Por HERMANN TERTSCH / JOSÉ M. MARTI FONT
El País, Berlín,
13.08.89
La República Democrática Alemana (RDA) se halla a dos meses
de celebrar con gran pompa oficial el 40º aniversario de su creación en la
mayor crisis de su historia. Cuarenta años después de fundarse el primer Estado
obrero y campesino en suelo alemán, el jefe del Estado Erich Honecker y su
generación de ancianos comunistas alemanes corre el riesgo de presenciar aún
cómo se desmorona toda su obra política.
Como otros líderes comunistas mucho más flexibles que él,
Honecker parece incapaz de adaptarse al vertiginoso proceso de cambios
políticos desencadenados en Europa con la llegada de Mijail Gorbachov a la
dirección soviética.
En bien de las relaciones con la República Federal de
Alemania, cuya ayuda le es imprescindible para paliar una caída del nivel de
vida tan negada oficialmente como evidente, Honecker mostró en los últimos años
generosidad en la concesión de permisos para viajar a Occidente, en contra de
los consejos de sus servicios de información (STASI), que habían previsto con
razón que estos viajes sólo aumentarían el agravio comparativo de que se
consideran víctimas los aliados orientales frente a sus compatriotas en
Occidente.
A principios de este año, cuando la cerrazón del régimen a
toda reforma política estaba fuera de duda y las solicitudes de emigración se
habían disparado, el Gobierno promulgó una ley según la cual todas las demandas
de inmigración deben ser contestadas en seis meses.
Muchos de los que ocupan las embajadas de la RFA son los que
han recibido tras los seis meses la confirmación de no poder emigrar. Antes
esperaban indefinidamente. Ahora, ante la negativa, recurren a acciones
desesperadas. Para la URSS la primera necesidad en la RDA es la estabilidad.
Los últimos meses han demostrado que la obstinación del equipo de Honecker en
rechazar toda reforma lejos de garantizarla la ponen cada vez en mayor peligro.
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