Por HERMANN TERTSCH
El País, Madrid,
27.01.91
Los Gobiernos de las nuevas democracias en Europa oriental
han reaccionado con notoria alarma a la intervención militar soviética en las
repúblicas bálticas y otros síntomas de retorno del Kremlin a una política
conservadora. Entre estos síntomas de creciente inflexibilidad soviética,
surgidos tras la dimisión del ministro de Asuntos Exteriores, Edvard
Shevardnadze, destaca la práctica paralización de las negociaciones entre
Polonia y la URSS para la retirada de los 50.000 soldados del Ejército Rojo
estacionados en territorio polaco. Este hecho ha sido denunciado por el
ministro polaco de Asuntos Exteriores, Skubiszewski, que ha aducido un claro
endurecimiento de la postura soviética. El acuerdo inicial logrado entre
Varsovia y Gorbachov para una pronta retirada soviética de Polonia ha sido
puesto en duda por las autoridades militares soviéticas, que rechazan toda
fórmula que suponga la retirada de las tropas de territorio polaco antes de que
se consume la retirada del Ejército Rojo de los Estados federados alemanes de
la antigua República Democrática Alemana. Esto no será antes de 1995. Ante la
oleada de represión militar en Lituania y Letonia, Checoslovaquia tuvo una
reacción inicial de indignación, anunciando que estudiaba la posibilidad de
abandonar unilateralmente el Pacto de Varsovia antes del 1 de julio, fecha en
que concluye el plazo acordado entre los miembros de la antigua alianza militar
para poner fin a sus compromisos político-militares. No obstante, Hungría y
Polonia han advertido a Checoslovaquia que cualquier medida de este tipo puede
provocar reacciones peligrosas en el estamento militar soviético, que se
considera que está en el momento de mayor autoridad en la URSS desde la llegada
de Gorbachov al poder.
Estos tres países se solidarizaron con los Gobiernos de las
repúblicas bálticas, pero redujeron considerablemente el tono de sus críticas a
la actuación soviética. Los Gobiernos de Praga, Varsovia y Budapest consideran
que, aun siendo irreversible el proceso de recuperación de su soberanía y
transición democrática, iniciado en 1989 con la caída de los regímenes
comunistas respectivos, una involución en la Unión Soviética puede tener graves
consecuencias.
Se teme tanto la amenaza de una URSS nuevamente dedicada a
una política exterior basada en la presión, como las oleadas migratorias y
otros efectos desestabilizadores que se derivarían de esta vuelta atrás en
el gran país vecino. Los tres tienen frontera común con la URSS. En las
capitales de Europa central se recuerda que la URSS utilizó para acabar con el
levantamiento de Budapest de 1956 el momento en que la crisis de Suez tenía
cautiva la opinión pública. El paralelismo con la actuación militar soviética
en el Báltico mientras el mundo mira hacia el golfo Pérsico es evidente para
todos.
Estrategia común
Los ministros de Asuntos Exteriores de Polonia,
Checoslovaquia y Hungría se reunieron el lunes pasado en Budapest para estudiar
esta nueva situación, tras el comienzo de la guerra del Golfo y el viraje en la
política soviética, que no por ser negado por el presidente Mijail Gorbachov
deja de ser perceptible para estos tres países, aún ligados a la URSS por la
vigencia del Pacto de Varsovia.
Los presidentes de estos tres países se reunirán en la
localidad húngara de Visegrad, previsiblemente el mes próximo, para desarrollar
una estrategia común ante una situación llena de incógnitas por la crisis
profunda de poder en la URSS y los crecientes indicios de que Mijail Gorbachov
actúa a remolque de las fuerzas conservadoras del Ejército y la burocracia, que
siempre fueron reacias a la dejación de la hegemonía soviética en Centroeuropa.
Según anunciaron, el Pacto de Varsovia debe estar disuelto
como muy tarde en marzo de 1992, si bien consideran preferible cualquier fecha
del presente año.
La URSS firmó, aún con Shevardnadze al timón de la política
exterior, acuerdos para la retirada de tropas con Hungría y Checoslovaquia, que
se lograron sin mayores dificultades, pese a problemas tan complejos como los
de la propiedad de instalaciones militares soviéticas y las compensaciones
económicas por daños. Ahora, pese a que el número de tropas en Polonia es
inferior al habido en Checoslovaquia y Hungría, y con el pretexto de la
complejidad de la retirada soviética del territorio de la antigua RDA, las
autoridades militares de Moscú están desempolvando todo tipo de
obstáculos, que algunos temen que formen parte de una política de ganar tiempo
con vistas a un restablecimiento de los viejos valores ortodoxos de la política
exterior soviética.
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