Por HERMANN TERTSCH
El País Viernes,
18.02.94
TRIBUNA
La guerra de los Balcanes, la catastrófica evolución de lo
que muchos europeos y sus dirigentes creyeron en junio de 1991 sería tan solo
una escaramuza armada entre separatistas croatas y eslovenos y centralistas
serbios, ha alcanzado un punto crítico y necesariamente de inflexión. Dos años
de lectura simplista del conflicto, confusiones interesadas y la ignorancia y
pereza mental tan habituales en sociedades ricas y estómagos satisfechos no han
evitado lo peor: para los bosnios, la muerte, y para nosotros, la miseria
moral, el descrédito y la descomposición política. El fracaso de la política del
"no pasa nada, son tribus que se matan" ha quedado en trágica
evidencia. La tentación de crear un cordón sanitario en torno a los Balcanes y
dejar que la fiera grande se coma a la débil no funciona. Hasta las
cancillerías más torpes se han convencido de que no podemos permitir criaderos
de serpientes en el vecindario si queremos evitar que los reptiles aniden en
casa. A la larga, nuestras sociedades no pueden vivir en la contradicción de
condenar a la cárcel a un neonazi alemán por quemar una casa con tres
musulmanes en Solingen y recibir con honores y discursos laudatorios a Karadzic
o Mladic, directamente responsables de la muerte de decenas de miles de
musulmanes bosnios.
Pase lo que pase a partir de la una de la madrugada del
lunes próximo, nada volverá a ser igual que antes de esta hora en que expira el
ultimátum lanzado por la OTAN a las fuerzas serbias de Bosnia. Si continúa la
guerra, será otra guerra. Pero si realmente ha llegado la hora de la
lucidez de la Alianza Atlántica, única organización occidental cuya
credibilidad no ha sucumbido en la crisis balcánica, es posible que Europa se
reencuentre con unos principios que hicieron de la parte occidental de este
continente un bastión de libertad durante las últimas cinco décadas y cuyo
éxito civilizatorio, con todas sus imperfecciones, marcó el fracaso del sistema
antagónico en el Este.
Con la misma convicción que movió a Winston Churchill a
romper con la deplorable y deplorada política de Chamberlain de doblegarse ante
la amenaza de un régimen cuya razón de estado es el racismo, la violencia y la
mentira, los Gobiernos de Francia y EE UU han movilizado a Occidente a esta
acción común contra lo políticamente insostenible y moralmente intolerable: la
impunidad del crimen como instrumento político y bélico.
Es posible -incluso probable- que las fuerzas serbias
accedan a una negociación real cuando constaten que Occidente no está dispuesto
a tolerarles todo. Pero es seguro que este momento, en el que Europa parece por
fin haber reunido las fuerzas para luchar por defender los fundamentos de la
sociedad abierta, en primer lugar el antifascismo, marca una recapitulación de
las relaciones con Rusia. Hubiera sucedido también sin la guerra de Bosnia.
Pero la decisión europea de no tolerar indefinidamente la barbarie desvelará
también que el sueño de una Rusia plenamente identificada con los intereses de
Occidente es tan sólo eso, un sueño.
Rusia no defiende a Serbia sólo por afinidad cultural,
histórica y religiosa. Su política en las antiguas repúblicas soviéticas
persigue objetivos similares a los que Belgrado se marcó cuando comprobó que su
asalto a la hegemonía étnica en el Estado condenaba a muerte a Yugoslavia.
Europa está ante una encrucijada. La defensa de sus valores en casa, en los
Balcanes, en Rusia y países vecinos requiere decisión. Rusia no es un enemigo
-tampoco lo es en sí Serbia-, pero su política puede llegar a ser una amenaza.
Frente a este reto es razonable la ayuda, pero siempre desde la firmeza
mostrada por Occidente desde el bloqueo a Berlín en 1948 hasta la caída del
muro en 1989. Es ésta la que nos garantiza la capacidad de autodefensa de
nuestra sociedad.
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