han sabido
muy bien lo que supone que Kohl devuelva un golpe. No lo ha hecho. Todavía. Él
sabe que, en buena ley, son muchos los que debieran hacerle compañía como
objetivos del vilipendio diario. Son tantos los compañeros de partido que
deberían sumirse en el más absoluto y vergonzoso de los silencios en vez de
levantar una y otra vez el dedo acusador contra su antiguo jefe adorado. Pero
todos parecen ver en la satanización de Kohl la tabla en la que salvarse del
naufragio. Cabe prever que se equivocan.
Allá en las postrimerías de la I Guerra Mundial, unos altos
oficiales dejaron una pistola en la habitación del comandante Alfred Redl en un
hotel vienés. Éste, de hecho, había traicionado a sus compañeros de armas. Pero
la invitación al suicidio no era sólo una ayuda para la salida digna. Muerto él
se le podía cargar al traidor Redl también con responsabilidades ajenas,
consecuencia de la incapacidad del mando austro-húngaro en el frente oriental.
Redl se quitó la vida, para alivio de sus compañeros de armas y sobre todo de
quienes tenían tanta o más culpa en la mala marcha de la guerra como el espía.
Kohl no es Redl. Este renano inmenso de buen comer ni se va
a suicidar ni va a hacer de cabeza de turco para todos sus compañeros que tanto
se han escandalizado ante la revelación de unas prácticas de las que se vienen
beneficiando todos ellos desde hace muchos años. Kohl es culpable de haber
violado la Constitución y las leyes que juró defender. Las está violando todos
los días mientras no revele los nombres de quienes le pagaban. Y fue él, según
todos los indicios, quien organizó este amplísimo sistema clandestino de cobros
y pagos. Ahora, su silencio respecto a esas manos generosas que financiaron
ilegalmente a la CDU durante todos estos años sólo se explica como un intento
de evitar nuevas consecuencias penales para sí mismo y otros, o como último
dique para evitar que ese grupo de traficantes de armas, industrias e
influencias se defiendan dinamitando lo que queda de la CDU. El traficante
Schreiber ya ha advertido de que él tiene todas las cartas en la mano y que a
nadie conviene irritarle mucho. Otros pueden haber manifestado lo mismo de
forma más discreta.
En todo caso, Wolfgang Schäuble y compañía no se van a salir
con la suya de aferrarse a la dirección del partido, echarle toda la culpa a
Kohl y celebrar en abril un congreso de resurrección, como si esto hubiera sido
un accidente. Toda la dirección se verá arrastrada por el maremoto cuyo
epicentro estuvo en la revelación de las corruptelas de los financieros del
dinero negro de la CDU. Cuanto más tarde en suceder, más probable será la
implosión de la CDU y mayor el peligro de que la derecha alemana quede
fraccionada. De ser así se quebraría un pilar imprescindible para la
estabilidad política en Alemania y surgiría una muy inquietante interrogante
para el futuro de la Unión Europea. El escándalo político comienza a adquirir
características nítidas de crisis de Estado.
Que Kohl, quien con Konrad Adenauer más ha hecho para
integrar a la derecha alemana en la democracia en alianza con el centrismo, sea
el principal culpable de la desintegración de la CDU es un elemento más que
hace de la evolución a la que asistimos una auténtica tragedia.
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