Por HERMANN TERTSCH
Enviado Especial a Bucarest
El País Jueves,
04.11.93
Los gitanos constituyen en el Este el chivo expiatorio de
los Gobiernos que quieren ocultar sus dificultades
La violencia contra los gitanos en el este de Europa ya ha
causado la muerte de decenas de miembros de esta minoría en los últimos tres
años. Más de 400 casas fueron incendiadas en tan sólo dos años. El recurso a
esta limpieza étnica a pequeña escala, así como la expulsión violenta
de los gitanos de pueblos donde entraron en conflicto con la población
mayoritaria, se extienden rápidamente.
En la localidad rumana de Bolentina, la población quemó en
julio de 1991 26 casas de gitanos y expulsó a todos sus moradores, un total de
137, en respuesta a la supuesta violación de una mujer por un gitano. Nunca se
comprobó la veracidad de esta acusación y nadie fue detenido por su
participación en este pogromo antigitano.
Los gitanos, que sufrieron con los judíos la persecución y
los campos de exterminio nazis -perdieron en éstos más de medio millón de
vidas-, corren ahora el peligro de convertirse en la minoría a liquidar por
sociedades y gobiernos que buscan cabezas de turco sobre las que verter el odio
del ultranacionalismo emergente y la frustración por las dificultades de estas
economías en transformación o colapsadas. De los entre siete y ocho millones de
gitanos que viven en el continente, el 70% se concentra en Centroeuropa y los
Balcanes.
Son el pueblo sin patria que queda en Europa, y este
continente, dice Nicolae Gheorghe, presidente de la Federación Rumana de
Gitanos, tiene ante sí el reto de defenderlos ante la amenaza de que los
nacionalismos tribales emergentes intenten por segunda vez en este siglo
hacerlos desaparecer.
La pasividad de las autoridades ante esta violencia tiene
explicación ante el gran consenso antigitano que existe entre las mayorías,
especialmente en Eslovaquia y en Rumanía. Una encuesta publicada la pasada
semana demuestra que el 77% de los rumanos proclama públicamente su hostilidad
a los gitanos. La minoría alemana en Transilvania, en trance de desaparición
por emigración y cuyas casas abandonadas suelen ser ocupadas por gitanos,
muestra aún mayor repulsión.
No hay minoría que crezca con mayor rapidez, no hay minoría
que llame más la atención por su vitalidad, su forma de vestir, por su
omnipresencia en las calles, en el comercio ilegal y legal, en la mendicidad y
pobreza y en la manifestación de su riqueza. No hay, finalmente, minoría que se
haya resistido más a su integración después de que sus tradicionales formas de
vida fueran destruidas.
Palizas y desempleo
Casas quemadas, palizas indiscriminadas a manos de jóvenes
neonazis y skinheads, imposibilidad virtual de conseguir un empleo
regular por falta de formación, analfabetismo y hostilidad de las mayorías son
problemas comunes de los gitanos en todo el este de Europa. Nadie sabe cuántos
son, ya que muchos evitan los censos y otros mienten sobre su origen étnico.
Ciudades como Skopje, en Macedonia, Tirgu Mures o Sibiu, en
la Transilvania rumana, barrios de Belgrado, zonas industriales pauperizadas
como Ostrava, en la República Checa, o Kosice, en Eslovaquia, cuentan con
grandes concentraciones de gitanos. Ellos tienden a exagerar su número,
mientras los países que los albergan suelen minimizar su presencia como si de
un estigma se tratara.
Los Gobiernos en el este europeo no han concebido otra
política hacia los gitanos que no sea la meramente policial.
"Desgraciadamente, la situación económica ha creado unas condiciones
favorables para los extremistas promotores de racismo, ultranacionalismo y
xenofobia" reconoció, el presidente rumano, Ion Iliescu, en un seminario
sobre las minorías gitanas en el Este celebrado en las cercanías de Bucarest,
hace unos meses.
