Por HERMANN TERTSCH
El País Jueves,
29.11.90
El Gobierno búlgaro del primer ministro Andrei Lukanov
anunció ayer su dimisión por la huelga general convocada por los sindicatos de
la oposición, Podkrepa, que logró ayer extenderse a los sectores claves de la
economía búlgara. El jefe del Estado, Jelo Jelev, y el propio Lukanov
manifestaron ayer que hoy podría formarse un Gobierno interino hasta unas
próximas elecciones generales. Lukanov había derrotado el viernes una moción de
censura en su contra.
Lukanov dijo anteayer que no dimitiría bajo la presión de la
calle. Quizá ya hoy, un independiente formará el Gobierno de transición. Con la
nuevas movilizaciones antigubernamentales y la adhesión a la huelga de
controladores aéreos, mineros y obreros de factorías decisivas para la protesta
como la Petroquímica de la ciudad de Burgas, el hundimiento del Gobierno
monocolor del ex comunista Partido Socialista Búlgaro (PSB) es inminente. La
presión de una población hundida en una creciente miseria rompió ayer las
fuertes resistencias del aparato comunista reconvertido. No hay queso ni
mantequilla. No hay cebollas, ni ajos, ni aspirinas, ni gasolina. Cada dos
horas cortan la electricidad y toda la ciudad se sume durante otras dos en la
oscuridad. En las casas, sin luz, sin televisión, sin radio, porque no hay
pilas, la gente se hunde en la desesperación en este largo invierno que acaba
de comenzar en Bulgaria.
"¿Qué otro remedio nos queda que salir a la calle a
levantar la voz con nuestras bocas hambrientas?", se han preguntado los
búlgaros. Desde el lunes están en la calle. Muchos depositan su última
esperanza en el zar Simeón, que vive en el exilio madrileño.
Los búlgaros hoy adultos han vivido algunas de las más duras
pruebas que la historia de este siglo ha impuesto a las gentes en Europa
central y oriental. El partido comunista se impuso en la incipiente sociedad
urbana búlgara tras la II Guerra Mundial con una crueldad que parecía querer
igualar la desplegada durante siglos por los ocupantes otomanos. Siguieron 45
años de oscurantismo, represión, corrupción e intriga.
Caído el 9 de noviembre de 1989 el dictador Todor Yivkov,
que había gobernado durante 34 años como un pequeño déspota balcánico, los
búlgaros creyeron que había llegado su hora de entrar en un proceso de
transición hacia la democracia y Europa. Sin embargo, el año transcurrido desde
entonces demuestra que el difícil camino hacia la democracia en Europa central,
aquí, en las profundidades de los Balcanes, se antoja en ocasiones imposible.
Los intentos de ciertos comunistas de hacer su propia
revolución desde arriba, liquidando a los líderes más comprometidos con el
embrutecido régimen de Yivkov han fracasado. Los líderes con formación e ideas
que podían combinar transición con reconciliación, Andréi Lukanov a su cabeza,
se han consumido, prisioneros de un aparato comunista intacto, irredento y
reaccionario.
Ya se anuncian cortes de electricidad más largos. El
automovilista tiene derecho a 30 litros de gasolina, si la hay, y tras horas de
espera en uno de los surtidores que aún funcionan. El precio de la patata ha
subido un 800% en meses.
La pequeña Bulgaria quiso ser alumno aventajado en la
sovietización. Su dependencia de la URSS y de otros países socialistas, el celo
de Yivkov en liquidar la agricultura privada, la falta de formación técnica y
humana de una sociedad mucho más aislada de Occidente que otras en el Este, y
finalmente el alma balcánica, todos son factores que los búlgaros pagan ya muy
caro.
El primer ministro Lukanov no podía aplicar sus planes de
reformas tan necesarias como inviables, con el poder intacto del partido, que
se despojó del incómodo adjetivo de "comunista" pero mantiene una
identidad netamente bolchevique.
Tanto sufrimiento y privación en aras de un bienestar
futuro, y hoy los búlgaros ven a sus nietos pegándose en aglomeraciones por
ganar un puesto en la cola para comprar unos zapatos asequibles. La rabia
rezuma y muchos pueden estar contentos con que el búlgaro sea más pacífico que
sus vecinos. "Si fueran serbios o rumanos, aquí ya habría corrido la
sangre", advierten residentes extranjeros.
"Qué puedo hacer sino salir a buscar algo que llevar a
casa para mi marido y mis hijos y llorar" dice, entre lágrimas una mujer
en la cola. Horas de espera para comprar productos que llegado su turno se
habían agotado.
Nadie paga por los 40 años de iniquidad, crimen y
corrupción. Yivkov está bajo arresto domiciliario. Pocos creen que llegue a ser
juzgado. Ha amenazado con revelar asuntos que sus camaradas quieren olvidar. La
falta de vergüenza de aquellos que han arrastrado al país a la ruina indigna
tanto como el desparpajo en sus negocios.
"Comunistas-mafia" se escucha y lee por las calles
de Sofía. "¿Por qué no podemos liquidar el comunismo como otros pueblos de
Europa oriental? ¿por qué es aquí tan correoso?", se pregunta Robert Levy,
del comité de huelga de la Universidad.
La sociedad está en el umbral del enfrentamiento civil; el
Gobierno, prisionero del pasado; la oposición, presa de la inmadurez y ambición
personal; el Estado, en bancarrota; la economía, por los suelos; la
agricultura, destrozada. Muchos solo piensan en emigrar. "Aquí pronto no
habrá nada que comer. Hambre, rabia y ningún futuro".
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