El País Martes,
11.07.06
COLUMNA
En otoño le quedarán a George W. Bush por cumplir esos dos
últimos años de la segunda legislatura en los que los presidentes
norteamericanos son tachados de lame ducks, patos cojos, por su
escasa cuando no nula capacidad de iniciar nuevos procesos políticos. Pasada la
renovación parcial del Congreso en noviembre comienzan los ajustes a nuevas
mayorías, a la correlación de fuerzas y cambios de prioridades. Con la carrera
hacia la Casa Blanca de los candidatos a la presidencia, el aún inquilino entra
en eclipse definitivo. Lo cierto es que Bush entró en fase de esclerosis mucho
antes. Sus índices de popularidad interior, bajo mínimos, pueden variar pero ya
serán irrelevantes para lo que queda de mandato. Y en el exterior, la
demonización del personaje ha alcanzado un nivel -muchos dirán que merecido
pero en todo caso irracional- que ya cualquier esfuerzo por contrarrestarla
sería perder tiempo y dinero.
El hecho de que la responsabilidad de este desastroso
balance de las relaciones públicas de la Administración de Bush sea en inmensa
medida propia no puede hacer olvidar que supone un revés objetivo para la
seguridad común de las democracias. Y, como se ha visto en los últimos dos años,
también un gran acicate para sus enemigos. No para sus críticos, tan
preocupados con las derivas insensatas del presidente como con el rearme
general de los enemigos reales. Para éstos, tan apasionados y obsesivos en el
islamismo radical como en la paleoizquierda europea y muy especialmente en este
nuestro triunfante pensamiento new age carpetovetónico, el haber
encontrado una imagen tan plausible del mal absoluto como el tejano ha supuesto
un inmenso salto cualitativo en su capacidad de convocatoria y conjura. Según
las encuestas los españoles están entre los más convencidos de que Bush es peor
y más peligroso que todo, de la misma forma que Santiago Carrillo considera que
el Partido Popular tiene más vocación asesina que ETA porque a ésta se le ha
pasado. El fanatismo religioso antioccidental y la nueva izquierda mágica
comparten a un Belcebú que les ha venido literalmente "de miedo" en
estos últimos años para la movilización de la bondad en contra de los enemigos
de la paz.
Pero George W. Bush se nos jubila. Forzosamente. En la
práctica hace mutis ya y sus enemigos se enfrentan a tiempos de confusión y
zozobra. Porque los problemas, algunos de ellos con cierto peligro, continúan.
Véase Afganistán, donde España ya tenía militares muertos de diverso rango, dependiendo
si viajaban en avión o helicóptero, en una legislatura u otra. Y vuelve a haber
ataques a españoles, difícilmente achacables a denostadas políticas belicistas
pasadas. Hay muertos de la OTAN porque hay allí soldados defendiendo a un
régimen que intenta implantar unas normas parecidas, sólo parecidas, a las que
rigen en los países democráticos y lo hacen sin suficientes tropas y medios.
Durante un lustro quienes propusieron y designaron tal
objetivo han tenido miedo a sus propias decisiones. Han dejado que los
talibanes, entonces derrotados, dispersos y en fuga, se hayan reorganizado y
exploten ahora todas las divisiones y la falta de tenacidad y voluntad de los
occidentales que la población afgana percibe perfectamente. El fracaso por
absoluta inacción y falta de dinero para acometer la lucha contra la producción
del opio es a la vez sintomático y decisivo en el cambio de ambiente. La
situación en Afganistán por lo demás cada vez se parece más a la de Irak. La
incapacidad política de hacer unas ocupaciones militares reales, como en
Alemania o Japón, ha llevado a atajos con errores masivos, arrogancia e
incompetencias inconcebibles y a la continua lucha entre el parche militar y el
desistimiento. Cuando los Gobiernos europeos y el pacifismo totalizador se
queden sin Bush será todo más difícil de explicar, desde los vuelos secretos de
prisioneros hasta los muertos propios. Todos echarán de menos a Belcebú.
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