Por HERMANN TERTSCH
El País Lunes,
06.06.94
TRIBUNA
Las conmemoraciones no suelen arribar en los momentos más
oportunos. Para el recientemente fallecido Honecker, el 40º aniversario de su
supuestamente flamante Estado obrero y campesino alemán fue el detonante del
final de su régimen. También para el Partido Comunista de Checoslovaquia fue el
aniversario de la autoinmolación del estudiante Jan Palach el detonante de su
caída. En un sinfín de ocasiones, el aniversario de una fecha ha provocado
acontecimientos tan memorables o más que los que se recordaban. Ahora, Occidente
se apresta a celebrar el 50º aniversario de una de las grandes gestas de la era
contemporánea, el desembarco en Normandía. El 6 de junio de 1944 la Operación
Overlord abrió la gran ofensiva final de los aliados contra el nazismo en
Europa occidental. Fue a un tiempo el asalto final contra la barbarie del III
Reich y el comienzo de una carrera contrarreloj para impedir que el rodillo
militar del Ejército Rojo que aplastaba a los alemanes en el frente oriental
conquistara toda Alemania y llegara al Atlántico. Las democracias occidentales
ya sabían que el Ejército del Tío Joe -como llamaba Roosevelt a Stalin- iba a
ser difícil de desalojar de los territorios que ocupara en su ofensiva
triunfal.
Fue, por tanto, el desembarco en Normandía una magna
operación de las democracias en defensa de sus valores fundamentales.
Participaron en el mismo gentes de muchas naciones además de norteamericanos,
británicos y canadienses. Había polacos y franceses, neozelandeses y españoles.
Desde tierra colaboraron franceses, belgas, holandeses y no pocos alemanes.
Otros muchos ansiaron su éxito para que la invasión acabara con la
pesadilla del hitlerismo. Hoy, medio siglo después, hubiera sido por ello fácil
hacer de las fiestas conmemorativas del 6-D un gran acto de reafirmación de la
supranacionalidad de los valores democráticos y derechos humanos que movieron a
aquella inmensa flota de buques y aviones y por los que tantos jóvenes murieron
en las playas y dehesas normandas.
Sin embargo, no es esto lo que sucederá el lunes en las
playas y cementerios de Normandía. No son los miembros de la Alianza Atlántica
(OTAN), ni los de la Unión Europea (UE) ni los de la Conferencia sobre
Seguridad y Cooperación en Europa (CSCE) -esos tres organismos internacionales
que abogan por esa supranacionalidad de los principios de la democracia
occidental- los protagonistas de los actos conmemorativos. Son de nuevo los
Estados nacionales, y sólo aquellos que se consideran vencedores principales en
aquella batalla, los invitados a la fiesta. Se celebran estos días en Normandía
viejas alianzas de guerra y se olvidan las alianzas multilaterales de la larga
paz y de la prolongada y efectiva defensa de los valores comunes que comenzó
con la derrota del nazismo. Los mismos que entonan cantos a las excelencias de
la multilateralidad han organizado un festejo en honor del Estado nacional que
creíamos a punto de superar. A los alemanes ni agua ese día, para que recuerden
que fueron nazis y los rusos lejos porque ya estaban asaltando Europa oriental.
Países como ante todo Polonia o en el último año de la guerra Rumanía, que
tuvieron enormes pérdidas humanas en la contienda, son prácticamente ignorados
en favor de la Disneylandia bélica. Se reactivan culpabilidades pasadas y se
les confiere un carácter colectivo y nacional.
No parece una sabia decisión. No es desde luego la fórmula
de frenar este mismo proceso de introspección nacional en Alemania y otros
países. No es la forma en que Mitterrand pueda compensar sus fracasos de
valoración de la escena internacional desde la caída del muro de Berlín, ni en
la que Major enmiende la crónica debilidad de su capacidad política. Tampoco
Clinton va a entusiasmar a los norteamericanos así para un compromiso de
solidaridad con todas las democracias europeas y paliar las propias tendencias
al aislacionismo. Y, sobre todo, no es la forma de celebrar un proyecto común
de futuro y de seguridad colectiva, sino un método seguro para abrir viejas
heridas y retornar al juego de las alianzas bilaterales o triangulares, a
las ententes grandes, medianas o pequeñas. La multinacionalidad tan
celebrada durante la pasada década, que parecía hace tan sólo unos años una
certeza para el futuro, se pierde cada vez más en el pasado.
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