Por HERMANN TERTSCH
El País, La Habana,
14.08.94
TRIBUNA
El poder omnímodo de Fidel Castro impide la aparición de
dirigentes reformistas en el comunismo cubano
Tiene 68 años desde ayer, habla con lentitud y, para quienes
no le odian, con cierta gracia. E insiste con pasión y terrible insistencia en
sus lemas de "Patria o muerte" y "Socialismo o muerte".
Y, sin embargo, son cada vez más los cubanos que todos los días hacen en la
terrible travesía marítima hasta las costas de Florida su propio lema, en el
que reniegan de lo que Fidel Castro llama patria y gritan en silencio, unos
ahogados, otros muertos por deshidratación, otros recién llegados a tierras
extrañas dejando atrás sus hogares y familia, su nuevo lema: antes la muerte
que el socialismo de Fidel. En Cuba, la vida nunca ha sido fácil. Pero desde que
se hundieron en Europa los regímenes comunistas y se disolvió la Unión
Soviética el deterioro ha alcanzado un ritmo de vértigo. Han sido 35 largos
años de ingentes esfuerzos solidarios movilizados por una gran idea asumida con
sinceridad por una mayoría del pueblo. Y hoy grandes partes de La Habana y de
otros rincones de esta otrora rica isla viven en condiciones que nada tienen
que envidiar a los peores guetos de miseria del Tercer Mundo más profundo.
Fuera de los núcleos de los militantes más convencidos o beneficiados por el
sistema se ha impuesto la máxima del sálvese quien pueda.
Cuando no hay jabón, no hay comida, no hay medicinas, no hay
electricidad muchas veces, ni petróleo, ni leche, cuando el sueldo del mes no
llega para comprar un bote de champú, la dignidad del pueblo, en nombre de la
que se asumieron la falta de libertad, la militarización de la sociedad y la
ideologización de todo el tejido social, es la víctima capital.
¿Lo sabe Fidel? se preguntan muchos cubanos. Como en todas
las dictaduras con arraigo, en Cuba son aún muchos los que piensan que gran
parte de los males que acosan a la población se producen porque el
"padrecito" no lo sabe, porque su entorno lo tiene engañado. La
imponente personalidad de Castro siempre ha eclipsado a sus colaboradores,
incluso cuando se convertían en sus rivales y normalmente, al poco tiempo, en
sus víctimas. Salvo su hermano Raúl, jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias
y considerado segundo hombre del régimen, son pocos los hombres de su entorno
con gran presencia pública y muy escasos los datos sobre sus posiciones u
opiniones reales, en caso de tenerlas, sobre la situación del país y posibles
divergencias con Castro. Es normal, ya que desmarcarse de la posición de Castro
es la vía más directa al féretro político.
Parece claro que hasta ahora nadie ha osado poner en
cuestión el liderazgo de Castro y que, salvo su hermano, nadie cuenta con un
poder efectivo en el aparato del Estado que pudiera convertirlo en un
peligro para el presidente en caso de conflicto en el seno de la cúpula. Muchas
esperanzas pusieron algunos observadores en Roberto Robaina, actual ministro de
Asuntos Exteriores.
Hubo alguien que llegó a calificarlo como el Gorbachov
cubano. Joven, recién llegado de la dirección de la Unión de Juventudes
Comunistas, parecía el mejor hombre para encabezar un reformismo cubano que
pudiera evitar este callejón sin salida en el que parece querer meterse Castro.
No ha sido así.
Robaina parece tener tan poca base real del poder en el
partido como su antecesor en la jefatura de las Juventudes y hoy principal
responsable económico del régimen, Carlos Lage, de tan sólo 42 años, y el
interlocutor de Carlos Solchaga en los esfuerzos más bien infructuosos del ex
ministro de Economía español por convencer a la dirección cubana que la
supremacía de la ideología que imponen a la economía tiene necesariamente que
llevarles a la catástrofe. En esto, Solchaga está teniendo toda la razón. Lage
es, según gente que le conoce bien, un buen hombre, pero poco más. Salvo el
caso en que, como muchos sospechan, la tan anunciada reforma de la economía
es tan sólo ese parche que necesita el aparato para no hacer ninguna
reforma en lo político.
También había alimentado las promesas de un futuro mejor, al
menos algo más ilustrado y humano, el antecesor de Robaina en la cancillería,
Ricardo Alarcón. Tres décadas en la diplomacia lo habían convertido en un
profesional de las relaciones exteriores tan diferente a otros diplomáticos
cubanos, sólo obsesionados por no desmarcarse en sus opiniones de las tesis
oficiales. Sin embargo, hoy ya está ocupando un cargo que en un régimen
comunista viene a ser la antesala de la defenestración política, como es la
presidencia de un Parlamento que no supone nada en la tarea legislativa y menos
en la del control del Ejecutivo.
Alarcón ha pasado a ser una promesa fracasada antes de ser
promesa en el sentido estricto. Pero tampoco de Robaina piensa la mayoría de
los observadores en La Habana que sea ya un candidato serio a dirigir lo que
pudiera ser el cambio de rumbo y el dirigente que lleve al Partido Comunista
cubano a reconciliarse con las formas civilizadoras de Gobierno y sociedad
plurales.
Queda la gran incógnita, el hombre que siempre estuvo a la
sombra de Fidel, de su hermano, y sobre el cual difieren tanto las opiniones en
Cuba como para añadir misterio a su siempre controvertida personalidad. Dicen muchos que es Raúl más duro que su hermano. Y otros que esa era
precisamente la impresión que siempre quiso dar Fidel para advertir a la gente
que la alternativa a su persona era aún peor que él. Y, sin embargo, quienes
han tenido que ver con Raúl dicen que es mucho más accesible, más dialogante y,
sobre todo, que es capaz de escuchar al prójimo y no sólo a sí mismo como su
hermano.
No hay comentarios:
Publicar un comentario