Por HERMANN TERTSCH
El País Viernes,
21.01.94
TRIBUNA
Croacia y el Estado de Yugoslavia formado por Serbia y
Montenegro han firmado en Ginebra un acuerdo para "iniciar el proceso de
normalización de sus relaciones". Éste prevé la apertura de "oficinas
de representación" en sus respectivas capitales para facilitar los
contactos bilaterales. Hay quien ya ha visto en ello el reconocimiento mutuo,
el establecimiento de relaciones diplomáticas e incluso una alianza político-militar
entre estos dos Estados para acabar con la guerra en Bosnia e imponer un
reparto coordinado del territorio de este Estado. En realidad, este acuerdo es
poco más que una mera repetición de uno ya firmado en octubre de 1992 por el
presidente croata, Franjo Tudjman, y el entonces presidente yugoslavo, Dobrica
Cosic. Después de aquella firma los choques militares continuaron. Las bombas
serbias, incluido algún misil tierra-tierra, llegaron hasta los suburbios de
Zagreb. Parece, por tanto, prudente no exagerar el efecto de unas firmas que en
los Balcanes sólo tienen el valor de la estratagema.
Pero también es cierto que tanto Tudjman como Milosevic
tienen hoy más interés que en el pasado en coordinar sus acciones, al menos a
corto plazo. Estos acuerdos, como toda una serie de encuentros públicos o
secretos habidos en los últimos dos años entre los presidentes Tudjman y
Milosevic, tienen por objeto buscar una estrategia común en Bosnia. Esta
adquiere mayor relevancia ahora que las víctimas de esta operación de tenaza,
la población bosnia y el ejército leal al Gobierno de Sarajevo, cansados ya de
esperar ayuda internacional, se han lanzado a una ofensiva al principio
desesperada, pero ya muy sólidamente respaldada por considerables éxitos
militares. Con la aceptación por parte de la comunidad internacional del
principio de división étnica del Estado bosnio y el firme control serbio sobre
dos tercios del territorio del Estado bosnio, Milosevic ha logrado sus
objetivos bélicos. Ahora su máxima prioridad está en el levantamiento del
embargo que ha sumido a Serbia y Montenegro en una situación de caos social,
miseria y hambruna. Tudjman, por su parte, necesita paliar la catástrofe
militar y política que ha supuesto su estrategia de división de Bosnia. Ésta
solo reafirma en sus tesis a los rebeldes serbios que mantienen ocupado un
tercio de Croacia. Pero Tudjman es incapaz de enmienda. Su obsesión por
proseguir con su lucha contra la fantasmal amenaza islámica le ha
llevado a enviar amplios contingentes de su ejército regular a luchar en suelo
del Estado vecino. Esto justificaría plenamente que Croacia se vea sometida a
sanciones internacionales similares a las aplicadas a Serbia. Pero, además, no
ha podido cambiar así la suerte de una guerra entre croatas y bosnios de mayoría
musulmana, cuyos principales causantes son el presidente croata y sus adláteres herzegovinos. Ahora firma un acuerdo en el que no ha podido
siquiera arrancar a Milosevic un reconocimiento para la soberanía croata en sus
fronteras oficiales. Mientras Milosevic aprovecha con maestría la debilidad de
sus adversarios, Tudjman sólo sabe caer en la propia debilidad por vía de la
arrogancia.
El acuerdo se firma sin tener en cuenta a los principales
factores del conflicto en el actual momento: el ejército leal a Sarajevo,
dispuesto a seguir luchando; las fuerzas serbias en la Krajina que, instigadas
a la rebelión contra Zagreb por Belgrado, se negarán a ser vendidas ahora por
Milosevic a Tudjman; los croatas dálmatas y bosnios, víctimas de la estulticia
política y estratégica de Tudjman; y finalmente la descomposición generalizada
en el escenario bélico de los bandos, serbio, croata y bosnio provocada por la
agitación nacionalista, la aceptación del principio de división étnica
-segregación- por parte del mundo civilizado y por la propia dinámica de la
guerra. El resultado de todo esto será, nadie lo dude, más guerra.
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