Por HERMANN
TERTSCH
El País Jueves,
17.03.94
TRIBUNA
Schindler, el industrial alemán que salvó a cientos de
judíos de morir en el Holocausto solo tenía una modesta calleja a su nombre en
Frankfurt, una tumba, un árbol y unos miles de recuerdos agradecidos en Israel.
Ahora ha saltado a la fama mundial. Alemán y empresario, sin mayor interés por
la política, congenió con los nazis y medró bajo el Tercer Reich. Aún más, nos
cuentan que era vanidoso, mujeriego, bebedor y juerguista, manirroto y, en el
ocaso de la vida, un hombre sumido en la soledad y el fracaso. ¿Qué distinguió a
este hombre para que su memoria conmueva ahora a millones? A primera vista, que
hizo lo que no se esperaba de el. ¿En que se diferenciaba de Amon Göth, el
comandante de las SS en el campo de concentración de Paszow, donde debían morir
los hombres, mujeres y niños a los que Schindler arrancó a la suerte de
millones de judíos centroeuropeos? Göth, ejecutado después de la guerra, era un
asesino que llegó a matar de un tiro en la cabeza a su limpiabotas, el pequeño
judío David Mond, de trece años, por descuidarse al pulir sus botas. No eran
estos dos hombres antagónicos en ideología, creencia o educación. Quizás todo
se reduzca a una -abismal- diferencia: Schindler fue una de esas personas -hubo
muchos miles y sin embargo aterradoramente pocas- que logró conservar bajo la
inmensa presión del régimen y la ideología nacionalsocialista la calidad
diferenciadora en el ser humano que es la piedad. Göth no.
No fue el nazi el primer régimen en combatir la piedad como
el gran enemigo a batir en los individuos para hacerlos mas manipulables, más
implacables, más insolidarios, deshumanizados en definitiva. Desde la
Inquisición, todos los totalitarismos han combatido esa capacidad de compasión
que mueve al hombre a sentir la tragedia ajena y actuar en ayuda del otro,
del semejante que sufre.
En la percepción de esa semejanza entre los humanos por
encima de todas las características diferenciadoras está el antídoto al odio
sobre el que cabalgan los regímenes criminales. Hoy volvemos a ver como en los
Balcanes, pero no solo allí, después de décadas de minar la semejanza con la
retórica del enemigo de clase, se ha recurrido con más éxito a la de
la raza. Las consecuencias son conocidas. El crimen se convierte en lógica,
incluso en placer y obligación. Karadzic y Baruch Goldstein o el odio al otro.
Que nadie piense que habitantes ilustrados de sociedades del
bienestar somos inmunes a este asalto del odio, a la quiebra de la percepción
de la semejanza, como no lo fue la sociedad alemana de Schindler. Una lectura
atenta de la prensa europea revela que la suspicacia contra colectivos, razas o
religiones son omnipresentes. Y son la termita que corroe la piedad en los
individuos. Hace días un columnista en un diario madrileño acusaba a individuos de
Nueva York "con levita y tirabuzones" de propiciar el hundimiento de
la economía española. Antisemitismo puro y duro. Otros calificaron los planes
de Volkswagen en Barcelona como un nuevo "Auschwitz", a los japoneses
de repetir Pearl Harbour en Linares. La desmesura como licencia literaria es
inofensiva en ciertos círculos. En otros no. En Madrid han aparecido pintadas
amenazando con un "Catalanes, recordad Sarajevo". Seguro que los que
lanzaron la campaña contra la política educativa catalana no lo pretendían.
Pero existe un nexo entre ambos hechos. No es la razón la que impide el odio.
Muchos nazis eran muy racionales. Es la convicción de que ellos son,
somos, nosotros. Las cruces gamadas en los estadios; la xenofobia
entre la juventud, demuestran las graves fisuras en esta percepción de la
semejanza. Es fácil crear recelo y odio con fines crematísticos o políticos. Es
mucho más difícil desmontar estas pasiones ya desatadas. Convendría pues un
esfuerzo de responsabilidad colectiva para evitar que caigamos en situaciones
en las que el mero ejercicio de la piedad conviertan a un hombre en héroe, como
a Schindler.
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