Por HERMANN TERTSCH
El País Miércoles,
24.08.94
TRIBUNA
Aún ayer recibí un artículo sobre Cuba que es un cántico a
los logros sociales de la revolución cubana y, sobre todo, cómo no, al
maravilloso sistema de sanidad pública y gratuita que, según asegura su autor
-un intelectual en otros asuntos al parecer muy avisado-, disfrutan los
cubanos. Me recordó una carta que este periódico publicó en 1986, firmada por
otro intelectual, que me acusaba poco menos que de ser el agente mejor pagado
de la CIA por mis críticas al régimen de Gustav Husak, y por dudar de los
logros socialistas, la justicia social y la satisfacción popular que, según
él, hacían de la Checoslovaquia comunista un Estado adorable. Hay obcecados en
todas partes, pero en España parecen legión. Sobre todo cuando hablan de
Cuba. Mientras, en la isla, el joven Armando cultiva desde hace meses su
bronquitis crónica. Hace tiempo se le acabó un botecito de jarabe que le dio un
turista a cambio de algún favor. Y, pese a toses, fiebres y dolores, planea su
larga excursión por mar hacia Florida y construye su balsa con dos llantas de
camión y cuatro tablas atadas con cuerdas para intentar llegar a Estados Unidos
y pasar el tiempo que haga falta en un campo de refugiados, en la cárcel o
donde sea. Poco le importa mientras llegue. Se puede ahogar con toda su familia
y lo sabe. Pero está decidido.
Pero en España siguen aún algunos empeñados en defender su
último laboratorio social, su terrarium caribeño para experimentos
con seres vivos. Como mucho, se avienen a que Castro ha podido cometer
algún error en su infinita preocupación por hacer felices a los
cubanos. Pero si se le escapan, es porque la CIA y el Pentágono han vuelto a la
ofensiva en su obsesión por convertir Cuba de nuevo en el prostíbulo de la
mafia norteamericana. Como antaño.
Y, sin embargo, la niña Iris, con apenas 15 años, sucumbiría
en la envidia más corrosiva si supiera los regalos que hacía Lucky Luciano a
sus meretrices en La Habana de los cuarenta. Ella se acuesta desde hace días
con un cliente adulto español, viscoso y baboso, a cambio de 20 miserables
dólares, un pedazo de jabón y una comida en un diplorestaurante. Y, pese
a todo, Iris se sabe envidiada por miles de jovencitas y jovencitos en toda la
isla. Es ésta la dignidad que ha acabado defendiendo Castro. Como la
heroica independencia frente a la gran potencia del Norte. La misma soberanía
que no le importó vender a otra potencia mientras ésta existió y pagaba las
facturas para que el experimento tuviera buen aspecto y estableciera filiales
en Latinoamérica o África.
¡Qué bonita es Cuba! Desde el Floridita al Hotel Nacional en
el Vedado. Buenos daiquiris y aire acondicionado. Y de regreso a España,
después de un acto de solidaridad "de por vida con Fidel", se compra
uno la camiseta con el rostro del Che Guevara. Y desde las fiestas veraniegas
en el Ampurdán se le dedica un cariñoso recuerdo al comandante, se defiende su
obra que Miami quiere destruir y se recuerda la simpatiquísima velada con los
trovadores oficiales Pablo Milanés y Silvio Rodríguez. ¡Qué gran sensibilidad
la de estos hombres de cultura!
Mientras, en Cuba, las alcantarillas rezuman en el interior
de las oscuras covachas en que se han convertido las casas de La Habana vieja.
Moscas, cucarachas, hambre, enfermedades y desesperación que están llevando a
miles a la muerte. Y aquí, en España, los obcecados no dudan. La gloria de la
revolución bien vale los sacrificios ajenos.
La política exterior de España tiene ahora la oportunidad -y
necesidad imperiosa- de liberarse del último resto de influencia de estos
trivializadores del crimen y de la catástrofe histórica que supone para Cuba la
larga agonía de aquella dictadura de obcecados. No basta con desear una
liquidación pacífica del actual régimen cubano. Hay que hacerles ver a los
cubanos que se les ayuda en ello. En caso contrario, la percepción popular, aun
si es errónea, de una complicidad con Castro puede dañar irreversiblemente el
papel que le corresponde a España jugar en la reconstrucción de Cuba cuando
acabe la pesadilla. Esto puede ser pronto. Y España no puede llegar tarde.
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