Por HERMANN TERTSCH
El País, Belgrado,
15.12.90
Slobodan Milosevic es un comunista de corte bolchevique que
dirige desde hace tres años Serbia. En medio de un ocaso general de las ideas
comunistas en todo el mundo, Milosevic ha logrado en Serbia el apoyo de una
gran mayoría para una opción totalitaria, centralista y nacionalista.
Yugoslavia está más cerca de su disolución. Difícil será para los políticos
occidentales, aún sometidos al dogma de la integridad territorial yugoslava,
convencer a Eslovenia y a Croacia de que tienen un futuro común con un pueblo
dispuesto a seguir a estas alturas del siglo a un caudillo como Milosevic. El
próximo 23 de diciembre, los eslovenos decidirán en referéndum sobre su
declaración de independencia. El resultado de las elecciones de Serbia hará aún
más rotunda la manifestación de secesión.
La clara victoria de Milosevic en las elecciones del domingo
no puede explicarse con el fácil recurso de la derrotada oposición a la
manipulación. Ésta existió, pero no ha sido decisiva. Con todo el aparato
comunista intacto Milosevic contaba con todas las cartas en este juego.
La oposición sabía de la manipulación informativa sin
escrúpulos de prensa, radio y televisión, depurados de toda disidencia por
Milosevic hace tiempo. Las concesiones hechas por Milosevic para evitar el
boicoteo de la oposición fueron mínimas pero suficientes. La bisoñez de que ha
hecho gala la oposición en torno al escritor derechista y nacionalista Vuk
Draskovic ha sido dramática.
Promesas incumplidas
Milosevic no ha cumplido ninguna de las promesas que en su
día hizo a los ocho millones de habitantes de la más populosa república
yugoslava. El aparato comunista en Serbia está intacto como en ningún país
europeo, salvo todavía Albania. La Liga Comunista, rebautizada como Partido
Socialista, ni siquiera se ha preocupado de distanciarse de un pasado de
represión, injusticia y corrupción. El problema albanés, que Milosevic utilizó
para auparse al poder convirtiendo la provincia serbia de Kosovo en escenario
de una represión racista, está más lejos de una solución que nunca.
Draskovic y su partido de renovación serbia quisiese a las
masas superando en radicalidad nacionalista a Milosevic, prometiendo
"cortar las manos" a los albaneses y musulmanes que osaran enarbolar
sus banderas sobre la "sagrada tierra serbia". El resultado ha
demostrado que a nacionalista no hay quien gane a Milosevic, hijo de pope que
combina con habilidad la demagogia igualitarista con la arenga nacionalpatriótica.
Los peligros de la confusión política, moral e ideológica en el este de Europa
tras la revolución de 1989 se han visto en Polonia con la aparición de oscuros
curanderos políticos como Stanislaw Tyminski; en Eslovaquia con sus fervores
secesionistas, y en Rumanía y Bulgaria con los maridajes de nacionalismo,
intolerancia y desesperación heredados del socialismo real.
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