Por HERMANN TERTSCH
Enviado Especial a Tirgu Mures
El País Lunes,
01.11.93
Rumanía vive desde la caída de Ceausescu una escalada de
violencia contra la minoría cíngara
La policía rumana llegó esta vez a tiempo al lugar de los
hechos, en Hadareni, el pasado día 20 de septiembre. Unos 500 habitantes
rumanos y húngaros de esta aldea en Transilvania, a una treintena de kilómetros
de Tirgu Mures, habían olvidado las tensiones entre estas dos comunidades
étnicas en el norte de Rumanía, para hacer causa común contra la raza que ambas
odian por igual, la gitana. La rápida presencia policial no salvó la vida a los
tres miembros de una familia gitana. Dos murieron bajo una torrencial lluvia de
estacazos y patadas. Difícilmente hubieran podido defenderse, ya que los
agentes los esposaron, ya malheridos, antes de devolverlos a la horda de
linchadores. El hermano de uno de ellos fue quemado vivo dentro de la casa en
que se había refugiado.
Otras 13 casas de gitanos ardieron aquel día en Hadareni. La
policía y los vecinos impidieron que los bomberos intervinieran antes de que
hubieran sido reducidas a cenizas. Sus propietarios, con varias decenas de
hijos, se refugiaron en los bosques cercanos y tardaron días en volver.
El "pogromo antigitano", como Amnistía
Internacional y la Federación Internacional de Derechos Humanos no han dudado
en calificar el incidente de Hadareni, estalló al correrse la voz de que varios
gitanos habían apuñalado a un joven rumano en una oscura disputa. El rumano
"murió y además tenía una hija de tres años" dice embargada por la
compasión hacia la primera víctima, Gabriela, una enfermera de Tirgu Mures que
vive en una aldea cercana a Hadareni.
Los tres gitanos que murieron después, no ya en una pelea
-como hay cientos cada año entre borrachos, estraperlistas o mercaderes en
Rumanía-, sino linchados con la abierta complicidad de la policía, no
despertaban en Gabriela sino asco. "Son gente muy peligrosa y son como una
plaga. Son millones".
El de Hadareni ha sido el incidente más grave hasta el
momento en la escalada de la hostilidad antigitana que vive Rumanía desde la
caída del régimen de Nicolae Ceausescu. La quema de casas, que comenzó hace
tres años en Girgiu, en la ribera del Danubio, se han convertido ya en una
práctica frecuente cuando la población rumana -o también húngara, en la región
de Transilvania- vierte su odio y frustración sobre los gitanos.
Sociólogos rumanos y líderes de la comunidad gitana
advierten ya que, si no se frenan y persiguen estos aniquilamientos, hasta
ahora sin excepción impunes, cualquier día puede producirse un estallido de
violencia antigitana de imprevisibles consecuencias. Exigen, además, que se
ponga en marcha un programa de integración propuesto por los dirigentes de las
organizaciones gitanas, programa que los tres Gobiernos habidos en Rumanía
desde la revolución han ignorado. El plan pone énfasis en educación para
adultos, escolarización, reactivación de las profesiones gitanas tradicionales,
programas de empleo y sanidad, así como planificación familiar.
La alta natalidad de la comunidad gitana es uno de los
factores que agudiza los miedos y los odios de la mayoría rumana. Este
síndrome, simbolizado por la lapidaria sentencia de Gabriela "son una
plaga" es el mismo que utilizó el nacionalismo serbio contra los albaneses
en Kosovo y los musulmanes bosnios, ambos pueblos de alta natalidad.
"Como las ratas"
Como en su día hizo la propaganda nacionalsocialista alemana
con la población judía, medios rumanos como Evenimentul Zile, el
periódico de mayor tirada, presenta a la comunidad gitana como un elemento
extraño que se multiplica "como las ratas" y amenaza con devorar por
dentro la cohesión, el espíritu y la identidad nacional.
Aunque el censo de 1992 asegura que son 410.000 los gitanos
que viven en Rumanía, nadie concede el más mínimo crédito a esta cifra, y no
sólo los líderes de la comunidad afectada hablan de varios millones (unos de
dos y otros de hasta cinco) en una población total de Rumanía de 23 millones.
La inmensa mayoría de los gitanos rumanos vive en unas condiciones atroces,
inimaginables para los sectores más marginales en Europa occidental.
Sólo 2 de cada 10 tienen trabajo, normalmente en el comercio
o en el campo, el analfabetismo es prácticamente general y ante la casi nula
escolarización de sus hijos en la Rumanía posCeausescu la integración de las
nuevas generaciones parece más lejana que nunca. En esta situación, muchos
recurren al mercado negro, a la mendicidad y a la pequeña delincuencia para
sobrevivir.
Pero al igual que la miseria extrema, también la prosperidad
espectacular de muchos gitanos en las capitales provoca el violento rechazo de
los rumanos. La incuestionable tendencia a la ostentación de los gitanos ricos
alimenta la envidia y los sentimientos de agravio. En Bucarest, la población
tolera mejor un ejército acosador de niños mendigos que al gitano rico con su
Mercedes 500 que celebra juergas hasta las siete de la mañana y que, llamada la
policía por los vecinos desesperados, tira los billetes del monto de la multa a
los pies de los agentes, según cuentan algunos residentes.
No hay comentarios:
Publicar un comentario