Por HERMANN TERTSCH
El País, Madrid,
04.10.90
NACE LA NUEVA ALEMANIA
Las felicitaciones han llegado de todos los rincones del
mundo. Alemania es desde ayer una nueva potencia con la que todos desean
mantener buenas relaciones, en el entendido de que ello les reportará
beneficios. La forzada modestia del canciller Helmut Kohl y de su ministro de
Asuntos Exteriores, Hans-Dietrich Genscher negándose a solicitar un puesto
permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU es prueba de responsabilidad,
pero nadie sabe si extensible a sus sucesores. Sus declaraciones sobre el fiel
e invariable compromiso de Alemania con la unidad de Europa son tan sinceras
como evidente el hecho de que en una Europa unida nada se podrá imponer ya en
contra de la voluntad de los gobernantes de esta potencia.
No todas las felicitaciones son, por tanto, fruto de un
sincero entusiasmo. Son numerosos los políticos europeos que comparten la
preocupación de muchos de sus ciudadanos ante esta nueva irresistible ascensión
de Alemania. Aún esta primavera, el presidente francés, François Mitterrand,
viajó a Kiev con el objetivo de convencer a Mijail Gorbachov de que frenara el
ya vertiginoso proceso de unificación.
Margaret Thatcher tardó aún más en percibir la
inevitabilidad del proceso de unificación. Aún hace pocos meses sugería la
dama de hierro que "la unidad alemana puede esperar diez o
quince años".
Ante el hecho inevitable, a polacos, italianos, franceses,
británicos, belgas u holandeses sólo les resta albergar la esperanza de que
Alemania no vuelva a caer en tentaciones de ejercer todo su poderío real o
imaginado como en ocasiones anteriores. "Alemania se nos hace demasiado
grande para la Comunidad Europea", ha afirmado el historiador suizo George
André Chevallaz.
Pero fente a la euforia del canciller Kohl por su histórica
victoria política y a la alegría de la inmensa mayoría de los alemanes en esta
fecha, son muchos los ciudadanos del continente a los que la memoria les impide
unirse de pleno corazón a esta fiesta.
El director del semanario Der Spiegel, Rudolf Augstein,
recuerda que muchos creen que la unidad es indeseable, "desde filósofos
como Jürgen Habermas, escritores como Günter Grass, periodistas como Erich
Kuby, supervivientes de Auschwitz como Elie Wiesel y quizá toda la élite
dirigente de Europa e Israel, si se exceptúa al presidente checoslovaco, Vaclav
Havel".
El artífice de la primera unidad alemana, el canciller Otto
von Bismarck, logró mantener al nuevo Estado en paz con una política de sabias
alianzas. Cuando faltó él, el país se deslizó hacia la catástrofe. Tras la I
Guerra Mundial, los acuerdos de Versalles y el revanchismo de los vencedores con
Clemenceau a la cabeza empujaron a Alemania hacia el nazismo y la barbarie.
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