Por HERMANN TERTSCH
El País, Budapest,
26.03.90
UNA NUEVA EUROPA
La madurez democrática demostrada en los últimos años de
transición por los húngaros volvió a hacerse patente ayer en unas elecciones
celebradas con absoluta corrección, calma y civismo. Los agoreros del
autoritarismo, que recurren con tanta insistencia al estereotipo del húngaro
indisciplinado, sectario y violento, fracasaron de nuevo en este país, que como
pocos ha demostrado haber aprendido de las tragedias del pasado. Al escribir
estas líneas no se conocía aún el resultado. Se sabía con certeza que Hungría
ha puesto un punto final a un régimen que maniató al país durante más de cuatro
décadas y lo sumió en una crisis económica de la que tardará años en recuperarse.
Excepto los comunistas irredentos del Partido Socialista
Obrero Húngaro (PSOH), todas las demás formaciones políticas ofrecen soluciones
a la crisis muy similares. Todas pasan por la liquidación del sistema
socialista y se diferencian tan sólo en el ritmo y radicalidad con que Hungría
debe abrirse a una economía de mercado, liberal y capitalista.
Esta similitud de las opciones presentadas y el final más
que anunciado del viejo régimen explican la falta de entusiasmo de los húngaros
en la campaña electoral. Los datos disponibles sobre la participación en
Budapest, si bien no extrapolables a toda Hungría, demuestran sin embargo que,
si bien recelosos de acudir a mítines de diversos partidos que ofrecen más o
menos lo mismo, los húngaros se tomaron muy en serio su derecho al voto. Fueron
muchos los que lucharon y murieron por este derecho a partir de 1946 en las
cárceles húngaras y soviéticas y bajo las balas extranjeras en 1956.
Las elecciones de ayer, como triunfo de la democracia y de
la voluntad popular húngara son así un homenaje póstumo a todas las víctimas
del estalinismo, desde el comunista reformista Imre Nagy al último exiliado
desconocido muerto lejos de su patria sin haber visto este retorno de Hungría a
la comunidad de naciones civilizadas.
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