Por HERMANN TERTSCH
El País, Riga,
15.02.91
Los ciudadanos bálticos quieren abandonar la URSS para
alejarse del comunismo
Alfons Pumpanitis se peina con saliva. Se escupe la palma de
la mano que después se restriega por las sienes. Es lituano y avispado. A sus
48 años hace chapuzas de todo tipo, tiene una mujer, dos hijos, un coche -un
Lada de 20 años del que conoce hasta el último muelle-, una dacha cerca de
Vilna, una sauna y un garaje. Vive, como dice, "10 veces mejor que la mayoría
de los soviéticos", pero cree que vivirá "10 veces mejor" si Lituania se independiza.
Alfons tiene muchos amigos rusos y asegura vehementemente
que "es mentira que los lituanos no queramos a los rusos". Aunque
nunca ha estudiado, sabe perfectamente algo que ignoran u ocultan muchos
nacionalistas radicales de los llamados segmentos ilustrados en las repúblicas
bálticas: que "los rusos son tan víctimas como nosotros de lo que han
hecho los comunistas". Alfons quiere la independencia porque piensa que Lituania,
al igual que Letonia y Estonia, puede ser un país próspero "a
caballo" entre Centroeuropa y Escandinavia, y dice que debe corregirse
aquella aberración del derecho internacional que fue el protocolo secreto del
pacto Hitler-Stalin que acabó con la existencia de Lituania como Estado.
Piensa también que la independencia y secesión de la URSS es
la forma más rápida con la que cuenta el pueblo, y no sólo el lituano, para
deshacerse del sistema soviético. Está convencido, como lo estaban las masas
centroeuropeas en 1989, de que sin la hegemonía soviética desaparecería el
sistema que ha causado daños inenarrables a la economía y la cultura, la
ecología, el tejido social y la moral de su pueblo.
Los burócratas
Desde que Moscú permitió unas elecciones plurales en las
repúblicas bálticas, todas ellas han optado por separarse de la URSS. Han
expulsado del poder a gran parte del aparato comunista. Este lo
dirigen los premiados por la selección negativa del socialismo real,
burócratas, tan serviles en Moscú como arrogantes en sus feudos republicanos.
Sus perfiles y biografías se semejan a las de los líderes caídos en el este de
Europa.
Su miedo al cambio es inversamente proporcional a sus
posibilidades de mantener influencia y posición en una sociedad competitiva.
Son los dirigentes de los partidos comunistas en Vilna, Riga y Talin y de
organizaciones como Interfront y el Comité para la Igualdad de los Derechos en
Letonia.
Aunque indignados con Gorbachov porque le consideran
culpable de su caída, ven en una intervención violenta de Moscú la oportunidad
de ganar aún "una lucha final", no exactamente en el sentido en que
la anunciaba el himno de la Internacional, sino en el de aplazar el
desmantelamiento del aparato comunista.
Tiene razón el hiperreaccionario comunista letón Anatoli
Aleksejeys en que en las repúblicas bálticas no se respetan las leyes. Tampoco
en el resto de la URSS.
El caos es general. El abastecimiento ha empeorado, la lucha
política ha exacerbado los ánimos, los odios étnicos y agravios nacionalistas
se han disparado, amplios sectores educados en el respeto a la ley sólo a
través del miedo han surgido como mafias que saquean al más débil, chantajean,
reprimen y roban.
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