El País Martes,
12.12.06
COLUMNA
El gran valor inicial del gesto de Ankara de anunciar la
apertura de un puerto y un aeropuerto al tráfico con Chipre está ante todo en
el reconocimiento de que las condiciones para el ingreso de un nuevo miembro en
un club las pone la dirección del mismo, y no el aspirante a pisar moqueta. Y
la bola negra, el veto, solo lo puede ejercer un miembro, y nunca el
candidato a serlo. En este sentido, el paso dado por el Gobierno del primer
ministro Recep Tayyip Erdogan es importante, aunque insuficiente y por tanto
inútil si no le siguen otros. Pero mal harían los Veinticinco en escenificar
ahora una gran gresca. Postergar dramas allende horizontes electorales,
europeos y turco, como parece ser la intención del nuevo paquete de condiciones
decidido ayer por los ministros de Exteriores de la UE, no es malo. Pero
tampoco suficiente para desactivar lo que puede ser una grave crisis.
Es discutible que Chipre, como parvenu con su
política unilateralista y antiturca, tenga crédito como miembro de la UE para
condicionar la política de Bruselas respecto a un gran país y una inmensa
opción política, económica y geoestratégica como son Turquía y su hipotético
ingreso. Pero el mayor elemento de distorsión, y factor clave para el
histerismo actual en las relaciones, está en la irrisoria percepción de que las
negociaciones tienen visos de ser cortas y que si no se interrumpen pronto el
ingreso turco amenaza cual inminente caída de la Espada de Damocles. Este
malentendido perjudica a todos. Proyectos de esta magnitud pueden descarrilar y
quedar como fracasos en la historia durante generaciones o de forma definitiva.
Pero si nadie sensato debe exigir un calendario para el ingreso de Turquía en
la próxima década, tampoco puede demandar un rechazo perpetuo.
Tras exponer las condiciones básicas a Turquía, lo que
Europa debe hacer es dejar que los turcos asuman el esfuerzo de las asignaturas
pendientes, con la esperanza de que las aprueben con la solidez e incluso
brillantez con que lo hicieron con anteriores más difíciles si cabe, y que se
tiende a olvidar. Bajo el recién enterrado Bülent Ecevit se dieron pasos antes
inimaginables en Turquía -con un Ejército menos relajado que hoy- en derechos
humanos, garantías jurídicas, libertad económica y de opinión. Si el islamismo
en Turquía está crecido es también por la falta de apoyo que reciben las
opciones radicales de libertad. No solo allí. Las manifestaciones habidas en
Irán durante estos días en contra del fanático presidente islamista Ahmadineyad
habrían tenido más apoyos si en Occidente se hubiera respaldado con decisión un
llamamiento a acabar con el miedo y el régimen de terror y a favor de una
opción plural, democrática y laica allí en vez de organizar fastos de
confraternización con supuestas civilizaciones que no son sino fanatismo
bárbaro clerical, como hicieron los jefes de Gobierno español y turco en
Estambul hace semanas.
Esbozados los retos estratégicos, para nada insuperables a
medio plazo, queda por hablar de esa asignatura pendiente turca, difícil para
un pueblo que fue imperio: la historia. Ni del mejor embajador que hoy tiene
este país de siglos de diplomacia virtuosa y excelsa, que es el escritor Orhan
Pamuk, toleran los turcos la dura verdad del pasado. El reto de la modernidad
exige honestidad en este gran salto hacia la mirada limpia. Muchos han
fracasado. La tragedia rusa del retorno de la Lubianka bajo Vladimir Putin
demuestra lo que se juega un pueblo si no reúne en la transición el coraje de
enfrentarse a sus sombras. La mirada limpia hacia la propia historia dignifica
y fortifica presente y futuro. La mentira y la revancha los emponzoñan. No solo
en Turquía falta esa mirada limpia. Los que más celebran la muerte física
-claman venganza post mortem- de un dictador asesino y ladrón como
Augusto Pinochet, afortunadamente pasado para sus compatriotas desde hace tres
lustros, comprenden, apoyan o toleran a un Fidel Castro que en años de
dictadura asesina, ejecuciones, desapariciones y obcecación en el crimen
ideológico ha superado con creces al chileno. ¡Cómo habrían sido las
hagiografías de Castro, cuando muera, si hubiera convocado un referéndum para
abandonar el poder 17 años después de conquistarlo a sangre y fuego! Escribía
Félix de Azúa en estas páginas de Hitler y Stalin hace unos días. Se pueden
recordar miles de fosas comunes, con millones de abuelos, bisabuelos y padres.
Y hermanos e hijos en Srebrenica. Pero para Turquía, la asignatura es imponerse
la mirada limpia para asumir que el millón y medio de muertos armenios son
parte de su historia. Como los centenares de miles de turcos muertos en los
Balcanes y Oriente Medio en la caída del imperio. Cuando Pamuk, Premio Nobel,
consiga convencer al pueblo turco de que los asesinados en su nombre son tan
dignos de ser recordados como los héroes propios, Turquía habrá dado un paso
definitivo hacia la paz consigo misma. Puede que ésta sea la asignatura más
importante.
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