Por HERMANN TERTSCH
El País, Budapest,
17.06.89
"Honramos a Imre Nagy porque se identificó con la
voluntad de la nación húngara, acabar con la ciega obediencia al imperio
soviético y con la dictadura de un solo partido. No es un mérito de los
comunistas que no utilicen las armas contra los que quieren democracia y
elecciones libres, adoptando los métodos de Li Peng, Pol Pot, Jaruzelski o
Rakosi". Estas palabras de Viktor Orban, el orador en nombre de la juventud
húngara, fueron acogidas con fuertes aplausos. "El partido comunista
secuestró nuestro futuro en 1956. No aceptaremos sus promesas vacías. Nuestro
objetivo es que el partido nunca más pueda utilizar la violencia contra
nosotros".
Las consecuencias políticas de la masiva repulsa al régimen
manifestada ayer legalmente por centenares de miles de húngaros son
incalculables. Desde una tribuna en el corazón de un país del Pacto de
Varsovia, en presencia de las máximas figuras del Estado, se pidió la retirada
de las tropas soviéticas, el desmantelamiento del sistema y el ingreso en la
comunidad occidental de democracias.
Por mucho menos invadieron Checoslovaquia los tanques del
Pacto de Varsovia en agosto de 1968. El funeral tendrá profundos efectos
allende las fronteras húngaras. Provocará espanto en regímenes aliados que se
aferran al sistema condenado ayer en Budapest, fortalecerá su convicción de que
las reformas húngaras suponen un peligro para su propia estabilidad.
En la RDA y en Checoslovaquia los máximos líderes ya han
criticado abiertamente la evolución húngara. Honecker lo ha hecho defendiendo
el aplastamiento del levantamiento que Budapest conmemora. Milos Jakes recordó
que "es fundamental que el partido no pierda el papel dirigente".
La incógnita es cómo recibirá el Kremlin las noticias del
acto de ayer. Laszlo Rajk, hijo del primer ministro de igual nombre ejecutado
en 1949 en un juicio farsa y organizador del funeral de ayer, manifestó a EL
PAÍS que es moderadamente optimista. "Espero que la URSS esté lo
suficientemente ocupada consigo misma".
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