Por HERMANN TERTSCH
El País, Estocolmo,
27.01.2000
Los judíos no tienen santos. Por eso les llaman los justos.
Entre ellos, en lugar muy destacado se encuentran un sueco y un español, ambos
diplomáticos de países neutrales en la Segunda Guerra Mundial. Ambos,
responsables de haber salvado miles de vidas de judíos húngaros, hombres,
mujeres y niños, muchos niños. Eran Raoul Wallenberg y Ángel Sanz Briz. A
Wallenberg le costó la vida. Cayó, ya en enero de 1945, en manos soviéticas y
desapareció en el Gulag. Hubo más, como el italiano Giorgio Jorge Perlasca,
que, en connivencia con Sanz Briz, se erigió en "encargado de
negocios" de la Embajada española en Budapest y siguió emitiendo visados hacia
la vida para miles de judíos cuando comenzó en Hungría la última fase del
exterminio del judaísmo europeo en 1944. Siguiendo la práctica de Sanz Briz,
Perlasca llenó Budapest de casas ante las que ondeaba la bandera española y un
cartel advertía sobre el carácter extraterritorial de los edificios, repletos
de niños judíos, muchos de los cuales aún viven en Estados Unidos o Israel. O
como el cónsul portugués en Burdeos, Arístides de Sousa Mendes, un diplomático
aristócrata que se saltó a la torera las limitaciones impuestas por su Gobierno
y se pasó meses fabricando visados para que niños judíos salieran de la Francia
ocupada hacia Portugal, y no hacia Auschwitz o Treblinka.
Prueba evidente
Durante muchos años, a estos hombres sólo los recordaron
quienes les debían la vida. ¿Por qué? Lo decía con mucha claridad ayer el
premio Nobel Elie Wiesel. Porque eran la prueba más evidente de la falsedad
aludida por la mayoría como excusa por no haber hecho nada por ayudar a nadie,
ni a los vecinos ni a los mejores amigos; de repente, un estorbo peligroso por
su condición de judíos. Muchos podían haber hecho no ya más, sino simplemente
algo. No haber cerrado las puertas de su casa a un niño que huía de una redada
de las SS. Por no hablar de quienes denunciaron a familias judías escondidas
porque se querían quedar con sus muebles o sus cuadros. O la bicicleta del niño
para dársela al suyo de regalo de cumpleaños.
Tiene razón Elie Wiesel cuando habla de la inconcebible
tragedia que convierte un acto de humanidad y compasión en algo heroico. Lo que
ha puesto en marcha esta iniciativa histórica en Estocolmo es la idea de que
conocer el pasado hace mejores a los hombres. El mensaje que el foro quiere
lanzar es que no se puede ser víctima, no se puede ser verdugo y no se puede
ser nunca indiferente, equidistante. Como no lo fueron Wallenberg ni Sanz Briz.
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