Por HERMANN TERTSCH
El País, Giessen,
11.08.89
El campo de refugiados de Giessen, en la RFA, acoge a
centenares de ciudadanos de la otra Alemania
Martina está agotada, tiene una herida en la pantorrilla
izquierda, se siente sucia después de tres largos días con la misma ropa y sin
pegar ojo. Sin embargo, está feliz. Acaba de hablar con su novio, que la espera
en Berlín Oeste. Atrás quedan unas vacaciones en el lago Balatón, en Hungría, y
horas de tensión mientras cruzaba campos de maíz, se arrastraba entre arbustos,
saltaba la alambrada que le rajó la pierna. Tras la valla, Martina pisó
Occidente, vio un cartel en alemán, una familia campesina austriaca la llevó
hasta la autopista, desde allí siguió hacia la Embajada de la RFA en Viena.
Ayer sonreía comentando el miedo que había pasado.
Martina, una joven rubia berlinesa de 25 años, es una de los
centenares de fugitivos de la República Democrática Alemana (RDA) que llegan
estos días al campo de refugiados de Giessen, en la República Federal de
Alemania (RFA). Más de 3.000 alemanes orientales, con cientos de niños,
aguardan en los barracones del campamento a que les concedan una vivienda y un
trabajo; los más afortunados esperan a familiares que les hagan un poco mas
fácil el salto a una nueva vida llena de dificultades y peligros, según
reconocen, pero también con más esperanzas que la que dejan atrás. Muchas
esperanzas son falsas, alimentadas por una visión de Occidente llena de
ilusiones consumistas. Pocos pueden despojarse de inmediato de su concepto del
Estado paternalista. "Nos van a dar una casa, tenemos derecho a las ayudas
económicas. Vosotros pedid la subvención ya", se recomiendan unos a otros
en el comedor del campo de Giessen, repleto de niños llorando, maletas, platos
de plástico y ceniceros llenos de colillas y restos de comida.
"Pronto se darán cuenta de que con esa actitud aquí se
tienen que dar el batacazo; quieren la libertad y el bienestar de aquí y la
protección de allí. Esto es incompatible", dice Martina. Ella no huyó por
lo que califica "el esplendor de los coches y la ropa" occidentales.
Ha dado la espalda a la RDA porque "te aniquilan la creatividad, te
disuaden de las ideas propias. Si vas a la librería de la Embajada
norteamericana, te fotografían; las cartas de mi novio no me llegan, la gente
espera 10 años a que le coloquen un teléfono, y te lo otorgan ya prácticamente
intervenido. En la RDA ya sólo puedes resignarte a vivir en tu nicho, sin decir
lo que piensas o con la vista puesta en emigrar, dice Martina. "Los de
arriba están echando a lo mejor del país".
Unos vienen hastiados de las dificultades cotidianas y de la
obstinación del régimen de Erich Honecker de tratar a sus ciudadanos como niños
o vasallos. Otros huyen por pánico a que se cumplan los deseos de la ortodoxia
de Berlín Este, fracase la perestroika en la URSS y vuelvan los
tiempos más duros. "Mire lo que ha pasado en China", dice un joven de
Halle.
Martina llevaba muchos meses preparando la huida, desde que
le concedieron un visado para Hungría que había solicitado sin muchas
esperanzas.
Huida en solitario
Nadie lo sabía. Ni su familia, ni sus amigos; ni su novio,
que vive en Berlín Oeste, al que no ve desde que le prohibieron a él entrar en
la RDA. Esto sucedió hace año y medio, cuando ella presentó la solicitud
oficial de emigración para casarse con él. Desde entonces, ella no ha podido
ejercer su profesión de entrenadora de gimnasia, vio denegadas todas las
solicitudes, cuatro, de viajes al extranjero. Sola preparó la huida y sola se
alejó del camping junto al lago Balatón, en el que aún se encuentra
su tienda de campaña y todo su equipaje. Haciendo autoestop llegó a Keszeg, una
aldea en la misma frontera con Austria. Allí no ha sido desmantelado aún
el telón de acero, que hasta hace poco recorría toda la frontera
entre países socialistas y las democracias occidentales. El agujero que
han abierto en el telón las reformas húngaras ha hecho dispararse las
tentaciones de los turistas alemanes orientales en Hungría de "aprovechar
las vacaciones de verano para tomar vacaciones indefinidas del régimen de
Honecker y los demás", dice Heiner, con fuerte acento sajón. Procedente de
un pueblecito del sur de la RDA, estaba "harto de la hipocresía de los que
insisten en mentiras evidentes, como que todo va bien, cuando todos vemos que
todo va cada vez peor allí. Según avanzan las reformas en la URSS, en Polonia y
Hungría, los nuestros vuelven a los años cincuenta. Defienden los asesinatos de
Pekín y son cada vez más agresivos hacia los que exponen críticas a una situación
que todos saben criticable".
Otros muchos que llegan con su coche y algunas pertenencias
han emigrado legalmente, tras años de espera. Reiner, jefe de un almacén en
Berlín, lleva una semana en el campo con dos de sus hijos y su mujer. Su tercer
hijo se quedó en la RDA. "Espero que venga en los próximos años. Decidimos
irnos hace dos años, después de que me denegasen infinidad de veces un permiso
para visitar en la RFA a mi suegro. Me harté. Como no cambien, va a la
catástrofe".
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