Por HERMANN TERTSCH
El País Domingo,
21.11.93
Macedonia, acosada por sus vecinos y las rivalidades
étnicas, puede extender la guerra yugoslava a toda la región de los Balcanes
"También hoy, tras varias guerras y tras muchas resoluciones
de las conferencias europeas, sigue abierta la cuestión macedonia y es una
mancha oscura, de terribles augurios, para Europa". Esta advertencia del
búlgaro Arseni Jovkov, publicada en el periódico Ilinden en febrero
de 1922 vuelve a ser actual. Largas sombras se extienden sobre los intentos de
los mediadores internacionales y dirigentes políticos occidentales de compensar
su fracaso en frenar la guerra en Bosnia-Herzegovina con su supuesto éxito en
"impedir la extensión de la guerra". La detención, la pasada semana,
de un grupo de miembros de la minoría albanesa de Macedonia, entre ellos un
viceministro de interior del Gobierno de Skopie, acusados de conspiración
contra el Estado, replantea los peligros de desestabilización de Macedonia,
esta paupérrima república ex yugoslava en el punto más débil del puente
balcánico entre Europa y Oriente Medio.
Estados Unidos, que no ha ejercido otro papel en la crisis
de los Balcanes que la difusión de mensajes e iniciativas confusas y
contradictorias, envió el pasado año 300 soldados a Macedonia para
"proteger la integridad de sus fronteras".
Incluso Washington, cuyos errores de apreciación en esta
región han sido constantes en los últimos años, sabe que de caer la pieza
macedonia en hostilidades, la gran guerra balcánica sería inevitable.
Cinco países -Grecia, Albania, Serbia, Bulgaria y Turquía-
se verían irremisiblemente envueltos en una guerra cuya crueldad y víctimas
podría superar a la de Bosnia-Herzegovina. Ninguno de los países vecinos de
Macedonia se mantendrán impasibles mientras otros se reparten este territorio
vital en los Balcanes. Dos países de la OTAN -Turquía y Grecia- podrían
hallarse en bandos encontrados en una guerra en la que resurgirían las alianzas
bilaterales o trilaterales, desmoronado ya el concepto de la seguridad
colectiva. Este, una de las mayores conquistas de la posguerra en Europa y
celebrado en 1990 en la cumbre de París de la Conferencia de Seguridad y
Cooperación en Europa (CSCE) no es ya sino un lejano recuerdo después de que las
potencias atlánticas que eran garantes del mismo aceptaran el asalto armado
sobre Croacia primero y sobre Bosnia después y hoy estén pujando por el
reconocimiento de fronteras que consoliden conquistas territoriales por vía
militar.
Pero la amenaza inmediata sobre Macedonia no está en una
invasión militar serbia, griega, albanesa o búlgara que puedan evitar los
trescientos norteamericanos y setecientos cascos azules. El gran
peligro que se cierne sobre Macedonia, agudizado por la actitud griega de boicotear
y mantener en el ostracismo internacional a este pequeño país vecino, está en
la desestabilización interna y en la muy cuestionada lealtad a este Estado de
todos sus ciudadanos.
Los albaneses de la región occidental -donde se encuentran
las ciudades de Tetovo y Gostivar, supuestas cunas de la conspiración- hablan
cada vez más abiertamente de la necesidad histórica de constituir una
Gran Albania que incluya a Kosovo y toda la franja occidental de Macedonia.
La expansión de la república de Serbia por las guerras en
Croacia y Bosnia, que Occidente parece resignado a aceptar, ha reforzado las
tendencias entre los albaneses que buscan la redención nacional en
la unificación de todos los territorios habitados por albaneses.
Pero el presidente macedonio, Kiro Gligorov, tampoco puede
estar muy seguro de la lealtad de los macedonios eslavos. Frente al núcleo
militante de nacionalistas integrados en el IMRO (Movimiento Revolucionario
Macedonio del Interior) del radical Liubko Georgievski, un inteligente y joven
demagogo del mesianismo nacionalista, una gran parte de los macedonios eslavos
parece poco convencida de sus posibilidades de defender el Estado frente a
posibles ataques expansionistas de Albania y su quinta columna en la
minoría albanesa.
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