Por HERMANN TERTSCH
El País Viernes,
22.04.94
TRIBUNA
Resulta patético ver a diplomáticos, líderes occidentales y políticos calcinados convertidos en mediadores lamentar la mala fe de las
fuerzas serbias por atacar Gorazde después de prometer no hacerlo. ¿Que rayos
esperaban? ¿Que abandonaran un asedio de veinte meses cuando estaban a punto de
concluirlo con éxito? Sentirse sorprendidos e indignados por el hecho de que el
líder serbio en Bosnia, Radovan Karadzic, no cumpliera un acuerdo es a estas
alturas sencillamente ridículo. Este hombre no ha hecho sino mentir y matar en
los últimos dos años. Con gran éxito. Lo primero le ha permitido continuar
impunemente lo segundo. Pero convertir a Karadzic en el gran villano de la
inmensa matanza de Bosnia es concederle un galardón que él aceptaría con gusto,
pero que no le corresponde. Entre las muchas ficciones que la comunidad
internacional ha pretendido creerse en estos tres años de guerra está la de que
los serbios en Bosnia y Croacia actúan con independencia de Belgrado. Lo que en
las páginas de este periódico aseguraba Goran Percevic, lugarteniente de
Slobodan Milosevic en el Partido Socialista Serbio, sobre la no implicación de
lo que llama República Federal de Yugoslavia (RFY) es, por decirlo suavemente,
falso.
Serbia y Montenegro, a los que contra toda lógica aún se
reconoce bajo el nombre de un Estado federal disuelto, quizá por el hecho de
que se quedaron con todo el patrimonio de éste en el exterior y con todo el
aparato militar, han armado, inspirado, coordinado y dirigido desde un
principio y hasta ahora mismo esta guerra. Que los bosnios están siendo
liquidados con bombas y balas que ellos contribuyeron a pagar es un hecho
conocido. Basta ya de simular que no sabemos que al margen de pequeñas
diferencias de criterio coyunturales y logradas escenificaciones de conflictos
entre Belgrado, Pale y Knin, las órdenes capitales en esta gran operación de
asalto territorial y creación de la Gran Serbia partieron y parten del despacho
de Slobodan Milosevic.
Con razón se impusieron a Serbia y a Montenegro las
sanciones. De allí procede hasta el último litro de gasoil para los carros de
combate que disparaban ayer contra el hospital de Gorazde y las granadas que
mataron a los pacientes. Si la OTAN quiere seguir siendo una organización que
infunda algún respeto a sus miembros y a los potenciales agresores de los
mismos debería por tanto tomar alguna iniciativa que no se limite a destruir
cuatro remolques serbios oxidados a costa de perder un carísimo avión Harrier.
Tendría que bombardear seriamente las rutas de abastecimiento, los puentes
sobre el Drina y centros estratégicos militares serbios en Bosnia y en la misma
Serbia. Después imponer un ultimátum a Milosevic para que acepte unas
negociaciones reales, no esas que proponen sus hombres y equivalen a la
capitulación total de sus enemigos.
Occidente debería convencer a Rusia -ahora que hasta Moscú
se siente engañada- sobre la necesidad de levantar el embargo de armas que
niega a los bosnios el derecho a la autodefensa. Rusia tiene vínculos
culturales y sentimentales con Serbia, pero dudo mucho que sacrifique unas
fluidas relaciones con Occidente por apoyar a un aparato como el de Milosevic,
del que Yeltsin sabe que celebraría con entusiasmo que Zhirinovski le derrocara
en Moscú.
Regímenes que han llegado tan lejos en su desprecio y
violación de las leyes y reglas mínimas de humanidad como el de Milosevic no
pueden ser reciclados. Sus dirigentes se saben responsables de tanto daño a
otros pueblos y al propio, que impedirían con toda la fuerza militar a su
disposición cualquier tipo de transición. Deben ser derrocados o debilitados
por una derrota militar hasta que su propia población los liquide y se pueda
proceder a la desnazificación. El ceder ante ellos sólo incrementa sus
apetitos. Puede que algún día Milosevic y su matarife delegado Karadzic sean
colgados por su propio pueblo. Pero para ello hay que impedir que puedan seguir
presentándose ante éste y ante el mundo como triunfadores.
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