El País Martes,
26.09.06
COLUMNA
El papa Benedicto XVI proclamó ayer ante diplomáticos y
líderes de países islámicos su firme convicción de que la armonía entre
religiones, especialmente entre el cristianismo y el islam, es máximo deseo de
la Iglesia que dirige y de toda persona de bien, y que ésta ha de basarse en el
profundo respecto mutuo. Y en la reciprocidad. Se trata tan sólo de lo que
siempre damos por supuesto en las razonables relaciones humanas que no se rigen
por los vínculos de sangre o empatía y que no es otra cosa que la reciprocidad.
Esta última palabra tiene mucha más carga emocional y semántica que conceptos difusos sobre entendimientos o armonías. Se trata de
respeto mutuo pero con más énfasis sobre el mutuo que hasta ahora. Es ahí,
aseguran muchos, donde el Papa ha querido poner, con todo respeto, la primera
pica para un debate europeo y mundial en el que esa reciprocidad en el
entendimiento excluya victimismos y chantajes, tantas veces único medio de
expresión y lucha de nacionalismos, religiones y sectas.
La reciprocidad -su insistente y tantas veces obscena
ausencia inexistencia- es la clave para explicar la crisis europea. En sus
relaciones con fenómenos religiosos, culturales, nacionales y étnicos -nuevos,
ajenos u hostiles en el pasado en su imaginario colectivo-. También en el
fracaso percibido en el equilibrio interno en unas sociedades modernas -de
ritmo vertiginoso, generador de angustias y miedo- en el que cada vez son más
ciudadanos los que se consideran perdedores de un gran juego en el que no
deciden nada y sus quejas se estigmatizan y desprecian desde instancias que no
comparten sus problemas.
El panorama es tan preocupante hoy como poco previsto,
después de que Europa triunfara arrancando a muchos países de la dictadura del
socialismo real ya fracasada y de los proyectos suicidas y violentos de los
nacionalismos que surgieron de los aparatos comunistas para redefinirse y
reocupar espacios, poder y legitimidades perdidas. Tras el baño de sangre que
los nacionalismos lograron orquestar en ciertas regiones de los Balcanes, es
mejor no imaginar las dimensiones de un conflicto semejante extendido por toda
Centroeuropa. La transición ha sido historia de éxito sin paliativos en Europa
Central y el Báltico. Pero allí, igual que en el seno de los viejos miembros de
la UE, la sociedad y los individuos han de comenzar a creer en la reciprocidad
en el respeto, en el trato. Quizá si este término hubiera estado vigente en las
mentes europeas no estaríamos hoy en un vacío constitucional y con esta
vacuidad política europea que produce vértigo.
Reciprocidad. Todos los llegados de dictaduras comunistas, y
antes de dictaduras meridionales de Grecia, España y Portugal, prometieron y
cumplieron con la reciprocidad posible que los convertía en miembros
de un club selecto, próspero y generoso a cambio del respeto -o inicialmente la
voluntad y vocación de respeto- a las reglas internas. No hubo bolas negras de
los miembros del club a los aspirantes porque todos eran conscientes de lo que
éstos sufrían en la intemperie. Y se quiso hacer sitio para los nuevos socios
aun en la certeza de que no cabían sin molestar ni en el comedor, en el bar ni
en la sala de naipes y billar. Y Rumanía y Bulgaria entrarán aunque las mesas
están llenas y Croacia que cumplió, también merece estar dentro, tras entender
que el respeto recíproco pasaba por entregar a su criminal de guerra. Serbia ha
sido incapaz de hacerlo. Turquía también. Se ha puesto ella misma la bola negra
del victimismo y así del veto al ingreso en el club. El nacionalismo y el
fundamentalismo son tóxicos. Neutralizarlos en Europa Central fue la mayor
victoria de la democracia tras caer el comunismo. La inestabilidad en
Centroeuropa y los extremismos occidentales demuestran que hay que dar de nuevo
la batalla. El lema será la reciprocidad.
En Castel Gandolfo ante la televisión de todo el mundo,
incluido el islámico, cayó ayer de labios del Papa la palabra mágica que tantos
añoran y sienten propia desde hace tiempo y pocos se han atrevido a articular.
Mezquitas e iglesias acá, allá y acullá, respeto al orden constitucional, al
Estado de derecho y al individuo, libertad de expresión y de culto.
Reciprocidad como bálsamo para la convivencia.
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