Por HERMANN TERTSCH
El País Sábado,
21.05.94
TRIBUNA
En toda Europa parece quebrarse el consenso antifascista
sobre el que se fundó el orden democrático de la posguerra. En Italia, cuatro
neofascistas que reivindican abiertamente el legado político de Mussolini son
ya miembros del Gobierno. En Alemania, una jauría de neonazis se lanzó el
sábado pasado, en Magdeburgo, a plena luz del día, a la caza de transeúntes
con aspecto extranjero. Hace unas semanas ardió por primera vez desde la caída
del nazismo una sinagoga en Alemania, en Lübeck. Tan sólo 56 años después de
la Kristallnacht (Noche de los cristales rotos) vuelve a ocurrir lo
que Europa se había jurado no se repetiría. Nie Wieder (Nunca
más). Más preocupante que la actividad de los grupos militantes del nazismo es
la incapacidad de las autoridades para hacerles frente. Falta percepción del
peligro hacia el que nos deslizamos y sobra irresponsabilidad de quienes desde
posiciones políticas no fascistas suministran combustible ideológico,
descrédito de las instituciones y rabia contra el sistema a quienes rocían con
gasolina los cuarteles del enemigo.
En Marsella y en Belgrado, en Moscú y en Varsovia se
declaran ya abiertamente nazis muchos que antes no lo eran y otros que siéndolo
no se atrevían a manifestarse como tales. Limpiezas étnicas y matanzas masivas
en Bosnia, pogromos contra los gitanos en Rumanía y Eslovaquia, palizas a
transeúntes árabes en Budapest. Todos estos fenómenos de la nueva Europa
comienzan a tener terribles parecidos con los habidos hace seis décadas y que
concluyeron con medio continente en ruinas. Todos comenzaron, esta vez como
entonces, con una agitación y propaganda de la desmesura y el odio en las que,
como dice Gordana Knezevic, redactora jefe del diario de Sarajevo Oslobodenje, la
prensa y televisión prepararon el enfrentamiento y la guerra como la artillería
en un campo de batalla prepara el terreno para el "asalto de la
infantería". Permítase por tanto recomendar mesura y templanza para que,
allá donde se pueda -y nosotros estamos aún muy a tiempo- evitar que se rompan
las redes de consenso civil sobre las que se basa una sociedad abierta,
democrática y pacífica. Porque también en España ha comenzado ya a disparar una
incipiente artillería verbal y escrita, eso sí, de rápida cadencia de
fuego. Surgen ya en las columnas periodísticas términos como partidos
antiespañoles" o "individuos con levitas y tirabuzones" (judíos
por supuesto, se supone que empeñados en destruir la economía española),
enemigos en suma. Las atalayas ultraliberales del periodismo
combativo en boga llaman ya al asalto final contra "los que han destruido
España" el enemigo, el Gobierno, claro. La victoria está cercana.
Superfluo es el compromiso. Queipo de Llano habla desde Sevilla.
Legalidad y legitimidad ya no confluyen. Por el contrario
son antagónicas en la actualidad, según nos subrayan en algunas tertulias. Los
métodos parlamentarios no valen porque no funcionarían para los propósitos
marcados. Quien no participa en el hostigamiento general, en el grito constante
de "González dimite" y "Socialistas a la hoguera" es un vendido
al pesebre del poder. Otro enemigo. Aún peor: un traidor. La moderación es
sospechosa. La matización culpable. O con nosotros o corrupto, vendido. O
inquisidor o cómplice de Roldán. Ése es el lema de la nueva moralidad.
"Pujol, recuerda Sarajevo", rezan pintadas por
todo Madrid. ¿Quieren bombardear Barcelona por el apoyo de CiU a Felipe
González o por el genocidio lingüístico en marcha por las hordas
catalanistas? Con el supuesto terror del alfabeto latino sobre el
cirílico justificó Belgrado sus primeras tropelías en Croacia.
Toda Europa ha entrado en una era de profunda
incertidumbre. Los peligros son muchos y graves. Y aquí algunos están
ejerciendo de dinamitadores de puentes estratégicos. Atáquese al Gobierno,
desvélense los latrocinios y persígase a los ladrones. Pero quien difunda
culpas colectivas -de pueblos, razas, nacionalidades o partidos- y criminalice
opciones políticas democráticas, mina la convivencia y siembra tempestades de
odio para el futuro. Tampoco nosotros somos inmunes al desastre histórico.
Tengamos memoria.
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