Por HERMANN TERTSCH
El País, Belgrado,
13.03.91
La oposición serbia que salió a la calle el sábado para
protestar contra la manipulación informativa -un insulto a la inteligencia de
este pueblo- no está compuesta por "vampiros fascistas", por mucho
que como tales sean tachados sus miembros por el presidente Slobodan Milosevic,
artífice y máximo responsable de este régimen neocomunista. Milosevic parece una
vez más Nicolae Ceausescu redivivo cuando acusa a los miembros de la oposición
de ser "agentes del exterior", "fascistas" y "enemigos
del pueblo serbio". Lo que en principio fue una protesta del derechista
Partido de Renacimiento Serbio, de Vuk Draskovic, contra la mentira y la
difamación sistemática en la televisión de Belgrado se ha convertido ya en un
movimiento que exige el fin del régimen y no se conforma con una transformación
más o menos retórica del mismo.
Tenía razón Milosevic cuando se refirió el lunes al
"escenario rumano" en su vitriólico discurso ante el Parlamento
serbio, que domina con una mayoría de 194 diputados sobre 250.
En Serbia vuelve a repetirse estos días el síndrome
balcánico de la transición. El esquema fue el mismo en Rumanía,
Bulgaria y, ahora, Serbia. Los comunistas cambian de nombre y discurso ante la
imposibilidad de seguir gobernando con la desmoronada ideología del pasado. Con
el control del aparato del partido rebautizado, prácticamente idéntico a las
estructuras del Estado, ganan elecciones sin necesidad de fraude.
La intimidación ejercida en décadas, la falta de
información, el control de los medios de comunicación y de las estructuras que
determinan la vida cotidiana, son harto suficientes para infligir una derrota a
oposiciones democráticas sin experiencia, muchas veces infantiles en su creencia
de poder imponer desde sus tribunas intelectuales convicciones democráticas a
pueblos que nunca las conocieron y se hallan a años luz de la ilustración
urbana de los líderes democráticos.
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