Por HERMANN TERTSCH
Enviado Especial a Belgrado
El País Domingo,
26.09.93
Conocidos criminales de guerra alardean de sus 'triunfos' en
las calles de Belgrado
"Este fue uno de los que empezó la guerra en Bosnia. Era
guardaespaldas de Karadzic y fue de los que dispararon contra la manifestación
desde el tejado del hotel Holiday Inn. ¿Recuerdas? Mataron a varios". Así
identificaba el belgradense Dragan a un joven con el que acababa de hablar en
una terraza de Belgrado en el centro de la capital serbia. El asesino, moreno,
musculoso y bien parecido, vestía una bonita camiseta estampada, pantalones de
pinzas y zapatos italianos. Gozaba de la compañía de dos guapas jóvenes y
fumaba Marlboro, pese al embargo que obliga a la mayoría de los
ciudadanos serbios a colmar su insaciable afición por el tabaco con picadura
adquirida tras largas horas de cola.
Nadie que estuviera en Sarajevo aquellos últimos días de
marzo de 1992 podrá olvidar como la ciudad entera, hombres y mujeres, ancianos
y niños, serbios, croatas, musulmanes y judíos, se lanzaron a la calle en
manifestación pacífica, con flores y panes con sal como símbolos de la paz, la
hospitalidad y la esperanza. Entonces, cuando se concentraban frente a la sede
del Parlamento, hoy una calcinada ruina, sonaron disparos. Procedían del hotel
que el líder de los rebeldes serbios de Bosnia, Radovan Karadzic, había
convertido en su cuartel general.
Todos los periodistas conocían a los jóvenes con aires de
matón y atuendos de proxeneta balcánico que escoltaban al psiquiatra convertido
en caudillo. En los bares del hotel se pavoneaban con jovencitas
hipermaquilladas ante las que armaban sus fusiles, hablando de matar musulmanes
como quien presume de sus primeras piezas en la caza de codornices.
Fueron ellos los que comenzaron la guerra en Bosnia y no el
68% de los ciudadanos de esta república que habían votado días antes por la
independencia, todos los musulmanes, la mayoría de los croatas y una gran parte
de los serbios urbanos que, protegidos en la ciudad, estaban a salvo de la
intoxicación nacionalista y las amenazas de Karadzic.
Sucedió días antes de que comenzara la tragedia de
Bosnia-Herzegovina simbolizada en el sufrimiento de su capital. Han pasado 18
meses. En la víspera de que el Parlamento de Sarajevo se reúna en la sede de la
presidencia, -uno de los pocos edificios públicos que, gracias a su solidez
decimonónica ha desafiado con éxito a las bombas-, el resultado de la guerra
queda patente en toda su crudeza. El joven asesino sonriente en la terraza de
Belgrado ha ganado.
Gran parte de los manifestantes que coreaban "no a las
armas, convivencia, todos somos Sarajevo", están enterrados en cementerios
improvisados en parques y campos de fútbol, otros son tristes refugiados desarraigados
cuyo destino final determinará la imposibilidad de ir a otra parte. Los que
sobreviven en Sarajevo han dejado hace tiempo de pensar que "el mundo no
permitirá que nos ataquen y nos maten" como decían ilusos en aquellos días
de engañosa primavera.
Horas después del encuentro con el joven patriota serbio que
disparó contra mujeres, ancianos y niños en Sarajevo y hoy recibe la recompensa
de los vencedores en Belgrado, este corresponsal cenaba en el restaurante del
club de los escritores de Belgrado, conocido como Ivo por su antiguo
propietario, un encantador anciano dálmata que murió hace un año, como
queriendo poner fin a la pesadilla en la que se sumía la región. En la mesa
próxima, con una despampanante pelirroja enjoyada, un robusto individuo con varios
anillos en sus rollizos dedos, corbata florida y americana cruzada, gozaba de
una comida cuyo precio supera en mucho los ingresos de una familia serbia
honrada en estos tiempos de crisis.
Era Mirko Jovic, jefe de los temibles Beli Orlovi (las
Águilas Blancas). Esta banda paramilitar se especializó pronto, en la guerra en
Croacia, en degollar a sus víctimas tras torturarlas lo suficiente para
hacerles confesar donde guardaban sus ahorros. Pero fue en Bosnia donde sus
hazañas adquirieron un carácter épico. En Visegrad, junto al Drina, se
dedicaron durante semanas a recoger a los musulmanes en sus casas, meterlos en
un camión refrigerador y llevarlos al puente sobre el río para ejecutarlos allí
de un tiro o un profundo corte en la garganta, Jovic vive bien en Belgrado, se
le notaba en el Ivo satisfecho. Nadie le pedirá nunca cuentas, al fin y al
cabo, Mirko Jovic es un triunfador.
La terraza donde Dragan se encontró al joven asesino escolta
de Karadzic se encuentra en una galería elegante abierta últimamente junto a
Terazjie, la mejor zona de Belgrado. La mayor parte de los negocios -es secreto
a voces- pertenece a Arkan, un criminal buscado por la policía de varios países
europeos por estafa, extorsión y proxenetismo. Consúltese a la Interpol. Comparados con Arkan, Jovic y el pequeño escolta son
vulgares chorizos. Con su grupo paramilitar sembró el terror y saqueó lo que
pudo en media Bosnia. Sus hombres mutilaron a familias enteras antes de darles
muerte. Hoy Arkan es uno de los grandes potentados de la nueva Serbia y pide
500 dólares por entrevista. Desde el pasado año es flamante miembro del
Parlamento serbio, elegido por la circunscripción de Kosovo con el fin de
expulsar a los albaneses.
La guerra en Bosnia está acabando, dicen. Aunque no sea así,
lo que se agotó en Bosnia es el botín de guerra. Ahora estos triunfadores y sus
emuladores habrán de buscar nuevos terrenos en los que medrar. Los albaneses de
Kosovo, son víctimas poco atractivas por su miseria. Los húngaros en la
Vojvodina no dan para mucho. En espera de nuevas conquistas, los héroes de la
nación serbia han comenzado ya a saquear a quienes tienen más cerca: sus
hermanos serbios.
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