Por HERMANN TERTSCH
El País, La Habana,
17.08.94
Los que respetan a Castro recuerdan un pasado que consideran
empañado por sus actuaciones presentes
¿Está solo el patriarca? Posiblemente no haya en la segunda
mitad del siglo XX un líder político que haya levantado dentro y fuera de las
fronteras de su país tantas pasiones como Fidel Castro. Ya a su entrada
triunfal en La Habana en 1959, con sólo 33 años, Fidel Castro era ya un mito. El
héroe de la revolución, justo, solidario e implacable con los explotadores, los
corruptos y los racistas. Adalid de los desheredados, protector de otros
pueblos oprimidos y líder del Tercer Mundo durante tres décadas, había que ser
presidente de Estados Unidos, su enemigo feroz, para no querer hacerse una foto
con él, grande, con su digna barba y su uniforme de color verde oliva.
Se sabía que fomentaba levantamientos en países vecinos y
lejanos, que armaba guerrillas y que reprimía a su propia oposición y
disidencia con no menor brutalidad que otros dictadores comunistas. Sin
embargo, casi todo el mundo observaba esto con singular condescendencia.
Al comandante se le podían permitir algunos excesos, que de
ser cometidos por dictadores del anticomunismo, como Marcos o Pinochet,
provocaban un grito de indignación en las sociedades democráticas. La historia
estaba con él, como ya había anunciado en el juicio por el asalto al cuartel de
Moncada. "La historia me absolverá".
Pero la historia ha demostrado que la condición
indispensable para pasar a sus libros como un mito es morir joven. El compañero
de armas de Fidel, Ernesto, el Che Guevara parecía intuirlo y supo
morir en la sierra boliviana. ¿Qué hubiera hecho el Che en la Cuba de
nuestros días?
¿Habría pasado ya por las cárceles castristas como otros muchos
compañeros en la aventura guerrillera y revolucionaria contra la dictadura
castrista? O quizá se hubiera exiliado de una forma más convencional que la que
utilizó al renunciar a ejercer el poder y lanzarse a otras batallas de la
emancipación armada.
Triste destino el de Castro, el de un patriarca otoñal al
que su pueblo no cree ya y al que quienes lo respetan lo hacen tan sólo por un
pasado que consideran cada vez más empañado por sus actuaciones actuales.
Nadie se atreve a decirle a la gran estrella de antaño en
los escenarios que ya no es sino una caricatura de sí mismo. Nadie parece tener
el valor de decirle que el mundo ha cambiado tanto que él, incapaz ya de
percibir la complejidad de los nuevos tiempos, no hace sino dañar a aquellos a
los que secuestró para hacerlos felices.
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