Por HERMANN TERTSCH
El País, Madrid,
11.11.93
El país balcánico se debate entre la antigua miseria, el
dolor de la reforma y la resistencia de los ex comunistas
Cuatro años sin Nicolae Ceausescu, cuatro años con el presidente
Ion Iliescu. Tres jefes de Gobierno, dos elecciones generales, pluralidad de
prensa, multitud de partidos políticos, sindicatos más o menos independientes,
tiendas repletas de productos de importación, empresas mixtas y libertad para
viajar al extranjero. La enumeración basta para desmentir con rotundidad a
todos aquellos que aseguran que en Rumanía no ha cambiado nada en los últimos
años. Esta afirmación es tan evidentemente falsa que sorprende la frecuencia con
que uno se enfrenta a la misma en conversaciones con interlocutores rumanos.
"Alguna cosa ha mejorado, otras están peor" o "estamos más o
menos como entonces". Comentarios de este tipo resultan irritantes cuando
se recuerda la oscuridad, el hambre y el miedo en que Ceausescu había sumido a
su pueblo. Rumanía ha cambiado en estos cuatro años y, sin embargo, las
reacciones internas y externas demuestran que no lo suficiente como para
generar esperanza entre esta maltratada población balcánica.
Como el Drácula de Bram Stoker, inspirado en el legendario
conde valaco Vlad Tepes Dracul, el dictador ejecutado el 25 de diciembre de
1989 parece contar aún después de muerto con poderes para influir sobre sus
víctimas. Su mayor poder sigue siendo, sin duda, el miedo. El mundo occidental,
que tan dispuesto estuvo a ignorar los horrores del régimen de Ceausescu a
cambio de que éste prosiguiera con su papel como histrión del Pacto de
Varsovia, quiso exigir a los rumanos la confianza y el valor para el cambio que
no tenían países con sociedades más estructuradas y, con menos sufrimiento y
humillación a sus espaldas, como hoy demuestra el crecimiento de los ex
comunistas en Polonia, Hungría y Eslovaquia.
Occidente se sintió después engañado por una revolución que
acabó con el déspota y prometió democracia, libertad y bienestar pero, asustada
por sus propias promesas, practicó después una efectiva restauración de
personas, prácticas e instituciones del régimen sangrientamente abatido.
Desde el principio, nadie quería terapias de choque en
Rumanía, salvo algún intelectual desarraigado. Esto sirvió para que se
impusiera la terapia de la caricia, bonitas palabras y cambios
superficiales. Cuando algún dirigente quiso romper el entramado de intereses
del aparato poscomunista, el presidente Iliescu utilizó todos sus recursos,
desde la televisión hasta la toma de Bucarest por hordas de mineros para acabar
con esas intenciones.
Rumanía ha sido por ello algo así como la cenicienta en las
reformas políticas y económicas que siguieron en el Este de Europa al colapso
de los regímenes comunistas. Hasta hace poco más de un mes no había sido
aceptada en el Consejo de Europa, Estados Unidos le negó hasta este mismo año
la cláusula de nación más favorecida, las inversiones extranjeras han llegado
con cuentagotas y sólo al sector servicios y para el comercio inmediato. Con
razón se quejan sus embajadores en el exterior de que sólo se habla de Rumanía
cuando se produce una mala noticia.
El pasado parece ser un lastre del que no logra desprenderse
este gran país de recursos envidiables. Con 23 millones de habitantes, es el
segundo país en población, así como en extensión, de Europa oriental tras
Polonia, de gran riqueza, con petróleo, minerales y una tierra fértil como
pocas en Transilvania y las llanuras al sur del arco de los Cárpatos; su
población parece condenada a no poder o saber explotar lo que la naturaleza le
dio.
Bucarest es la prueba más clara de los cambios superficiales
habidos. Farolas encendidas, anuncios luminosos con publicidad de cigarrillos y
bebidas americanas, coches occidentales y escaparates repletos. Centenares de
tenderetes ofrecen desde grifos a cepillos de dientes, golosinas y aceite de
oliva. Más de 200.000 rumanos han solicitado la licencia empresarial.
Restaurantes de lujo como Velvet y Elite y precios más propios de Múnich o
Ginebra sugieren los nuevos ideales del triunfador.
Pero esta realidad no oculta que, al igual que bajo la
fresca pintura de los nuevos comercios y los edificios reconstruidos tras la
violencia revolucionaria de diciembre de 1989, existe otra, más profunda y
arraigada. La inmensa mayoría de los funcionarios en la Administración siguen
siendo los mismos que, absolutamente incapaces y seleccionados sólo por su
sumisión al mensaje del Titán de los Titanes, no tienen otro objetivo
que preservar el cargo y sus privilegios, el principal de los cuales es cobrar
sobornos por cualquier actividad.
Las mastodónticas fábricas del estalinismo arrancaron en
1989 de sus naves y oficinas los letreros con arengas de "Romania,
Ceausescu, Comunismul", pero aún esperan los siguientes cambios. La
Agencia Nacional de Privatización sigue lo que el primer ministro, Nicolae
Vacaroiu, califica como "ritmo demasiado lento", pero que otros
observadores califican como parálisis por el bloqueo impuesto por el Parlamento.
Éste, dominado por el FSDN, del presidente Iliescu, y su
alianza con el ultranacionalista Partido de la Unidad Nacional Rumana, dedica
con preferencia su tiempo a las letanías de dignidad nacional y hostigamiento
contra peligros en su mayoría ficticios, más que a crear el marco legal para la
privatización.
Aumento de la miseria
El rechazo a la terapia de choque no ha evitado el
aumento de la miseria. No lejos de los restaurantes de lujo de Bucarest, la
miseria alcanza grados decimonónicos, que en los Balcanes sólo tienen parangón
en Albania o en las zonas de guerra yugoslavas. Los árboles de las carreteras
en Moldavia desaparecen bajo las hachas de la población ante el invierno, y los
vertederos están llenos de buscadores que, como una mayoría, ven con rabia cómo
las tiendas repletas de hoy les son tan inaccesibles como la despensa de
Ceausescu hace unos años. La miseria y la falta de perspectivas de futuro entre
una población que, fuera de las grandes urbes, es supersticiosa e ignorante es
ideal para la activación del nacionalismo y el odio. Antiguos poetas de la
corte de Ceausescu como Vadim Tudor agitan con poca vergüenza y mucho éxito
estos instintos contra húngaros, gitanos y judíos.
El ex primer ministro Petre Roman es una figura ideal a
perseguir por su hostilidad a Iliescu y su origen judío. El Gobierno ha abierto
un sumario contra él por malversación. Conviene tener enemigos contra los que
concentrar las iras de la población. Roman puede haber malversado fondos. Con
rigor, esta fórmula colocaría a todos los rumanos adultos fuera de la ley.
Podría responder como Iliescu al reproche de su militancia comunista.
"Aquí lo fuimos todos".
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