Por HERMANN
TERTSCH / PIOTR ADAMSKI
El País, Varsovia,
10.12.90
Lech Walesa, nacido en la aldea de Popowo, hijo de
campesinos, padre de ocho hijos, electricista, católico fervoroso y premio
Nobel de la Paz, consiguió ayer su gran sueño de convertirse en jefe del Estado
de su patria, Polonia. En la primera ronda de las elecciones presidenciales
venció al representante de la intelectualidad y las élites occidentalistas.
Ayer, gracias a su popularidad y al hecho de enfrentarse a un personaje tan
oscuro como potencialmente peligroso, con apoyo masivo de la Iglesia y de los
partidarios de su reciente enemigo, el primer ministro Tadeusz Mazowiecki,
derrotó a la irracionalidad radical. Ya es el hombre de Estado que recibirá
honores en las capitales de todo el mundo. Ya ha liquidado el agravio
comparativo que sentía frente al presidente checoslovaco, Vaclav Havel. En 1980
fue el gran líder de las protestas obreras contra el régimen comunista. A
partir de diciembre de 1981, tras la declaración de la ley marcial, se pasó 11
meses en régimen de internamiento. En 1983 consiguió el Premio Nobel de la Paz
y el reconocimiento internacional a una lucha tan valerosa en sus métodos de
lucha contra la dictadura como, según demostró más tarde, falto de estrategias
concretas de construcción de una sociedad pluralista occidental. Tras las
huelgas de 1988 logró imponer al régimen negociaciones políticas que
desembocaron en la derrota electoral de los comunistas en junio de 1989. Él fue
quien obligó al jefe del Estado, Wojciech Jaruzelski, a aceptar un Gobierno con
Tadeusz Mazowiecki.
Su mayor defecto es, según Adam Michnik, "que no
aprende de sus errores porque cree no cometer ninguno". La venganza de Walesa fue
una virulenta campaña contra el Gobierno, recurriendo a una demagogia que hoy
se extiende por toda Polonia. Su regreso a la racionalidad en esta segunda
vuelta parece tan coyuntural como su incursión populista. El presidente Walesa
debe ahora controlar los fantasmas que ha desatado.
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