Por HERMANN TERTSCH
El País Sábado, 09.04.94
TRIBUNA
No están los tiempos como para permitirse el lujo de
prescindir de almas como la de Golo Mann, un historiador y alemán en lo mejor
que esto puede significar nunca. Y menos para Alemania en el principio de una
nueva era. Pero la naturaleza es implacable y a los 85 años nos ha abandonado
este valiente testigo del siglo que, por su padre Thomas Mann y su tío
Heinrich, tenía el privilegio añadido de disponer de un balón al siglo pasado.
Su comprensión de la historia era única. Ser hijo de Thomas Mann tenía por
fuerza que ser una gran ventaja. Pero su lucidez, su inteligencia, su cultura y
su independencia eran las mayores. Por eso podía descalificar con tanto humor
como pasión a esos colegas suyos los historiadores Nolte y Hillgruber que, más
sofisticados que los nazis de taberna, intentan hacer del nazismo y del
holocausto incidentes desagradables de la historia. Pero con la misma agudeza
fustigaba las cretinadas de una intelectualidad izquierdista alemana dogmática
y torpe. Sus escritos sobre la Guerra de los treinta años, especialmente su
biografía de Wallenstein, son fascinantes y conmovedores. Su historia de
Alemania en los siglos XIX y XX es una obra definitiva.
Golo Mann era depositario de esa ingente tradición cultural
basada en el rigor, el estudio y la valentía de criterio que caracterizó al
alemán culto desde Lutero hasta que Auschwitz cayó como una losa sobre el
pensamiento de la nación. Supo llevar la carga que el nazismo impuso al alemán
con respeto a las víctimas, pero sin intentos de acomodación culpable ni de
compensaciones siempre inútiles por las dimensiones del crimen. Tenía esa
virtud tan reprimida por ideologías y prejuicios progres o postmodernismos
que es el sentido común. Y mucho respeto a la historia. Golo Mann ha cumplido.
Y nos queda su obra.
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