Por HERMANN TERTSCH
El País Miércoles,
13.10.93
TRIBUNA
Los dramáticos acontecimientos de Moscú de la pasada semana
hicieron pasar casi inadvertida una noticia de gran relieve para el otro foco
de inestabilidad en Europa, los Balcanes. Por unanimidad, el Consejo de
Seguridad prolongó por tercera vez el mandato de los cascos azules en los
territorios de Croacia ocupados por fuerzas serbias durante la guerra de 1991.
Pero, por primera vez, la resolución vincula el cumplimiento del plan Vance en
la Krajina con el levantamiento del embargo contra la Yugoslavia
serbio-montenegrina. Ratifica además, en términos no utilizados hasta ahora, el
derecho de Croacia a la soberanía e integridad territorial dentro de las
fronteras previas a la guerra de 1991. El plan Vance prevé el desarme del
ejército serbio en la región, el retorno de los croatas expulsados de sus casas
durante los combates y la vuelta escalonada de este territorio, donde los
serbios proclamaron su república de Krajina, a la soberanía de Croacia.
Mientras no se cumplan estas condiciones, Serbia y Montenegro seguirán
sufriendo un embargo general que ha dejado a estas repúblicas económicamente
paralizadas.
La decisión del Consejo de Seguridad se enfrenta por vez
primera a la política de hechos consumados que tan buenos resultados ha dado
hasta ahora a Belgrado. Es natural la indignada reacción del régimen de
Belgrado y de los líderes serbios de Croacia y Bosnia. Desde hace meses,
Serbia ha lanzado una campaña de relaciones públicas internacional, con el
apoyo del presidente francés, François Mitterrand, y los mediadores
internacionales David Owen y Thorvald Stoltenberg, para conseguir el
levantamiento de las sanciones nada más firmarse el plan de paz para Bosnia. De
haber tenido éxito la campaña, hubiera supuesto la culminación de una jugada
maestra político-diplomático-militar: satisfechas las ambiciones serbias
iniciales, serían suspendidas las únicas represalias impuestas a Serbia por los
métodos utilizados.
El primer revés para este proyecto de reintegrar a Serbia y
Montenegro en la comunidad de naciones una vez conseguidos sus propósitos llegó
con el rechazo del Parlamento bosnio, de mayoría musulmana, al plan de paz en
su actual forma. Pero el voto unánime del Consejo de Seguridad, Rusia incluida,
frustra estas aspiraciones para el futuro previsible.
La resolución es un éxito diplomático de Croacia, que en
parte se debe a la grave crisis en Moscú. Rusia había sugerido que vetaría una
resolución como la que finalmente apoyó con su voto. El cambio de actitud de
Moscú es tanto una respuesta al firme apoyo de Occidente al presidente Yeltsin
durante esta semana trágica como una advertencia al régimen de Belgrado que,
mientas exhorta a la hermandad milenaria entre rusos y serbios, no oculta su
adhesión a la alianza de fuerzas nacionalistas e involucionistas adversarias de
Yeltsin.
La nueva situación forzará una mayor polarización en el
frente serbio, entre aquellos que, con apoyo de los caudillos locales serbios
de la Krajina y de Bosnia, quieren una unificación de todos los territorios
serbios, aún a costa de una nueva guerra con Croacia, y los partidarios de que
los serbios en la Krajina se resignen a una autonomía dentro de Croacia. Los
primeros podrían imponerse y arrastrar a Serbia a la guerra contra Croacia. La
escalada de la retórica bélica croata tras la resolución puede facilitarles las
cosas. También la presión cada vez mayor sobre Tudjman de poner fin a una
situación, la ocupación de Krajina con su nudo de comunicaciones en Knin, que
tiene a Croacia partida en dos. La guerra en Croacia puede rebrotar.
Los contrarios a la unidad serbia hasta la muerte son
ya probablemente mayoría en Serbia, donde los costes de la "solidaridad
fraternal" con los radicalizados serbios de Bosnia y Croacia se antojan ya
insoportables. Un 40% del Producto Nacional Bruto de Serbia, ya de por sí en
pleno colapso, se va en ayudas a los "Estados serbios" en Bosnia y
Croacia.
También entre los serbios de la Krajina aumenta la
disposición a "vivir bajo cualquier bandera, pero como seres
humanos", tras dos años de régimen policial, aislamiento y miseria
económica bajo los caudillos de la guerra. Slobodan Milosevic podría ser
partidario de vender a Zagreb a los serbios de la Krajina a cambio
del levantamiento de sanciones y dejar para futuras ocasiones, en constelación
internacional más favorable, la conquista de todas sus ambiciones
territoriales.
El segundo hombre fuerte en Belgrado, el fascista Vojislav
Seselj, está alineado con los líderes serbios del exterior. Quieren crear ya la
gran Serbia y desafiar a la comunidad internacional, confiando en que ésta
vuelva a aceptar los hechos. La nueva situación recuerda a Serbia que seguirá
siendo un Estado paria mientras no acepte las reglas de la comunidad internacional.
Además, demuestra hasta al nacionalista más recalcitrante y devoto de la tribu
que no existe un interés nacional monolítico serbio.
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