Por HERMANN TERTSCH
Enviado Especial a Budapest
El País Viernes,
29.10.93
Budapest teme que Occidente ceda a Moscú un 'derecho de
injerencia' sobre sus antiguos satélites
Los húngaros celebraron hace unos días el aniversario del
levantamiento de 1956, la primera gran insurrección nacional en Europa contra
la hegemonía soviética. El 4 de noviembre conmemorarán el 37º aniversario del
fin de aquel sueño de independencia. Los tanques del Ejército Rojo aplastaron
toda resistencia, y reimplantaron la pax soviética, que se prolongó
seis lustros más.
De nada sirvieron los llamamientos desesperados de los
resistentes húngaros a Occidente, especialmente a EE UU, a cumplir sus promesas
de ayuda, reiteradas entre incitaciones a la rebelión antisoviética por las
emisoras en húngaro de Radio Europa Libre. Occidente se limitó a lamentarse por
la invasión soviética, como haría en 1968 con la invasión de Praga. Desde
entonces húngaros y checos no han podido deshacerse de la sospecha de que, al
igual que al repartir Europa en zonas hegemónicas tras la II Guerra Mundial,
Occidente les traicionó para no destruir sus relaciones con Moscú.
La reciente cumbre de la OTAN en Travemünde, que rechazó
categóricamente el ingreso en la OTAN a los países centroeuropeos, ha reavivado
este resentimiento contra Occidente. Polonia, Hungría y la República Checa han
solicitado reiteradamente su ingreso en la OTAN, que consideran la única forma
de acceder a ciertas garantías de seguridad ante la cada vez más inquietante
situación en Rusia y Ucrania y la guerra en los Balcanes.
Esto parecía verosímil en agosto pasado, cuando el
presidente ruso, Borís Yeltsin, de visita en Polonia, declaró que Moscú no
objetaría al ingreso en la OTAN de todos estos países. Un mes más tarde, sin
embargo, Yeltsin enviaba una carta a líderes occidentales en los que vetaba
esta ampliación al Este de la Alianza.
Las palabras de consuelo de la cumbre de Travemünde a los
aspirantes rechazados, invitándoles a una "cooperación militar
limitada", y la forzada y nada sincera satisfacción del ministro de
Exteriores, Geza Jezsensky, que calificó la solución como "paso
positivo", no ocultan la impresión general, aquí, en Budapest, al igual
que en Praga y Varsovia, de que, una vez más, Occidente está dispuesto a
reconocer a Moscú ciertos derechos sobre la política de seguridad de estos
países.
Estos temores se ven agravados por el convencimiento de que
el veto al ingreso de los Estados centroeuropeos en la OTAN no parte del propio
Yeltsin sino del Ejército.
En conversaciones confidenciales, fuentes gubernamentales
húngaras acusan a Occidente de aceptar, con el rechazo de su solicitud de
entrada en la OTAN, que Moscú vuelva a tener derechos hegemónicos sobre estos
países que hace tan sólo cuatro años lograron acabar con el imperio soviético
en media Europa. "Occidente está ayudando al renacimiento de una
nueva doctrina Breznev ", el principio de la soberanía limitada
de los entonces países satélites de la URSS, que justificaba la intervención política,
económica y militar en los territorios vecinos a la URSS.
En Praga, después de la reunión de Travemünde, el presidente
checo, Václav Havel, tuvo durísimas palabras para Occidente, a quien acusó de
abandonar a Centroeuropa en un limbo de seguridad para no irritar a Moscú.
El Ejército ruso ya ha demostrado en las antiguas repúblicas
soviéticas que, si bien aceptó su independencia política, no está dispuesto a
renunciar a éstas como espacio militar propio. Con intervenciones nada
disimuladas en Azerbaiyán y Georgia, obligó a estas dos repúblicas a retornar a
la Confederación de Estados Independientes (CEI). En este Ejército, al que
Yeltsin debe ahora la victoria sobre sus rivales, pervive el concepto de la
seguridad de un cordón sanitario, profundamente arraigado desde el asalto
alemán sobre la URSS en 1941. Este cordón lo forman por imperativos geográficos
Polonia, la República Checa, Eslovaquia y Hungría.
Pal Dunay, analista en cuestiones de seguridad de la
universidad Lorana Eötvös, señala que la OTAN tiene que ponerle claros límites
a la intervención de Rusia en las ex repúblicas soviéticas. "Si no, estoy
realmente preocupado de que Occidente nos traiga de nuevo a los rusos".
Las fuentes húngaras comprenden la reticencia occidental a
"garantizar la seguridad" de países que, con problemas fronterizos y
de minorías, y algunos con una crónica inestabilidad, podrían arrastrar a la
OTAN a conflictos y poner en grave peligro la cohesión de la alianza. Sin
embargo, califican de "miope" este miedo, ya que los conflictos son
más probables con estos países si permanecen en un limbo de seguridad, una vez
que ya no existe en los Balcanes concepto alguno de seguridad colectiva.
Hungría tiene dos vecinos, Eslovaquia y Rumanía, con los que las relaciones
oscilan entre la frialdad y la hostilidad abierta. Los tres han gastado fuertes
sumas en armamento en el último año.
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