La política de represión y marginación ha fracasado
especialmente porque no ha podido reprimir la natalidad de la minoría. También
ha fracasado la coordinación entre Gobiernos para intentar sufragar la
exportación de esta minoría. El Gobierno de Bonn pagó durante años ingentes
sumas de dinero a Bucarest a cambio de permisos para que miembros de la minoría
alemana salieran de aquella inmensa cárcel que era Rumanía. Hoy Bonn paga a
Bucarest, a cambio de que ésta acepte a los gitanos rumanos que han entrado
ilegalmente en Alemania.
Dinero tirado por la ventana, sugiere el primer ministro
rumano, Nicolae Vacaroiu, a EL PAÍS. "Los gitanos se consideran ciudadanos
del mundo. Nuestras relaciones con Bonn han permitido la repatriación de muchos
gitanos rumanos. Gran parte de ellos seguro que ya están de vuelta en
Alemania", dice Vacaroiu. El jefe del Gobierno rumano es un hombre sincero
que lucha con más dedicación que éxito en favor de las reformas económicas. Sin
embargo, en la cuestión gitana, hasta Vacaroiu cae en los eufemismos. Cuando
habla de "buenas relaciones con Bonn" se refiere al pago de una serie
de millones de marcos que Alemania concede a Rumanía para la ayuda social a los
expulsados, pero que, según los líderes gitanos, jamás llegan a su destino.
"También es cierto que hay algunos gitanos que
trabajan, que mandan a sus hijos al colegio y son serios" añade.
"Tienen muchos millones", confirma el portavoz del Gobierno, Ioan
Roska, reflejando así unos prejuicios generalizados.
Vacaroiu asegura que los incidentes habidos fueron
precedidos por "provocaciones" de los gitanos. Sin excluirlo, los
líderes gitanos recuerdan que los pogromos contra los judíos siempre fueron
precedidos por rumores sobre algún crimen cometido por éstos. El rumor como
motor del crimen racista y justificación previa del mismo vuelve a ser actual
en los Balcanes.
"SON UNAS HIENAS"
"¡Fuera gitanos!" y "¡Muerte a los
gitanos!" son pintadas que proliferan ya por Bucarest y otras ciudades
rumanas. La prensa rumana asegura que en ciudades como Constanta, Ploiesti y
Rimnicu Vilcea se han constituido ya grupos de activistas racistas que planean
acciones violentas coordinadas contra la presencia gitana en sus calles.
"Hay que acabar con esta peste". "Son unas hienas".
"Fuera parásitos" son frases que resuenan inmediatamente en una
conversación sobre el problema gitano, pronunciadas incluso por
rumanos por demás moderados. Roto el férreo orden de la represión comunista, el
conflicto interétnico ha surgido con gran ímpetu. El mínimo grado de integración,
la miseria y el nulo respeto mutuo entre las comunidades han hecho de los
gitanos la perfecta cabeza de turco ante las frustraciones de la reforma
poscomunista, la paralización económica y las durísimas condiciones de vida.
Cada vez son más los rumanos convencidos de que los gitanos "no son
integrables". La conclusión es que deben ser expulsados, y vecinos en
diversos pueblos han empezado a tomar esta iniciativa en su entorno inmediato.
Desde la II Guerra
Esta política no es nueva en Rumanía. El mariscal Ion
Antonescu, jefe del estado filonazi durante la II Guerra Mundial, proyectó
grandes campos de concentración para gitanos en el este del país en un plan que
sólo frustró el cauce de los acontecimientos en el frente balcánico y oriental
en los años 1943 y 1944.
Antonescu ya cuenta con los primeros monumentos en Rumanía.
Su rehabilitación parece sólo cuestión de tiempo. Después del fulgurante éxito
de la limpieza étnica practicada por las fuerzas serbias en
Bosnia-Herzegovina, ultranacionalistas rumanos también esperan poderse librar
de la misma manera de sus minorías. La húngara, arraigada y próspera en
Transilvania, tiene un Estado vecino que la protege. Pero los gitanos,
olvidados por todos, no tienen esta suerte, y constituyen por tanto la víctima
propiciatoria. Así quedarían también rehabilitados en Rumanía los viejos
métodos del mariscal Antonescu.
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