Por HERMANN TERTSCH
El País Jueves,
03.03.94
TRIBUNA
Una vez en la historia ha creído Washington tener una
política específica en los Balcanes. Fue durante las conferencias de paz
celebradas en las cercanías de París en 1919, después de la rendición de las
potencias centrales, Alemania y Austria-Hungría. "Las relaciones entre los
diversos países balcánicos deben estar basadas en un amistoso convenio de
acuerdo con las líneas establecidas por la historia y las nacionalidades; se deben
acordar garantías internacionales para la independencia económica e integridad
territorial de los diversos países balcánicos". Así reza parte del undécimo
de los célebres catorce puntos sobre los que el presidente norteamericano
Woodrow Wilson quería basar el "nuevo orden internacional". Ni siquiera un devoto presbiteriano sin noción alguna de la historia europea como
Wilson repetiría hoy esta cantinela de buenos propósitos salpicados de insultos
a la realidad. Aquella política no sólo fracasó entonces, sino que contribuyó a
crear monstruos políticos que aún hoy devoran a los hijos de la región.
Los Balcanes fueron después una preocupación británica,
francesa, alemana y rusa, es decir, europea. Esto está cambiando. Sucesos de
las últimas semanas ofrecen indicios claros de que, ante el abismal fracaso de
la política balcánica europea de los últimos tres años, Washington vuelve a
tener claros intereses en esta región y parece haber definido los conceptos
básicos para defenderlos. El ultimátum a las fuerzas serbias para que retiraran
su artillería en torno a Sarajevo -impuesto por Washington en insólita
comunidad de criterios con París- y la decisión demostrada por los aviones
norteamericanos -bajo bandera de la OTAN- ante el claro desafío que suponía la
operación de ataque en Bosnia de una formación de seis aviones serbios son dos
hechos muy significativos en este sentido.
Pero la operación diseñada por la administración Clinton
para impedir que sea Rusia la que, a través de Serbia y aprovechando la
impotencia de la Unión Europea, se convierta en única potencia balcánica -y a
la que están vinculados los dos hechos antes citados- pasa fundamentalmente por
la alianza entre los croatas bosnios y el Gobierno de Sarajevo, firmada ayer en
Washington. De cuajar esta reactivación de la alianza antiserbia bosnio-croata,
el siguiente paso sería una confederación entre el Estado de Croacia y los
territorios de Bosnia no ocupados por los serbios. Será difícil imponer sobre
el terreno esta nueva vuelta a la colaboración interétnica después de casi un
año de estimulación del odio hacia los musulmanes impuesta por Tudjman en abril
pasado. El principal y quizá único aval de esta confederación está en el
resuelto apoyo norteamericano a la misma y su advertencia a Croacia de que de
no aceptar -y cumplir- está condenada a entrar en una asociación de Estados
parias y boicoteados con Serbia.
Una confederación entre Croacia y la Bosnia croato-musulmana
en la que tuviera éxito la pacificación, la desmilitarización y la
reconstrucción con ayuda occidental tendría serios efectos sobre el ánimo de
los serbios en Serbia y los territorios ocupados en Bosnia y Croacia. De Rusia
pueden esperar el apoyo de alguna finta diplomática para asegurarse las
conquistas, pero ninguna ayuda material para salir de su miseria actual. Esta
nueva situación podría fomentar la sobriedad, siempre en detrimento del
nacionalismo mitológico y el fanatismo racista. Los peligros para este proyecto
son inmensos pero no son menores para cualquier otro. EE UU ha vuelto a los
Balcanes. Con esta confederación auspiciada por Washington, con una cada vez
más sólida presencia política y militar en Albania, un declarado interés por
ser potencia protectora de Macedonia y un aliado poderoso en Turquía, cuenta
con las piezas para evitar que Rusia gane la partida en la región con su reina,
Serbia. Por fin Washington parece tener una política en los Balcanes. Es
imprescindible para el pulso con Rusia que ahora comienza. Además puede redimir
los disparates de aquel Woodrow Wilson.
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