Por HERMANN TERTSCH
El País, Potsdam,
19.03.90
UNA NUEVA EUROPA
El organillo que entona la melodía de El tercer hombre en
la calle principal de Potsdam luce una gran pegatina con la bandera tricolor
alemana. "Somos un pueblo", reza. Una patrulla de la policía militar
soviética, dirigida por un oficial con un mostacho que le confiere aspecto de
cosaco zarista, se detiene un rato para escuchar la famosa música de la guerra
fría. Junto a ellos, unos grandes carteles de la conservadora Alianza por
Alemania parafrasean el lema oficial de la RDA (Nunca más fascismo) con un
igualmente rotundo "Nunca más socialismo". Los militares viven en uno
de los muchos cuarteles de la zona de Potsdam, punto clave de acceso a Berlín
Oeste, con gran parte de los 365.000 soldados de la URSS en la RDA.
A pocos metros del organillero se encuentra el antiguo
cuartel de la Stasi (policía política del régimen comunista), con sus grandes
verjas externas e internas y las celdas en que fueron torturados demócratas
hasta noviembre pasado. Hoy aloja a los partidos de la oposición.
Bajo un sol radiante y temperaturas andaluzas, Potsdam, la
ciudad ribereña del río Havel, que por alojar la conferencia de agosto de 1945
de las cuatro potencias vencedoras se convirtió en el símbolo de la división de
Alemania, pasó una jornada de agitada calma en la víspera de las primeras
elecciones libres en la RDA. El célebre huésped de esta histórica ciudad, Josif
Stalin, las había prometido hace exactamente 45 años.
Junto al arco de Brandeburgo de 1770, una de las puertas al
barrio holandés, obreros vietnamitas, militares soviéticos y policías de la RDA
se mezclan con la población y compiten con ella en asombro y muestras de
admiración ante lo insólito.
La Toyota ha traído una exposición de automóviles, todos
ellos inasequibles para los espectadores. Se conforman con pegatinas y
carteles. "Todavía no son clientes, pero hay que ir preparándolos",
dice uno de los aguerridos comerciantes de la firma japonesa.
Tiempo de espías
En medio de la multitud, un vopo (policía popular) reconoce
al periodista extranjero. "Nos conocimos en Altes Lager", señala. En
aquel acuartelamiento, que las tropas soviéticas heredaron de la Wehrmacht,
comenzó la retirada unilateral de los carros de combate soviéticos de Alemania
Oriental hace menos de un año. Entonces, la Unión Soviética y el régimen de
Erich Honecker aún escenificaron un gran acto conjunto de propaganda. Hoy, el
anciano Erich Honecker vive refugiado en casa de un pastor protestante, y gran
parte de sus colaboradores directos se encuentran en la cárcel. Las tropas
soviéticas siguen omnipresentes en Potsdam, y en sus jovencísimos soldados se
adivina la incredulidad ante los sucesos que se precipitan. Pasean por el
majestuoso parque de Sanssouci del emperador Federico el Grande y ven grandes
grupos de turistas occidentales. En las plazas observan cómo llegan los
autobuses de Berlín Oeste repletos de alemanes orientales cargados de paquetes
con artículos occidentales.
El puente Glienicke -paso exclusivo de militares de las
cuatro potencias-, donde se realizaban los canjes de espías y disidentes, entre
ellos el de Anatoli Scharanski, hace apenas un lustro, está hoy repleto de
vendedores de recuerdos pangermanistas.
Muy cerca de allí reside un joven inconformista disidente.
Hace unos años, este corresponsal no pudo contactar con él porque fue seguido
constantemente durante dos días por tres miembros de la Stasi.
Harto de la persecución y del mal tiempo, el joven aceptó la
oferta de realizar un reportaje en la isla de La Gomera, renunció a ver al
informante y se dirigió a los policías para vengarse. "Me han estropeado
la estancia, pero yo me voy ahora a Canarias y ustedes se quedan aquí para
siempre". La mala ventura no se cumplió, los Stasi ya pueden viajar a las
islas.
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