El País, Bonn, 02.07.85
FIN DEL SECUESTRO DEL AVIÓN DE LA TWA
Los 39 ciudadanos norteamericanos que permanecieron
secuestrados 17 días por la milicia shií libanesa Amal llegaron en la madrugada
de ayer a la base aérea norteamericana de Rhein-Main, en Francfort, en la
República Federal de Alemania. Los ex rehenes se encuentran en buen estado,
pero fueron ingresados en el hospital militar norteamericano de Wiesbaden para
ser sometidos a un reconocimiento médico y a tratamiento psicológico. George
Bush acudió a Francfort, a recibir a los liberados y advirtió que su país hará
que los terroristas reciban su castigo.
El avión con los rehenes liberados un C-141 Starlifter de
las fuerzas aéreas norteamericanas, con pintura de camuflaje y sin
identificación exterior alguna, aterrizó en la base militar de Rhein-Main a las
5.25 de ayer, cuando ya había amanecido. Media hora antes llegó en vuelo desde
París el vicepresidente norteamericano, George Bush, que fue saludado con
aplausos y vítores por varios cientos de miembros de la colonia militar
norteamericana, que desde horas antes esperaban a los ex cautivos con banderas
norteamericanas y pancartas de bienvenida. Alguna de las pancartas expresaba el
malestar por la reciente serie de atentados antiestadounidenses. Una de las más
grandes decía: "Aguantar no es tolerar". George Bush, con su mujer,
que le ha acompañado en su gira europea, esperó la llegada del avión de Damasco
en la sala de oficiales, junto a mandos del Ejército, algunos senadores norteamericanos llegados de madrugada y Richard Burt, designado embajador de
Washington en Bonn. Al llegar el avión de los rehenes, el vicepresidente se dirigió a pie hasta el aparato y subió a bordo para darles el primer saludo.
Instantes después descendieron tras él todos los rehenes, a la cabeza de los
cuales se hallaba John Testrake, comandante del Boeing 727 de la compañía TWA
secuestrado el 14 de junio.
Algunos de ellos iban envueltos en mantas verdes del
Ejército. Después de saludar al comité de bienvenida -en el que se encontraba
el ministro de Transportes, Werner Dollinger, como representante del Gobierno
alemán occidental, y algunos familiares llegados el sábado a Franefort-, los 39
norteamericanos se situaron en torno a su vicepresidente, que pronunció un
breve discurso de bienvenida -dándoles la espalda-, dirigido a las numerosas
cámaras de televisión y a los centenares de periodistas que habían acudido a la
base militar.
Bush expresó su satisfacción por su liberación y porque
"América no ha comprometido sus principios para lograrla". Sus
palabras fueron un elogio a la "fortaleza de espíritu" demostrada por
los norteamericanos durante el cautiverio. Bush recordó al soldado norteamericano
muerto en los primeros momentos del secuestro del avión, Robert Dean Stethem, a
quien calificó de "héroe", y a los siete ciudadanos de Estados Unidos
que permanecen secuestrados en algún lugar de Líbano, cuya liberación, que en
los últimos días parecía vinculada a la de los pasajeros del Boeing de la TWA,
ha fracasado de momento.
El vicepresidente habló vagamente de la necesidad de que se
haga justicia a aquellos que recurren al terrorismo, pero no sugirió represalia
alguna. El presidente Ronald Reagan había hecho una declaración a medianoche,
hora alemana, desde la Casa Blanca, en la que se expresaba en los mismos
términos, si bien se refería también a las naciones que apoyan el terrorismo, y
agradecía a Siria su papel en la solución de este secuestro.
Inmediatamente después de concluir el discurso de Bush, los
rehenes se dirigieron a dos autobuses militares, que los llevaron al hospital
militar norteamericano de Wiesbaden, el más grande con el que cuenta el
Ejército estadounidense fuera de sus fronteras. Respecto al futuro inmediato
de los ex rehenes, fuentes oficiales norteamericanas afirmaron hasta la
saciedad que, como ciudadanos particulares de un Estado libre, podían disponer
de sí mismos como quisieran a partir del mismo momento de su llegada.
Una dura experiencia
Sin embargo, se les recomendaría, según se dijo, que se
sometieran a un reconocimiento médico y a un tratamiento psicológico, dada la
dura experiencia que habían tenido que soportar. Ayer por la tarde, todos se
encontraban en el centro médico de Wiesbaden, donde se esperaba la llegada de
un nuevo grupo de familiares procedente de Estados Unidos. El hecho de que un
grupo de especialistas en terrorismo y seguridad llegara el sábado a Francfort a
bordo de un avión oficial, con la intención de mantener entrevistas con los
liberados, ha despertado diversas interpretaciones, si bien es lógico suponer
que, como anunció ayer un portavoz militar, su relato de los hechos puede
aportar datos valiosos para reforzar la lucha antiterrorista; también se indica
que el tratamiento psicológico podría deberse más bien al deseo de la
Administración de que los liberados cesen en sus manifestaciones de simpatía
hacia la milicia shií de Amal.
Los actos públicos de confraternización entre los
secuestrados y sus vigilantes, con cena de despedida y ofrendas florales
incluidas, celebrados en Beirut, y las afirmaciones de que el trato fue bueno y
la milicia, en realidad, había salvado sus vidas, tal como algunos manifestaron
durante su cautiverio, no pueden ser del agrado de la Administración
norteamericana. Es, por tanto, probable que el tratamiento incluya sugerencias
sobre la necesidad de una lucha psicológica antiterrorista que excluya
manifestaciones de agradecimiento y admiración.
En la base de Rhein-Main, las medidas de seguridad, ya de
por sí estrictas, habían sido aumentadas según se acercaba la hora de la
llegada de Bush y los rehenes. Un helicóptero rastreaba en vuelo bajo las
pistas de aterrizaje, soldados con perros especializados en la detección de
explosivos patrullaban por las inmediaciones y las bolsas e instrumental de los
medios de comunicación eran examinados con enorme minuciosidad. Los periodistas
se tenían que someter a un registro con detector de metales. La exquisita
deferencia de los militares hacia los periodistas no ocultaba el alto grado de
sensibilización que los últimos actos terroristas antinorteamericanos han
despertado.
Obviamente, el acto estaba enfocado hacia la opinión pública
norteamericana, que debía asistir, vía satélite, al feliz acontecimiento, pero
también a oír una vez más que no hubo negociación ni trato alguno con los
secuestradores.
Algunos periodistas aseguraban que la hora de llegada había
sido calculada para coincidir con la mayor audiencia televisiva en Estados
Unidos. La solemne recepción en Francfort parece obedecer al deseo de reunir a
los rehenes antes de que se dispersen, eventualidad que impediría la
realización de la bienvenida oficial en Nueva York o Washington, como se había
insinuado en un principio.
Algunas cadenas norteamericanas de televisión, como la CBS,
compraron a familiares de los secuestrados las exclusivas de sus declaraciones
antes de llegar los ex rehenes, y los trajeron gratuitamente en avión hasta la
ciudad alemana occidental.
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